miércoles, 22 de diciembre de 2010

LA TENTACIÓN



Sabe que no es lo que se espera de ella.
La mujer tiene la mirada perdida
y el cuerpo todo
ansioso y predispuesto.

Se acerca tímida pero decididamente.
Camina con la seguridad del cazador furtivo
que tiene a la presa en la mira.

Ya no hay tiempo ni excusas
para dudar
para desistir
para el arrepentimiento.

Sabe que no está bien visto.
Tiene el alma embarcada
y el corazón incorruptible.
Digamos que el placer
es su único horizonte.

Entonces sin más
se brinda entera,
se entrega a la pasión,
se funde en el deseo mismo.

En puntas de pie,
sigilosa pero firme,
con una mano
sutil pero intranquila
se cuelga del dulce fruto
como un animal
desesperado y satisfecho.
Como un ala cómplice
el otro brazo hace equilibrio
con el bolso de red de los mandados
bamboleante.
Cuando pasa por la morera
que está junto a las vías.

sábado, 18 de diciembre de 2010

RALITISHOU


La primera secuencia arranca desde el fondo. Desde los cinco asientos del fondo, del final del pasillo. Vamos a ponerle unos ocho/nueve segundos: lo que demore el protagonista en subir los tres escalones de la puerta de adelante y se pare detrás del hombre de camisa celeste. Ahí el colectivo vuelve a moverse pero nosotros lo detenemos: que se congele la imagen. Y ponemos ahora la vista desde adelante. Desde abajo de la inscripción de “El Detalle”, bien en el centro del marco superior del amplio parabrisas; ahí, entre los nombres de los hijos del colectivero -Milton y Joana-; encima del dibujo del Cristo de brazos abiertos y túnica inmaculada, cruzada por una banda roja, subrayado por el dato certero que hace saber que se está viajando en el coche treintisiete.
Pero, claro, como no hay movimiento por unos segundos, es como si viéramos una foto que tiene en primer plano los ojos del colectivero enfocados hacia arriba y adelante -acordémonos que lo está mirando al otro por el espejo, ahí atrás, prendido con los dedos a esa goma negra enroscada en el caño del respaldar del asiento. Más atrás, difusa por ahora, la postal de los pasajeros. Que no sean muchos, eh, lo suficiente como para que no haya nadie parado que ensucie la imagen ni tanto asiento vacío. Todos tienen que darse cuenta, aunque todavía no haya a detalles, que la gente que se filtra por los costados del ancho cuerpo del protagonista refieren desidia, asombro, cansancio y otras sensaciones que despierta la irrupción de un vendedor ambulante. Por supuesto lo que más debe llamar la atención es que una franja vertical de remera roja asoma desde debajo de una anacrónica campera azul desabrochada (acaso el cierre no funcione) con las tres tiras blancas amarillentas al dorso de cada brazo, del puño al cuello. Como un contraste necesario, el tronco estará atravesado en banderola por una tira negra que, adivinamos, sostiene colgante un pequeño bolso deportivo del mismo color.
Todavía sin movimiento alguno se va cerrando el cuadro de a poco hasta quedarse plenamente con la cara del vendedor. Vemos que es una cara redonda como una torta, la piel de sombra, los ojos de un marrón oscuro intenso chispeados por el brillo líquido que usa a veces la tristeza.
Tiene la nariz respingada pero chiquita, como que es de otra cara y alguien la puso ahí con la mano, como que la cara le queda grande a esa nariz. La boca de labios finos y estirados, dos líneas horizontales encimadas tendiendo a elevarse en los extremos.
Entonces podríamos, ahora sí, soltar un poco la imagen. Movimiento. Volver a abrir el cuadro hasta meter a los pasajeros y al que maneja -esta vez que se le vea la cara entera al chofer pero con la mirada recta hacia adelante- para incluir algún bocinazo -porque hasta ahora venía todo en absoluto silencio, un vacío largo como corresponde al cine argentino; para confundir, más que nada, para que no se sepa todavía muy bien de qué se trata-, algún motor, ruidos de la calle. Vida urbana, bien real. Todo poco antes de que el que subió último deslice un comentario cualquiera que por supuesto nadie va a oir.
Después Farías –ah, porque previamente, no sé si con una plaza o con una voz en off, hay que hacer saber que el tipo se llama Juan Marcelo Farías y tiene cincuenta años. No sé si es necesario contar que tiene cuatro pibes y una mujer flaca a la que le gusta Sandro, o que el tipo laburó muchos años en la John Deere (más de quince años) fabricando tantos tractores que se le pasó la vida y ahora se da cuenta que es lo único que sabe hacer. Y si es obvio es que es un desocupado también la gente se puede imaginar que hizo churros para zafar un tiempo y que probó de sereno en una cochera del barrio pero todo duró poco y se dejó la barba y después se afeitó y se puso con esto.
Tranquilamente podemos empezar a suponer que el espectador medio entenderá que Farías no está del todo feliz de hacer en los pasillos de los coches del transporte público su función circense-comercial, y que pese a todo ahora se da vuelta con la plasticidad que tiene un artista de experiencia cuando se sube al escenario. Queda de espaldas al parabrisas y a la espalda del chofer, de frente a su público. Y ahí tenemos que detener otra vez la imagen; otra foto. Otra vez la cara congelada: es un actor y disfraza sus gestos y su voz, imposta con naturalidad una simpatía incoherente pero agradable y nadie se da cuenta que subirse a los colectivos así no es lo que más le gusta. En el fondo no sabe si culpar por su situación a los que lo echaron del trabajo, a los que gobernaban el país por entonces, a los pasajeros que lo miran como si viniera de otro planeta o a los que ni siquiera lo miran.
El asunto es que ahora, tras el ratito de retrato, tendríamos que empezar con otra dinámica. Y no le erraríamos si recorremos una serie de colección de oro de los arquetipos de pasajero-modelo, aprovechando los personajes que se escapaban de los costados de la campera azul de Farías. Hay que dedicarle unos segundos a cada uno. Por ejemplo, empezando por la señora gorda del primer asiento de a dos, con la mirada puesta a propósito lejos del vendedor y la nariz arrugada denotando incomodidad e imposibilidad de soluciones para el caso. Después su vecino de atrás que se muestra interesado en el hombre que intenta centrar la atención de los viajeros metropolitanos y lo oye respetuosamente aunque no hundirá su mano en los bolsillos deshabitados porque tiene justo para la vuelta. Seguido del estudiante que advierte la mala dicción de Farías y se ríe de la ropa de Farías y se pregunta, mientras lo escucha, si él terminará como Farías. También la piba que lee a Danielle Steel con fruición y nunca sabrá qué ocurrió a su alrededor. Y no hay que olvidarse del señor de traje gris que se persignó unas cuadras atrás y ahora blasfema mentalmente a este vago de mierda. Ni de la viejita que le va a dar cuarenta y cinco centavos a ese chico que le recuerda mucho a su sobrino el Antonio que hace mucho que no la visita. Tampoco de la señora de jogging gris y anteojos ahumados que no ve la hora de llegar al Parque Alem para empezar a trotar y solo de rebota piensa en ese pobre muchacho.
Se nos va a hacer inevitable entonces volver a la toma del principio: desde el fondo del colectivo. Pero ahora sería conveniente que la vista fuera desde una altura mayor, digamos desde la manija que acciona la salida de emergencia en caso de incendio, ahí atrás, arriba. Y desde ahí, como una panorámica, la perspectiva hacia el comienzo del pasillo: pegadito, casi apoyado, a la máquina de las tarjetas magnéticas está Farías. Se impone otra vez el primer plano: es el rito inicial y parece un sacerdote que se apronta a dar misa.
Es hora de poner algo alusivo, como ser un bandoneón (tiene que ser solo porque es más tristón), algún tango ignoto o por lo menos no demasiado conocido. Ahí se tiene que ver otra vez muy claramente el rostro -si es necesario cerrar más el cuadro, lo cerramos-, la caripela del Mono Farías, que no deja lugar a dudas, que confirma que se caga en todos esos tipos que se deben estar cagando en él. La torta de la cara de Farías -ahora en un primerísimo primer plano- peleando esforzadamente por esconder lo que realmente piensa sobre los señores pasajeros (“forros de mierda”) tengan muy pero muy buenas tardes -de más está decir que la imagen ya está en movimiento, debe notarse que el vehículo da un corcovo a la salida de un semáforo- (“¡estoy acá, miráme, hijodemilputas!”), la voz de Farías cortando melodiosamente el fondo musical del fueye, con el debido respeto que todos ustedes se merecen...

jueves, 16 de diciembre de 2010

POBRES DE NOSOTROS



Y, ¿si en vez de llamarlos pobres les llamáramos monstruos? Digo, como para no herir susceptibilidades a la hora de que mis hermanos de clase media y mis primos de clase alta se alarmen con esto que estoy escribiendo sobre esto que está pasando.
Digo, por todo eso de lo de la tintura, el cigarrillo infaltable, las zapatillas de marca y los teléfonos celulares de última generación que cualquier manifestante puede encerrar en su bolsillo mientras se queja en el noticiero porque no tiene un lugar propio donde vivir.
¿Y yo que me rompo el alma (por no decir culo que queda feo) laburando? ¿Yo que alquilo hace ya ocho años? Vos también, me animaría a decir. Y yo que tengo mi casa sin declarar todavía porque o como o declaro.
Ah, claro, y también por lo de los mil hijos que cada uno tiene, motivo por el cual en la cola de un banco oí decir a alguien que es la fábrica de soldados para alimentar ese ejército de la ignorancia que permite a los del Poder manejarnos como quieren, etcétera, etcétera, etcétera.
Son –sin mucha diferencia a lo que somos- un invento comunitario tan manejado por los que se creen (y creemos) que dirigen todo y otro poco por la desidia de los que creemos (y dejamos que se crean) que nos manejan todo.

Los monstruos son mayoría. Eso es una verdad irrefuatable. Y así lo entienden (o deberían entenderlo) quienes mandan. Y acaso lo sepamos también nosotros –y miren como me incluyo en este colectivo fascinante de correctos ciudadanos- pero, mientras no nos generen inconvenientes domésticos, allá ellos.

Un amigo retobado pero a la vez aprovechador de los que se aprovechan de nosotros (monstruos y perfectos ciudadanos) hizo una encuesta en lugares alejados de estos espacios increíblemente tomados. Un retazo de su edificante experiencia me la cedió para ser compartida aquí.
_ Hola
_… -con cara de éste viene a robarme o debe ser un estafador de esos como Darín en “Nueve reinas”.
_ Estoy haciendo un sondeo para (no se puede nombrar la consultora) y quería saber qué piensa de la toma de terrenos en Soldati…
Por razones de decoro literario no se puede reproducir la opinión inicial de ningún encuestado porque en caliente uno dice cualquier cosa. Pero, aunque en el transcurso de la charla la tesitura no cambie en nada, decidimos publicar parcialmente lo que sigue.
_ ¿Cree que está mal que le den viviendas a los monstruos (léase pobres ignorantes y ventajeros, vagos y funcionales a los intereses del Poder)?
_ Casas les van a dar… ¿y a mí que laburo por qué no me dan nada, eh?????
_ ¿Usted considera que lo que hay que corregir en esta sociedad es su conducta, a sabiendas que trabaja como dice, o la de los monstruos (léase pobres…)?
_ Hay que matarlos a todos…
_ ¿Matarlos a todos?
_ Bueno, menos el albañil que me tiene que venir a techar el quincho ni a la señora que limpia en casa…

Lo de la xenofobia no es novedad. Lo de la cancha es un dato menor. Bolitas, paraguas y chilotes ladrones. Por suerte están los taxis para discutir asuntos tan delicados que requieren de cierto análisis despojado de esas inútiles teorías de las aulas plagadas de zurditos a un lado y a otro del pupitre.
_ Una pala hay que darles…
Desde el asiento de atrás se hace un silencio pesado.
Enseguida el coche de alquiler pasa por una calle flanqueada de tipos (también hay mujeres) laburando en las cunetas. Una cooperativa, parece, que limpia las zanjas del barrio.
_ Mirá: veinte tipos para juntar dos bolsas de basura. Son de terror. Y te dejan las bicicletas amontonadas en la vereda… la gente no puede ni caminar…
Mi amigo el encuestador belicoso siente que no tiene preguntas para hacer.
_ Dejáme acá, en la esquina nomás…

¿Es realmente irreconciliable la grieta social? ¿O es apenas un fragmento de la relación urbana que goza de mucha prensa? ¿Será que en casa estamos convencidos de que se trata de un problema ajeno? ¿Que termina en la vereda el rasgado de vestiduras que solemos enarbolar contra la pobreza especialmente en estos festivos y espirituales días de fin de año?
La respuesta, seguro, no aparecerá de la nada en la espera por la caja del supermercado ni en la charla sabatina de la peluquería. Y tampoco espere que la digan por la tele.

martes, 7 de diciembre de 2010

POSESO


El optimismo no era una característica que definiera a aquella reunión. Después de intensos debates y ante la ausencia de una solución inmediata, el grupo se decidió, sin mucho convencimiento, por acometer aquella empresa inédita en la que ninguno de esos hombres en su fuero íntimo confiaba.
-- Se trata de hacer la prueba, Dr. Mena. Si todavía no pudimos conseguir resolver esto a nuestra manera; si, como hemos comprobado ya, no alcanzan nuestras disciplinas para estos casos, hay que abandonar la firme tesitura de oponernos a estos métodos y resignarnos.
-- Por mí, pueden hacer lo que quieran, profesor- dijo el médico alzando los hombros y dejándolos caer inmediatamente en su lugar- Ya todos conocen cuál es mi posición al respecto pero si no queda otra alternativa, que se haga entonces.

2
Hilario Fabbro había sido el último en llegar a la casona de la familia Redín, en las afueras de Granadero Baigorria, en el margen oeste de la autopista a Santa Fe. “¿Qué puede aportar un maestro de escuela entre profesionales de la salud, de la mente humana y del esoterismo, mal que te pese, Fabbro?”, se había interrogado mientras bordeaba la banquina de a pie, sin ningún apuro, divisando a lo lejos los autos estacionados junto a los álamos, todo bañado por la luz ocre del día anterior que se apagaba.
Ahora estaba ahí, entre aquellos notables cariacontecidos, con la lengua áspera de tanto café y un dolor en el cuello propinado por el cansancio adquirido durante la madrugada interminable.
No podía entender del todo por qué ese momento, cómo se había llegado a esto que por ahora transcurría fuera de la suntuosa pieza de Antonio. Todo tenía una rara mezcla de velorio y de espera por el resultado de un examen. Para distraerse un poco, tarea que inútilmente los otros también anhelaban conseguir, el maestro al que todos llamaban “profesor” repasaba los detalles del hogar encendido, el tirabuzón del mango del atizador, unos pocos leños que todavía no habían empezado a arder. Pero sobre todo el fuego bailando al ritmo de la incertidumbre que llenaba la sala.
El cura llegó puntual, antes de las nueve de la mañana. Los tres golpes que dio a la puerta anunciaron su llegada y, a su vez, el comienzo de ese acontecimiento sin precedentes que pronto tendría por escenario aquella habitación a media luz.

3
Cuando Antonio percibió el incienso, se incorporó en la cama y dejó el grueso libro sobre la mesa de luz, junto al velador, el vaso con agua y un portarretratos con la cara de Sartre. Una vez que el cura ingresó a la habitación y cerró la puerta, Antonio sólo se limitó a señalarle la silla contigua a la cama, invitándolo a que tomara asiento.
Los ojos del párroco, en un suntuoso y veloz ejercicio, se las arreglaron para estudiar la disposición de los muebles, los adornos, la instalación eléctrica y las aberturas de la pieza sin desatender al hombre sentado bajo las sábanas, con la espalda contra un ancho almohadón, y la mirada desafiante por encima de unos diminutos anteojos de topo.
-- Dios no existe, Nelson. Sacáte ese vestido ridículo, hacéme el favor- balbuceó la voz de Antonio, atabacada, ronca y monótona, mientras se rascaba la barbilla.
-- ¿Hasta cuándo, hijo, vas a resistirte así al Redentor?- interpeló el cura, al tiempo que dejaba en el piso el humeante artefacto que traía en la diestra para volver a persignarse como ya lo había hecho antes de entrar a la casona y antes de abrir la puerta de la habitación.
-- Nelson, Nelson… ¿cuánto hace que nos conocemos? A mí no, eh. Decíme, ¿no te da vergüenza ser tan hipócrita? Te metiste a cura para no laburar y cada vez que abrís la boca, vos antes que nadie sabés que estás macaneando…
Antonio acompañaba su alocución con los dedos de una de sus manos reunidos en las yemas, con los extremos hacia arriba, y hamacándose el conjunto sobre la bisagra de la muñeca, hacia adelante y hacia atrás, repetidamente.
El Padre Nelson se adelantó un paso hacia la cama sosteniendo la cruz de madera que colgaba sobre su pecho como ofreciéndosela al dueño de casa. La risa de Antonio fue imperceptible, sin sonido alguno, pero delatada por un compás despiadado de una convulsión de cuerpo entero. Además, todos los dientes amarillados salieron al encuentro del desconcertado sacerdote, encerrados por la desfigurada medialuna de los labios estirados.
- Sentáte, Nelson. Vení, dejá de joder, vamos a charlar.
La cara del cura era un cóctel de asombro y arrepentimiento por haber aceptado el trabajo.

4
El reloj pulsera del Dr. Mauro Mena era seriamente cuestionado por su dueño a propósito de la incapacidad de la que gozaba para mover sus agujas con normalidad.
-- Puede estar una semana tratando de cambiar las cosas, un mes ahí adentro, que no lo va a conseguir- vaticinó haciendo honor a su nombre y su oficio Segura Varela, especialista en fenómenos paranormales, vidente y representante exclusiva en Capitán Bermúdez de una afamada firma de cosméticos.
-- Yo creo que de eso estamos todos convencidos- interrumpió con el ceño fruncido y quitándose la pipa de la boca sólo para soltar esas palabras, el sicoanalista Hugo Ángel Goyenechea.
-- Ahora, señores, es tarde para lamentos- dijo el maestro Fabbro, sin quitar la vista del fuego que alimentaba la base de la garganta de la chimenea- O nos agarramos de la confianza o lo hubiéramos pensado antes de empezar con todo esto.
Desde atrás de la puerta de la pieza se oyó un duro golpe seguido de una serie de sonidos que los oídos adivinaron a desbarrancamiento súbito, concluido en un estallido de vidrios rotos. Después de algún grito initeligible, el silencio fue absoluto por un buen rato.

5
El motor de la Siambretta consiguió que los pájaros abandonaran los árboles cercanos al vehículo puesto en marcha. Recién cuando oyeron alejarse el espasmódico rugido de la motocicleta (y el facultativo Mena desde la ventana cercioró el alejamiento del hombre de la sotana arremangada y casco negros) una orden tácita dada por las ansias de todos hizo que los impacientes ingresaran en tropel a la habitación, sin descuidar las precauciones que la situación solicitaba.
-¿Cómo te sentís ahora, Antonio... -con timidez pero no sin curiosidad, quiso saber Fabbro.
-Para la mierda. Peor que antes.
-¿Yo qué les había dicho?- dijo Segura.
Goyenecgea se quedó con la vista fija en el libro enorme, abierto groseramente en el piso, salpicado con el agua que contuvo el vaso antes de romperse y mojar también la fotografía que escapó del ahora desvencijado portarretratos junto a un pullover rojo que yacía como un cadáver entreverdo en la escena.
-El tipo se encierra. No escucha. Así es imposible, no quiere ver las cosas como son- rezongó Antonio, compungido, limpiando los anteojos con una punta del piyama.

lunes, 6 de diciembre de 2010

MASCULINO SINGULAR



Al Flaco Pissoti lo conocí cuando era piba. Vivía al lado de Paola, la gringuita que supo ser compañera mía en los asaltos, de chico. Linda era... no, el flaco Pissoti no. Paola era linda piba. Rubiecita -pero no de esas rubias palidonas, transparentes- mas bien trigueña… el pelo clarito y unos ojos de muñeca que ahora no me acuerdo si eran azules o verdes. Me vivía regalando boludeces... qué sé yo, ponéle un portarretrato, una tarjetita, no sé, un póster de Amigos son los amigos, me acuerdo.
Te hablo de cuando éramos noviecitos o algo sí. Estábamos juntos sin que nadie lo confirmara del todo. Nada formal: si había un cumpleaños o un baile de la escuela, no hacía falta decir ni hacer nada: Paola bailaba conmigo. Con el tiempo hasta fue entrar juntos para que el turquito Abdala se retorciera de envidia y los pibes de la barra se sintieran orgullosos de mí. Pero la verdad es que no había gran beneficio, eh. Cuanto mucho era sentirla recostarse un poquito sobre el hombro durante un tema de Lerner o de Bon Jovi... Y de ahí no pasaba. Vos me vas a decir que éramos bastante pelotudos pero con eso uno se conformaba. Mirá, si me apuras, me parece acordarme que una vez nos besamos -pero un segundo, un relámpago de beso, nomás- y sabés que si me pongo a hacer memoria te digo que no tengo la certeza. Y me da más la impresión que el beso ése me lo inventé y me acuerdo del invento para no pasar por tan boludo... Pero eran otros tiempos ¿viste? Ahora los pibes, si te descuidás, debutan antes de aprenderse la tabla del 2.
Y el Flaco Pissoti -te decía- vivía pegadito a la casa de la Pao. Y yo me acuerdo patente que de chiquita, el Flaco, tenía aspecto de nena; vos no podías sospechar nada raro de una criatura que acunaba con pasión a un bebé de Yolibel y en el zarandeo se le sacudían las colitas como a cualquier hija de vecina. Nada, una nena. Te hablo de -a ver, dejáme sacar la cuenta...-, yo habré tenido quince y la gringa Paola, no sé, trece, catorce; bueno, el Flaco debe haber tenido fácil diez. Y a los diez años decíme si no se te va a notar ¿me entendés? Bueno, al flaco no se le notaba.
Y, mirá, no te quiero macanear, pero dicen que de la noche a la mañana, zas, apareció un día con el pelo cortito y chau tu nena.
Chau tu nena. Chau.
Son cosas hormonales, qué se yo.
En un primer momento era un poco la típica marimacho pero hasta ahí nomás. Casi ni se agarraba a las piñas y con diplomacia las maestras de escuela y los padres del barrio todavía le regalaban figuritas de Saraquei, algún que otro vestidito bobo, hebillitas para el pelo. Y según cuentan, -porque el Flaco era, como te dije, más chico que nosotros y mucha bola no le dábamos- dicen que de a poquito, firme a sus convicciones, se enfiló para el lado que le pareció mejor.
¿Que yo me acuerde así con detalles que me hubiera llamado la atención? Si te digo, te miento. Lo que pudo haber salido de lo común fue lo del torneo de fútbol de la secundaria. Pero no pasó a mayores. Los de los otros cursos nos vinieron a tirar la bronca a medida que pasaban los partidos pero ninguno se animó a venir de arranque a impedirle la inscripción. Y nosotros, que lo único que nos importaba era la guita para el viaje de estudios, éramos capaces de anotar hasta una vieja en silla de ruedas con tal que pusiera la platita. Y así fue: no te voy a decir que jugó mejor que el Garza de 4º “A” o que el pibito Rojas de uno de los 3º… pero que se destacó, eso te lo firmo. Y no quedó goleador porque ese año jugaba todavía el Chavo Pereira. Mirá, te lo cuento y me convenzo que era uno más, el Flaco.
Después, una vez que empecé a laburar en el Patio de Comidas del hipermercado, como mucho no anduve en el barrio, le perdí el rastro. A veces escuchaba hablar de él en algún asado, no sé, o me lo encontraba a alguno de los pibes en el bondi. Uno se mantiene al tanto de ciertas cosas que pasan, y bueno, supe que el Flaco se había ido a España, que le estaba yendo bien, no sé.
Por eso -te contaba- me llamó la atención encontrármelo en la cancha. Bronceado, el tipo; una chomba de la putamadre; los anteojos de sol de primera enganchados en la mollera. Una pinta terrible, un dandy. Una mano en el bolsillo del vaquero y la otra acomodándole el flequillo permanentemente. Y lo más lindo es que me reconoció -tranquilamente se pudo haber hecho el oso, qué sé yo, una persona de mundo, elegante, ¿qué se tiene que acordar de un croto como yo? Se acercó con una alegría que se le salían los ojos, sorprendido. Vino, me abrazó fuerte, como si estuviese saludando a alguien famoso, ¿viste? Con un respeto y una reverencia que yo pensé que si algún barra se percataba estábamos listos…
No te voy a negar que un poco me hice el gil apenas se me arrimó. Pero me quedé en el molde porque tampoco fue falso ni desconsiderado. Me pereció que era la contentura genuina de un encuentro después de tanto tiempo. Imagináte, los más grandes éramos como héroes para esos chicos… Además, bien se podría haber puesto pesado, desubicado, en medio del partido ¿me entendés? Para nada. Siguió mirando y me dejó mirar por lo menos hasta el entretiempo en que nos fuimos a comer un choripán.
Yo lo miraba y no lo podía creer. A mí un poco también me sorprendió verlo así, después de añares… Pidió el frasco de mayonesa y mientras pintaba el sánguche de amarillo me contó lo lindo que es Barcelona, la ventaja de arrancar de cero en otro lado, su apetencia por las minas ésas que los tipos no nos animamos a encarar de tan buenas que están y que él, en cambio, aprovechando su intuición femenina, sabía por dónde llegarles... Mirá, nos cagamos de risa. Después me pidió disculpas por hablar tanto al pedo, dijo, y no dejarme decir nada. Me preguntó qué era de mi vida, si seguía jugando al fútbol -¡el tipo se acordaba que yo jugaba de ocho!. Un ñorse.
Quiso saber cómo andaban mis viejos, mi hermana Alicia... y ahí me tomé el atrevimiento de hacerle una joda: “No te la querrás levantar, guacho”, le dije; y él, siempre respetuoso, serio y con una convicción envidiable me aclaró “No, che, si estoy de novio”.
Yo, sinceramente, me puse contento por él apenas me lo dijo; pero enseguida empecé a notar algo extraño. No sé si en cómo empezó a apretarse los dedos o en la manera de perder la mirada en lo que comía, en los carteles o en las paredes despintadas. Entonces, así sin pensarlo, no sé si preguntando o como un firme e inconciente deseo, dije: “Una gallega”.
El flaco Pissoti se puso –más esquivo que antes- a mirar el techo, la parte de abajo de la bandeja superior del estadio. Con ese mínimo gesto me había empezado a explicar las cosas involuntariamente. “¿Vos te acordás de Paola, mi vecina?”, me dijo con la voz aflautada, casi imperceptible, desinflándose.
Te juro que no sé el tiempo que hacía que no sabía nada de la gringa. Pero, no te macaneo, me dolió como si recién la hubiera dejado en la puerta de la casa. Y me quemaba en la mejilla el beso de despedida que capaz que nunca existió.
La imagen que tengo es la de mi mano apretando un manojo de servilletas de papel para limpiarme los dedos como si en vez de sacarme savora me limpiara las ganas de romperle la cabeza. El Flaco, en ese momento, no esperaba una respuesta porque la sabía antes de preguntarme nada. Y ahí se me complicó todo: se le dibujaron en la cara no sólo los rasgos de la nena que había sido, sino mil gestos de mina que está en falta, ¿viste? Entonces levantó un poco las cejas como dos líneas finitas que estaban por romperse y cabeceó el aire, avergonzadamente, en dirección a la cancha.
Enseguida todos, inclusive Andrea Pissoti, trotaron a reubicarse para ver el segundo tiempo.
Yo me quedé un rato masticando el hielo de la Coca, aguantando las miradas pesadas de un choripanero, su ayudante y unos cuantos policías.

viernes, 3 de diciembre de 2010

LA DULCE ESPERA



Sintió un irrefrenable deseo de ver dibujada al menos una letra. Ni siquiera pedía ya encontrarse con una palabra que significase cualquier cosa. Le bastaba que sus ojos se posaran aliviados en cualquier partícula del alfabeto.
Lo habían visto pasar más de una vez por los pasillos en penumbras, con una ansiedad que jugaba con su cara. Lo habían observado pasar como quien busca agua: la mirada alerta, escrutante. Había atravesado las baldosas con el ímpetu kamikaze de los bichos que se estrolan contra los fluorescentes, yendo hacia la luz de las oficinas deshabitadas a esa hora en la que los oficinistas suelen dormir.
Cuando otra vez la silueta ambulante apareció detrás del ventanal, casi automáticamente, el hombre de guardapolvos blanco miró desde su mesa al mozo con cierta complicidad.
De pronto, el caminante se hundía en las sombras y en el salón de café todo seguía como antes de cada incursión.
En el camino de vuelta hacia la habitación transformó mecánicamente los números de las puertas en letras. Miró el 51 y rápidamente supuso un SI, se demoró un poco más con el 45 hasta descubrir un AS. Caminó esquivando óes en el centro de las flores de los dibujos del piso y adivinó retorcidas eses en los relieves que ornamentaban las macetas.
“Necesito leer, Raquel”, balbuceó a su adormecida mujer como si le confesara algo vergonzoso o muy molesto. Por respuesta tuvo apenas una contemplación vacía, una mirada confusa y a la vez inquisidora. Todo proveniente de las brumas del sueño inconcluso de la recién (más o menos) despertada
“Leer. Leer cualquier cosa”, insistió mientras abría y cerraba cajones y puertas de las mesitas de luz y del placard. “Ni una puta Biblia hay...”, refunfuñó sin medir sus palabras.
Contrariado volvió a salir al pasillo y recordó otras ocasiones similares de las que había salido mejor parado. “Al PAMI me he llevado hasta mates, la reputamadre”, esputó derrotado, envidiando la desgracia con suerte de alguna antigua internación.
“Cuando entrás acá, los relojes empiezan a andar para atrás”, había dicho cuando la esposa y su panza de treinta y ocho semanas de embarazo se acomodaron en la cama de la habitación 2 del Hospital Español. A las tres de la mañana, hecho un animal enjaulado recordó la inaugural ocurrencia de las nueve de la noche como algo cada vez menos simpático y más pelotudo.
“B incompleta”, se dijo, desencantado, mientras miraba el 3 de la puerta de al lado y se preguntaba a quién quería engañar.
La madrugada había caído como un frío metal en el patio. Sobre un largo suspiro fundó una nueva caminata con las manos en los bolsillos de la campera vaquera y la mirada perdida en los carteles inútiles del hospital a media luz. Entonces pensó otra vez en la orfandad del libro de turno que estaría en ese momento tumbado junto al velador en su pieza. La pulcritud silenciosa del lugar le dio mucha bronca y no tardó en relacionarla con ese médico fuera de servicio que sorbía el café sin apuro y relojeaba el diario. Le dio mucha envidia tanta paz entretenida del otro lado del vidrio.
Ya no quería volver por el mismo camino hasta el demorado nacimiento de su retoño. Necesitaba cambiar de aire, distraerse con otra cosa. El cambio de rumbo lo hizo desaparecer una vez más en la oscuridad y lo depositó en una lejana y desierta ala del edificio adonde se sorprendió destapando tachos de basura con el deseo imposible de encontrarse con un libro olvidado o desechado por alguien que se cansó de esperar que lo atiendan.
“Diagnóstico por imágenes”, leyó con el falso entusiasmo de haber leído algo.
Ya no le causaba gracia su sinceridad brutal cuando sintió que se hubiera conformado hasta con un libro de autoayuda o una revista para minas.
— Ahí está de nuevo.
— Y viene para acá
En el bar parecieron ponerse de acuerdo en construir una indiferencia colectiva para disimular pero que resultaba contraproducente.
— ¿Sí? –le dijo el tipo de atrás de la caja registradora como para llenar el silencio incómodo. Y entonces recién ahí vio que al andariego le temblaba la pera y en los ojos tenía temibles derrames sanguinolentos.
— El diario –pidió el recién llegado, sin sacar la vista de La Capital que el de la mesa simulaba leer.
Lo que siguió es una anécdota con la que los empleados del hospital ya cansan de tanto contar en las reuniones familiares, en el club y en los comercios de sus respectivos barrios.
Como un androide sin control, el futuro papá se tiro de panza sobre el matutino del día anterior que sostenían las manos de un gastroenterólogo aterrorizado. El mozo se limitó a observar cómo ya en el piso, el hombre desencajado abrazaba el papel y se alejaba gateando.
Intervinieron dos enfermeros grandotes –uno bastante afeminado pero forzudo– y un camillero entrerriano, para reducirlo con varios centímetros cúbicos de Alopidol, detrás de un freezer que tenía helados.
“La emoción”, mintió el doctor compasivo que contó los detalles de un desmayo ficcional a los familiares, unas cuantas horas más tarde, durante el alborozo por la llegada al mundo de una nena.

martes, 30 de noviembre de 2010

SEMBLANZA

(AL ABUELO GARY)
De linaje itálico y etílico,
fulbá temor de delanteros babiecas.
De genética porfía en idílico
mixturaje de sopena y lleca.

Subido a camiones, palabras cruzadas,
faldas, motos, sueños, tangos y mates,
donde pisó, sembró la carcajada
y cuestionó al mayor de los primates.

Ocupado en birlar el acertijo
de la vida se le gastó el paño.
Tuvo dignidad, esposa e hijos
y una descendencia por rebaño.
Colocó su corazón a plazo fijo
e invitó a la muerte a su cumpleaños.

lunes, 29 de noviembre de 2010

EL CLUB DE LAS DE FLETCHER



Las manos en los bolsillos. La resignación obliga a Fletcher a hundir las manos en los bolsillos del gamulán. Piensa que lo hecho, hecho está. Que no se puede volver atrás. Luego cambia el sentido de sus pasos en la esquina. Como su pensamiento, desisten de andar a la deriva y retoman un rumbo fijo. Sabe que es tarde para arrepentirse aunque no ha cambiado de parecer ante el acto consumado.
Entra a la taberna y comienza a leer las mesas simulando indiferencia. Robert está en la barra y al verlo alza la diestra desde el fondo del salón en penumbras. Se pone de pie y le señala con la mirada y la punta del mentón adónde van a ubicarse. Fletcher siente que sus manos están adheridas a lo profundo de los largos bolsillos.
Robert ya está sentado junto a la ventana y entorna los ojos mientras enciende un cigarro. Fletcher separa la silla de la mesa con un solo guante de cuero negro que inmediatamente vuelve a guardar en el abrigo. Robert tiene intenciones de preguntarle a Fletcher cómo se encuentra pero Fletcher se anticipa y le dice que necesita alguien que sepa escuchar. La boca de Robert se retuerce y de ella escapa una blanda lonja de humo blanco.
-- Acabo de matar a un hombre -dice Fletcher encorvándose, hundiendo su cabeza entre los hombros. Atacado por un brutal calofrío, tiembla.

Sus ojos de pez están más gélidos que de costumbre. Parece retorcerse de frío. Le pregunto, finalmente, cómo se encuentra y suelta una risa nerviosa. Me pregunta que cómo creo que puede sentirse y comienza a hablar sin detenerse, a gran velocidad. Lo interrumpo piediéndole que se tranquilice y él parece reaccionar. Suspira, mira por la ventana, ora hacia la puerta de entrada, ora hacia las mesas contiguas. Diviso un hilo delgado de transpiración marcándole la mejilla, ramificándose hacia la mandíbula. Me pide perdón y vuelve a suspirar. Es un movimiento robótico y muy pronunciado, como si tuviera apresado bajo el abrigo un animal vencido que se apaga y ya no busca escapar.
--Tienes que escucharme, Bob -me dice y vuelve a mirar a su alrededor pero esta vez con disimulo, tímidamente-, me queda poco tiempo...
Continúa sin quitar las manos de los bolsillos y creo que trae oculta un arma. Se inclina sobre la mesa como para decir algo pero percibe la llegada de la camarera y entonces simula estar acomodándose en la silla y guarda silencio, mirándola de reojo. Pido un whisky doble y él otro. La muchacha se aleja y Fletcher vuelve a suspirar.

Todo empezó hace ya unos seis o siete años, Bob, antes de que Kimberly se fuera de casa. Tú sabes muy bien cuánto quise a Kimberly y cuánto daño me causó su partida; pero entonces no podía prever que esto sucedería. Siempre creí en las casualidades, Bob, y recién ahora me doy cuenta que he vivido engañado. ¡Aquel juego perverso estuvo siempre ante mis ojos, y yo creía que todo era producto del azar! Maldita sea, Bob. Jamás hubiera imaginado que se trataba de un complot. Un plan macabro de venganza minuciosamente digitado por ellas. Porque todas, todas estuvieron siempre de acuerdo, confabuladas, gozosas de perturbar mi vida...
Claro que me llevó tiempo convencerme que esto estaba pasando. Tardaría años en darme cuenta que siempre fui víctima de este horrible pacto de lobas hambrientas y en celo. Y ellas disfrutaron, Bob, se vieron saciadas con mi desconcierto, al principio, y con mi desesperación, al final. Porque es cierto que había comenzado a llamarme la atención ese desfile indiscriminado de mujeres que alguna vez fueron mías. Yo me creía un hombre con suerte, ¿sabes? Alguien que por afortunado debía sufrir también proporcionalmente aquellos encuentros inoportunos. Y recién en este último tiempo me doy cuenta. No me dejan en paz, Bob. Eligen un día por año y me persiguen sin darme tregua, amigo. Todas juntas en un solo día, cómplices, Bob, insoportables. ¿Entiende? No me dejan vivir.

Por un momento Fletcher se queda en silencio. La camarera deja los anchos vasos en la mesa y vuelve sobre sus pasos. Robert bebe un sorbo lento de whisky tratando de acomodar sus ideas tras aquel parloteo enredado. Fletcher quita las manos de cuero negro de dentro del abrigo y con ambas sujeta el vaso. Repite que no lo dejan vivir y de un golpe acaba con la bebida. Lo gélido de sus ojos desaparece y los surcos de sudor se multiplican. Robert mira cómo Fletcher se desnuda las manos y las ve, atontadas y persurosas, desprender los botones del gamulán.
-- Estoy pagando, Bob. Es una pesada deuda que tomé por haber abusado de mi atractivo físico -dice Fletcher.
Robert comprende que lo que el otro vomita es una nueva catarata de pesares, pero se queda abstraído, subido a una frase curiosa: jamás había oído a un hombre -ni aún a Jeff, el más engreído patán de la oficina- autohalagarse tan descaradamente. Entonces mira a Fletcher -le dice que sí, Robert, con la cabeza, aunque ya no repara en sus palabras que retumban como cualquier otro sonido ambiente del lugar-; lo observa detenidamente. Ve a un hombre muy delgado, adivina el relieve de sus venas; escruta una plaga de pecas amorfas. Inútilmente quiere descifrar los gruesos pinceles de sus cejas rojas o el anaranjado escobillón de los bigotes. Se demora en los ojos de hielo celeste, acuosos y carentes de la más mínima expresión. Fletcher es calvo, de orejas bastante despegadas de la cabeza, abiertas, como dos sus caracoles laterales que hipnotizan a su interlocutor.

Tengo la impresión de que me está gastando una broma o, peor, que está terriblemente drogado y que debajo del sobretodo trae explosivos que nos hará volar a todos por los aires. Dice que el día en el año es siempre uno distinto y que el resto de los días los pasa paranoico, huyendo de cuanta presencia femenina advierte. Que vive aterrorizado esperando el fatal encuentro que anuncie que han comenzado las veinticuatro horas exclusivas de las chicas que pasaron (y regresan) por su vida. Mientras habla, otra vez a un ritmo acelerado, mira hacia la calle como buscando algo. Y las manos, que parecen cada vez más independientes de su cuerpo, se aferran al vidrio del vaso y lo hacen girar mecánicamente.
Presiento que de un momento a otro me dirá que todo es un invento, que quería verme la cara. Pero se obstina en darme detalles sobre cómo lo han vuelto loco, cómo comienzan por insinuar la invasión un par de jornadas antes de la fecha elegida. Feroces, amenazantes.
Que de pronto en el supermarket se aparece una mañana Helen, la blonda muñeca de la preparatoria, o Thelma, la peluquera, lo intercepta a la salida del ascensor. Que llegó a pagar una suma descomunal de dinero para que la compañía telefónica lo borrara del directorio luego de la madrugada en que Priscila, la del simposio en Toronto, y Debra, la porrista del equipo de sus sobrinos, alternaran insistentemente con llamadas simultáneas al apedreo de las persianas de su apartamento frente a la frondosa trinchera del parque a media luz.

Sé que es difícil de comprender, Bob, pero créeme que no estoy loco. Y, fíjate, a veces quisiera estarlo para no pasar por esto. El resto del año, los días que no son el día de mi maldita tortura, he llegado a encerrarme. Por meses he viajado, he visitado a vecinos por el lapso de semanas enteras, instalándome a vivir en casa de gente solidarísima que acaso nunca me comprendió pero me tuvo compasión. ¿Y tú crees que solucioné algo, Bob? Si crees que sí, te equivocas.
Siempre aparecen. Como sea. Azafatas, policías, enfermeras, acomodadoras de cine, cajeras de banco, vendedoras de seguros sociales. Siempre llegan a mí. Siempre aparece una para anunciarme el comienzo de la pesadilla y después Ingrid, Marianne, Rosario, Sharon, Melody, Jane, Bea, Susan, Fernanda, Rose, Francesca, Alice, Gisell, Ivone, Lauren, Asumpta, Edith... ya no importa el orden, todas despechadas y sedientas de venganza.
Mira, Bob, no es mi intención traerte complicaciones. Sólo necesitaba alguien que me escuche. No voy a pedirte que me creas, amigo. Es entendible. Pero, antes de que sea demasiado tarde, quería que alguien supiera que porque mi vida ya no es mía he sido capaz de cualquier cosa...

Fletcher se lleva las manos a la cara. Las posa una sobre cada ojo y luego comienza a bajarlas flanqueando la nariz, estirando poco a poco las bolsas violáceas de piel fofa que se le han ido encendiendo a lo largo del monólogo. Su palidez ya es de mármol. Hasta los mapas de las pecas se le han ido apagando y ahora parece transpirar a baldes. Robert lo nota pero sigue absorto, confundido. Lo recorre un ambiguo sentimiento que Fletcher se encargó de despertar. Es una mezcla de lástima y rabia por ese pobre hombre de envidiable performance y cruel destino.
--...Por un demonio, Bob, pídeme otro whisky. Me temo que... --Fletcher deja inconcluso su parlamento y pone los ojos de agua al resguardo de la mirada firme de Robert.
--No me digas que la camarera...
--Hilary, estudiante de teatro, veintitrés años, piscis...
--Entonces...
--Ya no puedo más, Bob.
Robert le alcanza su propio vaso. Está casi lleno y Fletcher bebe todo el whisky de un sorbo. Luego temblando se quita el gamulán con movimientos ampulosos y lo apoya sobre el respaldar de la silla. Está llorando. Los dos están incómodos.

Será mejor que lo deje solo. Puedo ir al baño y volver en un par de minutos, cuando se haya desahogado. Me pongo de pie y me excuso por retirarme. Le aclaro que debo visitar el retrete pero poco parece importarle, recostado sobre su antebrazo izquierdo, escondiendo las muecas que le moldea el dolor; mojando como un niño desconsolado la manga de su sweater negro.
Realmente no sé qué haría de hallarme en su situación, pienso, mientras me contento de ver mi rostro en el espejo del lavatorio. Mi rostro de siempre, común, mediocre, del montón. Me reconforta no ser Fletcher Holssen.
Bajo la tapa del sanitario y me siento a matar el tiempo como cuando de pequeño me encerraba en el baño a juntar fuerzas para entrar en la ducha. “Acabo de matar a un hombre”, recuerdo el temor y la paz en la voz apagada de Fletcher. Y entonces me doy cuenta que sí, ya es tarde. Voy decidido hasta la puerta que me devuelva al humo y los rumores del salón, impulsado por un presentimiento y apenas demorándome el andar con un temor que ya es casi una certeza.
Entre el bullicio de la mesas a media luz, la nuestra me salta a los ojos con un extraño haz de silencio y teimpo quieto. El hielo plateado de sus ojos que ya no ven, la lengua azul afuera, un brazo larguísimo colgando.
Desde una mesa alejada, mezclada entre otras mujeres, me saluda Kimberly alzando su copa.

martes, 23 de noviembre de 2010

SONETO DEL QUE ESTÁ INTERNADO


Abulia del seso quieto,
danza de pestes y grajeas.
Juego simpático, este amuleto
de lo que dejó la cefalea.

Harto de su pito tocar
y catalanear sin respeto,
el devenir del internado
es un tren que va repleto.

El calvario del enfermo tiene
de bacán, de preso, de turista.
(con desaire de promesa que no viene)

Cual beodo y olvidado artista,
horizontal en el catre se mantiene.
La calle, por la ventana, es el exorcista.

viernes, 19 de noviembre de 2010

EL ADENTRO, EL AFUERA


(sobre fotos de Héctor Rio acerca de salidas
transitorias en la cárcel de Rosario)

Los antiguos muros de “La Redonda” abrazan otro mundo, acá nomás pero lejano, y constituyen una frontera tan infranqueable como metafórica entre el adentro y el afuera.
Desde hace más de un siglo, la Unidad Penitenciaria Nº 3 está quieta en Zeballos y Riccheri. Hoy alberga unos 300 habitantes, en su mayoría pobres y menores de 25 años.
No hace falta ser adivino para pensar en lo que le espera a quien entra.
Detrás de las ventanas ciegas huele a kerosén de los calentadores, a mugre con creolina, a cortinas frágiles pero pesadas de la ranchada. Alrededor de un camastro de cemento, la eternidad se decora con una Eva imposible hecha póster, el escudo del campeón y, a veces, alguna foto de familia. En el patio, un Cristo (que también está preso) observa imparcial desde un paredón; la banda de sonido es el metálico coro de las trabas de los portones del pabellón, el tintinear de los manojos de las llaves siempre ajenas.
No es necesario ser astrólogo para aventurar lo que luego aguardará a quien sale.
Las salidas transitorias –reguladas por el artículo 17 de la ley nacional Nº 24.660– y la libertad condicional, son el puente entre uno y otro planeta. Un camino frágil pero real, suspendido sobre un río caudaloso y recurrente que se ve igual desde ambos lados.
Sin embargo, pese a todo, hay quienes consiguen realizar la trabajosa mudanza de la piel contra pronóstico.
Sólo entonces es la abolición de los adverbios de lugar: el límite entre adentro y afuera, desaparece.
Y ya no cuenta el lado de la reja en el que se esté parado.

jueves, 18 de noviembre de 2010

LOS NUEVOS CLUBES DE ANTES


Un club de barrio puede funcionar en cualquier parte. Escondido detrás de un supermercado chino, en una esquina cualquiera, en un descampado o en instalaciones robadas al olvido.
Con cierto recupero económico y algo de reivindicación del regreso a las fuentes -superada la crisis del 2001-, supieron aflorar los rescates de esos espacios barriales: especie de cápsulas del tiempo que nunca terminan de adaparse al presente pero que siempre están ahí. Anclados en otro tiempo, representan un poco "el dolor de ya no ser" pero también la posibilidad de un camino de regreso a eso no se sabe muy bien qué es, pero llama. Un reclamo desde el fondo de nuestra historia chica a la que queremos explorar sin sacar el pie del ahora. Esa coherente mezcla, en justa proporción de nostalgia y esperanza, hoy permite construir sobre lo que quedó de épocas gloriosas, un lugar para la recreación y la reunión con los signos de estos tiempos. Colonia de vacaciones, eventos y espectáculos, actividades culturales para toda la familia y hasta educación informal o clases de apoyo escolar. Y por supuesto, el ritual del arte de opinar en ronda de amigos con el telón de fondo del fútbol por TV. Adaptación a códigos contemporáneos pero en un antiguo escenario con boliche, canchita de papifulbo y una eterna comisión directiva que ignora que son los obituarios. La misma película con los efectos especiales que reclama la época.

1

La mesa está servida. Es la noche de un miércoles en el barrio de Alberdi, en la zona norte de la ciudad. Los comensales son un grupo de amigos que se conoce de la cancha de Argentino de Rosario y a los que los pudo la idea de reinventar un espacio olvidado por todos, un sitio donde disfrutar de reunirse para despuntar el vicio de correr detrás de redonda y juntarse a comer algo.
Javier es uno de los ocho o nueve que están hoy reunidos en el club “Leña y Leña” para contar cómo fue empezar con esta nueva etapa: “Una noche vinimos a comer un cordero acá y el buffetero nos confesó que quería largar todo. El lugar estaba prácticamente cerrado al barrio, sin otra actividad que el alquiler de la canchita de fútbol. Y nos imaginamos lo que sería esto si tuviese un poquito más de vida. Cuando nos íbamos, hicimos cien metros sin hablar hasta que no aguantamos más: ¿y si agarramos nosotros?, nos dijimos”.
Ingresar en la Comisión Directiva era imposible. La vida social del mítico “Leña y Leña” eran apenas veinte socios mayores y una cuota mensual de 2 pesos, una cancha de bochas tan imponente como deteriorada y una cancha de fútbol con iluminación. El camino fue tomar la concesión del buffet y, a su vez, el derecho a la explotación económica del lugar.
Pero fueron más allá. Además de ofrecer patín artístico y yudo, decidieron incorporar un taller de ajedrez y otro de percusión, entre varias propuestas más que llegaron al club.
Desde que asumieron, la idea siempre fue recuperar el lugar como un espacio social para el barrio.
“En el primer mes y medio entró más gente al club que en los últimos 20 años”, tiraron las estad´siticas sobre la mesa.
“Más allá de la televisión, de internet, de la década del `90 y de todo lo que le quieras buscar como alternativas actuales a lo que ofrece hoy un club, hasta ahora ninguno le ofrecía a la gente las actividades y servicios que la gente necesita”, concluye “el Pelu”, otro de los refundadores del lugar.
A toda hora hay movimiento, y aseguran que una víctima impensada de tanta actividad es el policía que custodia los comercios de la zona. Es el blanco constante de las clientas, que quieren saber desde temprano si es cierto que en el club van a dar corte y confección o si el sábado va a haber un té canasta.
La prueba de fuego que dimensiona la recuperación del espacio es una anécdota.
“Un sábado, no muy tarde, hicimos un recital de Rock a la Reposera” explica Diego, otro de los muchachos que se cargaron el club al hombro. Era una de las primeras actividades y al otro día estában temerosos de la reacción de los vecinos. Fueron al club a limpiar, cuando de golpe se apareció en el club una vecina.
— ¿Qué hubo anoche acá? –preguntó sin más la señora.
— Una fiesta –respondieron sin darle demasiado detalle.
— Pero había un grupo de música... –apuró la mujer.
— Sí, pero no siempre va a haber fiestas de este tipo, eh... también se van a hacer otras cosas –intentó amortiguar el inminente reproche uno de los jóvenes.
— Ay –se lamentó la vecina–, yo quería saber cuando hacían otra para venir con mi marido.


2

El escudo del club Calzada, fundado en 1914, asoma apenas a un costado de una multitud de carteles comerciales de marcas de bebidas y pizarrones con ofertas. Es que ese local, donde durante más de una década funcionó el bingo de la institución, debió ser alquilado en 2004 para garantizar la continuidad del espacio barrial.
A un lado del súper chino de avenida San Martín entre Gaboto y Amenábar, un estrecho pasillo conduce a la escondida cancha de básquet del casi centenario club de zona sur. Y por si esto fuera poco, una mujer se hizo cargo de la conducción de Calzada.
“Cuando yo asumí, los comentarios eran que el club cerraba; nadie agarraba, llegó la propuesta y me animé” –dice Laura, presidenta del club desde hace cuatro años.
Lo primero que hizo fue sustituir una sospechosa casa de juego por un negocio que hizo trinar a los vecinos. Pese a las reacciones adversas que incluyeron hasta amenazas telefónicas y panfletos descalificadotes, la Comisión Directiva se mantuvo firme. Y el tiempo le comenzó a dar la razón. “El bingo le había quitado mucha vida social al club, todo se manejaba más de escritorio y el movimiento de siempre se estaba perdiendo”, explica orgullosa esta mujer de 45 años, flanqueada por pelotas de básquet y trofeos, junto a su escritorio.
“Y sabíamos que el alquiler del local era la única salida, y la gente del supermercado tenía la plata para el adelanto de obra. No se podía dudar: necesitábamos explotar económicamente de ese lugar”, agrega.
Los socios cuentan que al principio la sensación era extraña. Llegar al club y ver el ingreso reducido a una puerta al costado del comercio… Pero al igual que la presidenta, la mayoría coincide con que es un poco el precio a pagar para seguir siendo un club de barrio con todas las letras. Un lugar al que van los viejos a jugar al tute cabrero; las mujeres, al buraco; o chicos y grandes a ver los partidos de fútbol por TV codificada y a invadir el metegol.
Aunque el eje de Calzada sigue siendo el equipo de básquet que compite en la el torneo de la Asociación Rosarina. “El problema que encontramos fue la cobranza: nadie pagaba y había muchos vitalicios”, cuenta Laura.
Pero entre los cambios que vivió el club hay que destacar también las voluntades de muchos vecinos comenzaron a participar.
La noche inolvidable que le permitió al barrio volver a creer en el club, tuvo que ver con la presencia de esas personas que se arrimaron al lugar para colaborar. Durante la Feria del Humor (noviembre de 2009), unas 700 personas asistieron al Calzada para ver actuar al cómico cordobés Chichilo Viale.
Es viernes y la primera división del básquet viene a entrenarse. Mientras tanto en un amplio parrillero lindero, un hombre sala abundante cantidad de carne y el reflejo del fuego lo ilumina como para una foto. Algunos sábados el salón se alquila para casamientos o cumpleaños de 15. Pero los viernes nunca: es el día en que los socios de todas las edades se reúnen para comer.


3

La cancha de 11 del club Lavalle estuvo siempre en Cochabamba y Lima, en el barrio Bella Vista Oeste. Pero la postal del club no es la misma de hace 40 años. Hoy, donde estaban las canchas de baby fútbol el municipio construyó viviendas, y en compensación se levantó un salón detrás del arco que da a Avenida Pellegrini: por encima de un paredón se asoman los techos de cemento de algunas viviendas. Hacia el otro lado, atrás del arco que da al Sur, se suben al tapial otros techos más humildes, debajo de los cuales habitan los pibes que juegan en el club.
En 2004, la última Comisión Directiva se fue y Lavalle quedó vacío, quebrado. Lo curioso es que los chicos, ignorando la dura realidad institucional, nunca dejaron de jugar en el lugar. Esto llevó a que la Juventud de la Corriente Clasista y Combativa que trabaja en el lugar, se hiciera cargo de preservar ese espacio vital para un barrio asolado por las carencias.
Miguel es uno de los jóvenes de la organización social que congrega estudiantes universitarios de medicina, arquitectura y derecho, quienes junto a un grupo de padres (la mayoría ex jugadores del club.
“Estamos en la lucha, para que no nos saquen. Y no es por nosotros, es por los chicos”, dice Germán que hace veinte años, cuando tenía ocho, se puso para siempre, en esta misma cancha donde hoy juega su hijo, la camiseta del club.
“No podíamos bancar todo y tuvimos que decidir si poníamos en la liga a las categorías de cancha chica o las de cancha grande. Y decidimos que jueguen los más chicos”, explica el papá. En la actualidad, Lavalle compite como puede en la Asociación Rosarina de Fútbol pero no como lo hizo siempre.
Se trata de mantener una vida social aprovechando momentos especiales como el Día del Niño: en agosto pasado, pibes de los distintos barrios humildes de la ciudad se encontraron en una jornada organizada por la CCC y el club en su cancha de fútbol.
Mientras tanto, la pelota sigue rodando.

4

“El club estuvo siempre igual: no tiene deuda pero tampoco tiene plata. Nosotros vivimos siempre del alquiler del parabólico y de la cuota societaria”, señala Enrique, el presidente del club “Juventud Provincias Unidas” de Cochabamba al 6600, en pleno barrio Belgrano Oeste.
Pero su revalorización barrial llegó por el lado menos esperado.
La inseguridad, como en otros puntos de la ciudad, llevó a los vecinos del lugar a organizar reuniones con las autoridades policiales de la zona para buscar una vuelta al asunto Entonces la cancha de fútbol de salón del club se convirtió en un ámbito de discusión para mejorar la situación. Pero la necesidad de generar un espacio donde funcione una entidad que represente al barrio propició que la institución deportiva se abriera definitivamente: en una propiedad del club, lindera al patio, se fundó en noviembre de 2007, la flamante vecinal.
Al abrigo de esta experiencia, no faltó espacio para que también se instalara un centro de jubilados. Haciendo honor a su nombre, el club también ha sido últimamente receptor de una buena cantidad de jóvenes entre los 100 socios que lo componen, lo que permite un recambio generacional necesario para la continuidad.
Y un innegable signo de esto es su presencia en el plantel de bochófilos. Compiten defendiendo los colores del club más de 30 jugadores que van desde hombres de 70 años hasta una chica de 15.
“Ya casi no quedan canchas de tierra. Hay algunas en provincia de Buenos Aires, pero acá son todas de un material similar, mejor, que se llama conchilla, ostra de mar molida”, hace gala de su conocimiento en el tema Gonzalo, un treintañero que integra la Comisión de Bochas.
En “Juventud Provincias Unidas” también se practican otras disciplinas deportivas como handball, voley, patín artístico y taekwondo. Esta última, de fuerte presencia en competencias mundiales ya que tanto su profesor Antonio López como varios de sus 50 alumnos forman parte del seleccionado nacional y ostentan un importante medallero obtenido en torneos internacionales.
Andrés es uno de los miembros de la Comisión Directiva que durante la recorrida por el lugar ha oficiado de orgulloso guía y dejó deslizar comentarios con la reserva de quien revela un secreto: “Acá han venido políticos de todos los colores. Algunos hoy son concejales. Se cansaron y nos cansaron con promesas. Pero todo lo que ves es por el esfuerzo de los vecinos”, afirma.
Desde el medio de la cancha de fútbol, debajo del parabólico de chapa, puede verse lo que hay detrás de dos puertas entornadas que invitan a ser cruzadas. Por una se desemboca en la derrota televisada de Racing a manos de Bánfield a la que asisten varias mesas de varones. Por la otra, se sale a un patio en donde alrededor de una picada y un vino tinto ¾ retozan dos socios históricos.
— ¿Qué me puede contar del club de su época y del que es ahora?
— ¿Que qué le puedo contar? – dirá Alberto y sonriendo apenas con la picardía de sus 82 años – ¿Vio esa vitrina que está allá? – señalando el buffet – La mitad de esas copas las traje yo.
Debajo de este tinglado parece adivinarse tanto la presencia de las historias que están por venir como las que fueron.
— Acá venían a jugar de pibes (Fabián) Basualdo, los hermanos Crossa…
— Daniel Quinteros, que jugó en Central…
Buscan en la memoria, los anfitriones.
— Y el que también venía era el coloradito de NOB ¿te acordás?... al que lo echaron porque pateaba la pelota contra el techo... Terrible era el coloradito.
— Ansaldi.
— Ansaldi. Tuve que ir a hablar con el padre una vez, me acuerdo. El coloradito...
— Tiene la novia acá a la vuelta.
Este como otros clubes tienen la virtud de ser como un patio grande al que dan todas las casas del barrio. Y no hay que forzar absolutamente nada para que se cuente solo.
— Acá vino Sandro, una vez.
Siguen escarbando en los recuerdos, Andrés y Enrique, el presidente.
— Rompió tres micrófonos. Y los micrófonos en aquella época los ponía el club –explica en un tono didáctico el dirigente.
— Lo sacaron cagando, lo hicieron bajar del escenario… ¡a Sandro! –concluye el otro de modo triunfal.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

EL VERANO DE BRITOS


1

Va a estar volcando la yerba al borde del comienzo del tronco de un árbol. Antonio Britos, trabajador irremediable, saldrá de vacaciones un lunes de enero y, por las más diversas acotaciones en el presupuesto veraniego, se dispondrá a un retiro liviano pero pleno en el abandonado camping municipal “El Indio” de Timbúes. Ahí va a estar, volcando un poco de yerba para rehacer el mate, cuando se produzca el encuentro.
A ese sitio despoblado habrá de llegar por la mañana, rondando las diez de un día caluroso pero apacible. Su sorpresa empatará con la de su mujer al asimilar que habrán dado con un solar semiabandonado y, lejos de enojarse, ambos se contentarán de tener a su disposición mesas, parrillero, duchas y el Carcarañá siempre iracundo, remolinando su lomo pardo y fugitivo en círculos espiralados.
Britos, con esa costumbre solitaria del mate en la sobremesa, verá caer la yerba húmeda y se sentirá acosado por una especie de pesada mirada inexistente que no será otra cosa que la inmensidad del paisaje ribereño sin gente. En eso estará, bombilla en mano, cuando desde un claro que asome del barranco divise el fantasmagórico desplazarse de un largo y ancho telón mugriento, un enorme velón inexplicablemente inflado en panza durante una tarde en la que no correrá ni un esbozo de viento. Después de la irreflexiva contemplación primaria y del más animal de los azoramientos, Antonio Britos reaccionará pero apenas, dedicado a llamar inútilmente la atención de su cónyuge que abstraída en un sistematizado lavado de vajillas y utensilios del almuerzo no le dará ni cinco de pelotas.
Con naturalidad, en el fondo, poco le interesará a Britos aquella falta de apoyo ante su descubrimiento. La carabela se desplazará lerda desde el poniente y sus ojos la verán flotar maravillados. Entonces admirará aquel antiguo velamen y no podrá evitar pensar en el vino ingerido en el mediodía al evaluar la veracidad de lo que estará viendo: el apagado marrón de la madera ennegrecida por el efecto del agua, el armazón añoso de ambigua apariencia: duro, rústico, magnífico como un Caballo de Troya flotante y a su vez endeble, aparentemente frágil, presumiblemente precario, a punto de deshacerse ante el más leve soplido. Se perderá en los detalles que su vista se esforzará en vano en descifrar a la distancia y querrá encontrar a los tripulantes del navío pero se quedará con las ganas. Pronto descubrirá, sobresaltado que los movimientos que no hallará a babor, estarán más abajo, en tierra firme.

2

El cortejo, digno de la pompa de un elegante desembarco, contará con no más de seis, siete hombres de a pie rodeando a uno de a caballo.
Mientras el mateador aislado se pregunte por cómo habrán hecho en llevar el equino hasta la costa, en la confusión de los primeros metros de playa se sucederán las cavilaciones lógicas, los titubeos y los nervios evidentes de la tripulación en medio de un acontecimiento semejante.
Britos será un ridículo maniquí, paralizado por la escena: la bombilla en la diestra, el mate en la zurda, las rodillas flexionadas. Silente, inmóvil y en cuclillas entre el cartel que dice “Soda El Faro” y un añoso sauce.
Pero llegará un momento en que ese medio oficial soldador en goce de licencia por vacaciones se repondrá y, calculador, presintiendo haber sido observado, hará como si él no hubiera visto nada y preparará el mate con soltura, en un intento por evadir la realidad.
Será inútil. Pronto oirá el ondular de la vela, los pasos en la arena, los zezeos y susurros de eses sopladas muy hispanamente. Para cuando incline el termo azul sobre el mate reinventado le pesará la presencia de alguien a su espalda.
Ahí Britos ya no podrá mirar para otro lado, haciéndose el distraído. Tendrá que hacerse cargo solo, desamparado por la desidia de su hacendosa esposa que seguirá ensimismada en la labor de fregar una tablita llena de grasa debajo de un chorro mínimo de agua.
Cuando los cascos del corcel se detengan, el oído de Antonio Britos lo advertirá y lo subrayará con un sonoro sorber del mate que indique el vacío final de la infusión.
No habrá tiempo ni lugar para nada más: el encuentro de las dos culturas será impostergable.

3

_En nombre... –dirá una potente voz- en nombre del mío capitán Don Vivente de Honoría doy a vos las buenas tardes.
Britos abandonará la esforzada distracción que simule, se dará vuelta y verá a un petiso que nada tendrá que ver con el vozarrón que lo anteceda. Y acaso en tres segundos (que supongan para él un tiempo mayor) examinará primero la camisa y el chaleco grises de mugre y un gracioso pantaloncito negro terminado en unas botas reventadas por el uso. El resto de los navegantes estarán unos cuantos metros más allá, a la altura del parrillero que todavía estará humeando.
_El muy señor mío desea intercambiar algunas palabras con vos y envíame a mí a comunicároslo –completará el breve emisario como poseso por un trueno.
Britos no soltará el mate para no generar un movimiento confuso que se podría malinterpretar. Britos se limitará a tragar saliva y a asentir con la cabeza antes de abrir la boca.
_Dígale que venga, nomás- sentenciará solemne, con un tono híbrido entre galán de teleteatro y relator de fútbol.
El mínimo representante del tal capitán hará un extraño paso de minué y volverá entusiasmado sobre sus diminutos pasos. En algún instante de ese retorno, Britos mirará hacia atrás, disimuladamente, en dirección de su cónyuge y en el vistazo, un verdadero relámpago, la notará concentrada, sacando un poco la lengua, sometiendo un manojo de cubiertos al hilito impotente que se desprenderá de la raída canillita plástica.
Bastará esa mínima distracción para dejarse atrapar por la sorpresa: sin tiempo a la reacción el cebador solitario se topará, detrás de la verticalidad del termo azul que acaba de apoyar en el concreto, con la morosa figura del jinete parado al otro lado de la mesa, pero ya sin su caballo.
A pesar del histórico momento –o acaso por negarlo- Britos reparará (sin que se le acelere el corazón) en los rasgos particulares de ese hombre de carón rosado y redondo; los bigotes estirados en puntas ascendentes; los ojos como de camello, lánguidos, amarillados, y con un misterioso y atrayente destello que aventaje al casquete tan opaco como el óxido que recubra a la pechera metálica que lo aprisione.
Ambos parecerán estudiarse, en silencio, por un largo rato que les parecerá eterno.

4

La tripulación no les perderá pisada desde detrás de la cortina gris e impalpable que escale el aire nacida de las brasas. Esther –así se llama la mujer de Britos-, en cambio, pese a tener una posición privilegiada desde el escalón de la pileta, jamás quitará los ojos de una ensaladera de plástico a la que la se habrán adherido restos de vegetales en un calado que inexplicablemente tiene en el fondo.
Pero los que tal vez mejor podrían acreditar la intersección de aquellos dos mundos serían los pasajeros del 35/9 que en ese momento cruzará el puente de la ruta 11, o los automovilistas y camioneros que seguirán al coche en fila india. Pero no. Acaso alguno vea al pasar la carabela o divise con curiosidad al grupo de disfrazados amontonados a la vera del cauce. Pero nadie descifrará de qué se trata. Nadie siquiera se preguntará nada al respecto ni parará más adelante, en la banquina, para corroborar el hecho. Principalmente porque eso implicaría, sin dudas, llegar tarde al trabajo o correr el riesgo que en cualquier momento lo llamen a declarar en Tribunales.
Y Britos, no me pregunten por qué, sabrá esa suerte. Sentirá aún más intensamente que estará solo frente a esa mixtura asombrosa de quijote y sancho emergida del Carcaraña a la hora de una siesta inolvidable de enero.
Desde lejos habremos de suponer que la iniciativa la tomará el marinero errante, afanoso de pedir disculpas o comprensión –se adivinará en la parsimonia de los gestos gentiles pero torbos.
Nadie tiene obligación de entender lo desconocido –explicará el navegante- teniendo en cuenta que el viaje –la travesía, dirá- se ha extendido más de lo esperado y que ya ninguno se acuerda de qué puerto del Viejo Mundo. Y se excusará de la indecisión y el temor que postergara tanto la supuesta conquista por nimia que fuera, para evitar generar conflictos innecesarios con los nativos.
Britos escuchará al fallido colonizador y sus razones. Oirá los elogios a las formas de vida distintas siempre espiadas de lejos y ahora, tan próxima... Recibirá el agradecer el privilegio de compartir el ritual sereno –señalará el mate con las manos como para rezar- y rechazara el convite sin ocultar un rictus que denotara asco pero con respeto.
El veraneante se sentirá reconfortado pero en la flaqueza de la desconcentración –cosa que su señora siempre supo apuntarle- le parecerá estar viendo una película en el canal Televisión Española del cable.
Entonces la comitiva de fondo ya habrá percibido el tono calmo del intercambio cultural e iniciará la lerda vuelta a la orilla, con caballo y todo. Movimiento que Britos percibirá de refilón, mientras simule prestar atención al interminable relato de su interlocutor, y al que contestará con una nueva succión audible y canchera de la clausura de otro mate.
En el transcurso de la conversación –un monólogo del antiguo viajero con monosílabos de Britos- la tripulación contemplará la postal del demorado pero triunfal propósito: el honarable líder junto al nativo de torso desnudo hablando en paz.
La silueta recortada de esos dos individuos –que para entonces ya se habrán sentado uno a cada lado de la mesa- resumirá el soñado paisaje de un acercamiento inédito en un mundo en el que sobreabundan las rabiosas diferencias dirimidas desde el fondo de los tiempos con violencia y destrucción.
Para cuando el guía del navío parezca finalizar su discurso, Britos se pondrá de pie como pidiendo permiso y se inclinará a un costado de la mesa. Si el cronista de a bordo mirara la escena, deberá anotar en sus papeles que el salvaje abrirá el cofre sagrado sin demasiada ceremonia y sacará una vasija por la que se filtre la luz y se deje ver la sangre de algún sacrificio en la que flotan pedazos de un fruto amarillo, sus semillas y pequeñas piedras preciosas descoloridas de las que también dará el salvaje un atillo en mano al Capitán.
De lejos, Britos parecerá complacido de la visita y exhibirá finalmente la palma izquierda bien abierta en señal de despedida al tiempo que el caballero, después de una reverencia ampulosa, a paso de rey irá al encuentro de los suyos cargando feliz el presente en los brazos.

5

El agua caliente caerá una vez más sobre la yerba aprisionada. Las dos manos que diariamente trabajan el metal ahora anidarán juntas sobre la mesa como punto de apoyo de la contemplación. Los hombres (con caballo y todo) subirán contentos y amontonados a un botecito que los lleve a la nave mientras la banda de sonido será la música de las chicharras que Britos descubrirá entonces y, sin embargo, en todo ese tiempo habrán de haber tocado su canción sin que él lo notara. Luego el licenciado obrero metalúrgico se agachará para ponerle la tapa a la heladerita plástica y evitar que se sigan derritiendo los hielos que queden.
Con la pereza de un gigante, la carabela se desplazará como empezando a añorar la quietud de los puertos. En algún momento, Britos ya no la verá sobresalir detrás de los sauces y el pastizal. Y se quedará callado, con la mirada perdida en la otra costa. No podrá evitar sentirse hondamente solo a pesar de saber la cercanía del camino, del pueblo, de la ciudad adonde todos los días lo espera la fábrica llena de operarios como él.
Marcando un imaginario punto y aparte, Britos suspirará y (otra vez) se sentirá observado por ese algo intangible, manifiesto ahora en los trinos, en el arrullo del río, en el lejano rumor de los motores.
Será cuando se sienta empujado por una fuerza extraña y se ponga de pie y camine. En el corto trecho irá pensando en el conquistador frustrado, en sus laderos, en el caballo y la carabela. Perdido en sus pensamientos no querrá mirar hacia el río por un buen rato y practicará un despiste: se figurará la cara de su mujer cuando le cuente.
Rumbo a su esposa, con media sonrisa pintándole la cara enarbolará la infusión recién cebada. Sin cerrar la canilla, dejando los vasos bocabajo a un costado, ella le pegará un manotazo al repasador y agarrará el mate. Antes de tomarlo le dirá que la próxima vez no va a ningún lado sin el detergente.

lunes, 8 de noviembre de 2010

CRÍMENES PERFECTOS



“Me dice muy poco un título: Llevamos cien homicidios en el año. ¿Qué cien homicidios? ¿Entre familiares, ajustes de cuentas, robos? ¿Homicidio entre borrachos, por cuestiones pasionales? Las prevenciones son distintas. La forma de prevención tiene que ser específica. No tenemos perfil de víctimas. No tenemos perfil de victimarios”, dice, vehemente, Eugenio Zaffaroni.
Siempre es grato escucharlo. El juez de la Suprema Corte de Justicia desmitifica permanentemente la solemnidad del usía ortodoxo y mandón que nunca se baja del enorme y lustroso estrado.
A mediados de octubre, estuvo unas horas en Rosario. Vino a hablar de "Los medios de comunicación y la criminalización de la pobreza”, y lo hizo categóricamente durante más de una hora. Claro que no todos los diarios (porque las cámaras de televisión hicieron un vuelo rasante por el auditorio) abordaron la visita del juez a partir del tópico que lo convocó.
Aquí –un extracto de la nota publicada en la revista Rosario Express que esta semana estará en los kioskos- , algunas frases del juez garantista que irrita a los reaccionarios, deleita a los progresistas y genera hecatombes internas en el ciudadano de a pie con buenas intenciones que está parado siempre en el medio de las expresiones extremas:

EL DELITO EN EL MEDIO
“Hay una criminología académica y otra mediática. Una viene a ser la medicina científica y la otra el curanderismo. La segunda rige la vida cotidiana”

REMEDIO GENÉRICO
“La técnica es clara: aquí muestro a un pibe que mató a la viejita que salía del banco; acá muestro a un pibe tomando cerveza en la esquina, y no sé en el momento que éste va a matar a otra viejita. Cuidado que el chivo expiatorio no es el delincuente. No; se maneja el sentimiento de venganza o de indignación que puede producir un hecho brutal pero para recaer sobre el grupo de donde salen los delincuentes”.

DELITO, NOTICIA Y PROFILAXIS
“La utilización de víctimas que reclaman represión tiene un alto contenido de crueldad: se selecciona una víctima, con características para la identificación, y se le da el amplio escenario mediático. Se deja que diga todo lo que quiera y es ahí cuando se le pregunta: ¿usted cree en la pena de muerte? La carga de culpa en la interrupción del duelo lo lleva a cometer exabruptos. Se usa, se usa lo más posible hasta que se hace inmostrable. Entonces no se usa más. La tiran. Sin importar el daño psíquico provocado”.

FENÓMENO MUNDIAL
“Los argentinos nos creemos los dueños de la última Coca Cola en el desierto y pensamos que inventamos todo. Pero esto (la manipulación a través de la creación y el manejo de miedos) es algo mundial. Responde a un objetivo muy claro de definición de modelo de Estado que tiene su origen en Estados Unidos y se planetariza. Es un proceso hijo de la globalización; fundamentalmente porque antes el Estado tenía la posibilidad de terciar entre el capital y el trabajo, y hoy no hay nadie sentado del lado del capital porque la economía se ha vuelto predominantemente financiera”.

ESTADO GENDARME
“El cambio del modelo Roosevelt de Estado benefactor por el de Estado gendarme que deja operar a las fuerzas económicas y monopólicas... cambiando la imagen del ciudadano medio: de trabajador a víctima que pide venganza. Es el modelo del Estado limitado a proveer servicios de seguridad policial y represivo”.

NO ME LO CONTÓ FIDEL
“No crean ustedes que me está dando un ataque de antinorteamericanismo: a mí el acné adolescente ya se me pasó hace mucho tiempo. Ni crean que todo esto me lo contó Fidel Castro... A esto me lo cuentan mis colegas criminólogos en Estados Unidos, a los que encima les dan fondos para que investiguen...”

NÚMEROS MÁS, NÚMEROS MENOS
“Me dice muy poco un título: Llevamos cien homicidios en el año. ¿Qué cien homicidios? ¿Entre familiares, ajustes de cuentas, robos? ¿Homicidio entre borrachos, por cuestiones pasionales? Las prevenciones son distintas. La forma de prevención tiene que ser específica. No tenemos perfil de víctimas. No tenemos perfil de victimarios”,

DIMENSIÓN DESCONOCIDA
“No sabemos si la inseguridad es una sensación o no, porque no tenemos cuadro de situación alguno. No tenemos diagnóstico. Y prevenir algo que no se conoce es imposible”.

ÓRGANO AUTÁRQUICO
“Sería indispensable generar un órgano autárquico; pero no significa que no dependa del Estado. Que intervengan los segmentos del sistema penal (la policía, el Poder Judicial, el sistema penitenciario) pero que no dependa de ellos. Para monitorear la violencia, hacer un cuadro de situación, llevar adelante las investigaciones de campo y generar programas para disminución de los niveles de violencia”.

ORQUESTA SIN DIRECTORES
“Si un organismo depende del Poder Judicial; el otro, del Ejecutivo que a su vez está en la órbita del ministerio de Justicia... así el sistema penal es una orquesta sin directores en la que encima cada uno toca la pieza que se le ocurre. Tiene que haber un órgano más o menos autárquico o independiente. Pero no una oficinita.”

MALGASTO
“Si sumamos todos los presupuestos destinados a la seguridad y a la Justicia penal de las provincias y el gobierno federal, se obtiene un volumen presupuestario impresionante pero sin planificación. Además, se suman otros asuntos como el funcionario que no sabe si comprar aviones o chalecos antibalas. Y termina comprando lo que vende el cuñado”.

JUDIALIZACIÓN
Creo que no se pueden judicializar los problemas de la política... Y si los poderes judiciales caen en el narcisismo de verse omnipotentes y creerse que pueden resolver todo, los problemas que demanda y no resuelve la política van a ir a un descrédito total. Lo que habría que hacer es estar preparado para devolver la pelota al campo de juego que corresponde.

POLÍTICAMENTE INCORRECTO
–¿Qué opina de la formación actual en Derecho y qué deberían hacer los estudiantes?–, lo interroga- pregunta alguien del público.
Y Zaffaroni le contesta sin titubear:
– Leer más libros que no sean de Derecho.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

EL COLECTIVERO


En la especie anda el rumor
de que fueron desplazados.
Que progresiva o abruptamente
el mapa de los grandes jinetes urbanos
se fue desdibujando.

Y los pocos sobrevivientes
asumen su condición:
como todo,
(los cines, los clubes, los bolichos,
las tribunas, las ropas, la cocina)
también el trono del piloto colectivo
sucumbió a la terrible invasión.

La globalización, el progreso
o un agujero negro
en la media de la humanidad.
Algo promovió el ingreso inevitable
al gran volante
de mortales del montón.

La veteranía se cruza en las esquinas
–o se pone a la par en los semáforos–
para intercambiar mustias miradas
de resignación.

Aquellos que supieron
lo que era estoicamente lucir
camisas reglamentarias de un celeste horrible,
se consuelan mutuamente
exhibiendo en las pupilas
de la pena, el color.

Pelilargos desentrazados;
ex larga distancia, camioneros urbanizados;
arquitectos sin vocación ni trabajo;
hijos de empresarios, adolescentes acomodados,
pescadores y herreros con contactos;
comerciantes fundidos; ex jugadores jugados;
buscavidas optimistas,
oficinistas desocupados.

“Hoy cualquiera maneja un colectivo
pero no cualquiera puede ser colectivero”,
susurra un exponente de esa raza casi extinta.
Tiene los ojos idos en el peluche
de la palanca de cambio,
sobre la falda la toalla nívea;
subrayando su humanidad y el volante
los nombres de sus hijos, ya grandes,
fileteados con los colores del la bandera argentina.

Como él,
el coche está por finalizar el servicio
rumbo a la punta de línea.

martes, 2 de noviembre de 2010

EL TAXISTA


Centauro aurinegro
pez del asfalto, de la vida.
Regresante, retornador,
hombre de vuelta con rictus
de sapiencia.

Tiene en los hombros la escuela de los días.
Su historia es la que buscan contar
los narradores desargumentados.

Conoce la ciudad como la palma de su mano.
Tiene registro exacto de burdeles e iglesias,
Ubica sin esfuerzos teatros y cocherías.
Hospitales, hipermercados, bibliotecas,
garitos u oficinas.

Manojo de desencantos que maneja triunfal
con los ojos puestos un paso atrás del horizonte.

El retrovisor es un adorno que remite al atrás,
una anécdota prescindible que mira al pasajero.
Un molesto puente visual que quema, incomoda.
El retrovisor es la confirmación de lo inevitable.
Un espejo cruel que además del asiento del cliente
enseña que ya no existe el exitoso comercio
que alguna vez fue de su propiedad.

Pudo ser jugador de fútbol profesional,
cantante melódico, vendedor de portaviones.

Ahora le toca la selva donde la música es la puteada
y la radio pesimista lo ametralla
dándole la razón:
el mundo es una jungla irrespetuosa,
la patria es un infierno incorregible.

“La calle es una mujer maldita y embustera
–piensa, mientras fuma abrazado al volante–
una mina difícil
que practica el engaño con delicia

pero es la única que te quiere”.

sábado, 30 de octubre de 2010

REDISTRIBUCIÓN DE LA POBREZA



1
Las estadísticas de todo el mundo miden la pobreza, la indigencia y las carencias pero no la holgura económica, el confort, lo que sobra. Los censos informan cuántas personas somos, cuántos varones y cuántas mujeres, cuántos ancianos y cuántos aborígenes. Nunca cuántos ricos.
Cuando se habla de la Rosario que no se muestra generalmente, como una revelación que desbarata al progreso aparente, se hace referencia a toda esa población que malvive (muy) afuera del microcentro, en lo que la pulcritud de los cómputos llama “periferia” y la esterilidad literaria prefiere decirle “suburbio”.
Pero, ¿es necesario salir de las cinco o seis cuadras centrales de la ciudad para encontrar las ciudades que somos? Al contrario, es ahí donde conviven asombrosamente los extremos dependientes, las necesarias diferencias, el equilibrio perfecto que hace que todos los días el sol salga desde atrás del Monumento a la Bandera y se ponga más allá de Plaza Pringles.

2
Cierta vez estuve de paso en un lujoso piso del pupo mismo de la ciudad (por las ventanas pude ver por primera vez, tet a tet, en toda su dimensión, el edificio de la Bolsa de Comercio). Aquel fastuoso hogar era propiedad de un excéntrico anticuario que criaba a un añoso papagayo multicolor como si fuera un hijo suyo, el auténtico príncipe heredero de su fortuna.
Apenas nos vimos, el hombre había hecho todos los rodeos posibles por atenderme en la puerta del edificio. Pero cuando se convenció de que no había riesgos mayores en mi inocente consulta periodística del momento, no sólo me hizo pasar: durante unos veinte minutos me mostró sus reliquias más preciadas, sus muebles de incalculable lujo y valor, y hasta una colección (también invaluable) de jarras de cerveza de porcelana de no sé dónde.
Por un momento su cara apergaminada se ausentó de la sala donde finalizamos el paseo por su orgullo, y me ganó la tentación. No la de transferir sin permiso a mi bolso uno de esos tazones delicados que imaginé desbordado por la espuma, sino la de asomarme a su balcón.
— ¿Vio? Es insoportable –me dijo el adinerado y extravagante clon de Cadícamo. Nunca supe si fue una confesión sincera o un sarcasmo. Pero con la particular postal aérea del paseo central en invierno a las cinco de la tarde, no pude menos que inclinarme por lo segundo.
Al salir después a la calle supe que nunca volvería a saber nada de aquel señor del que ni siquiera conocí su nombre, aunque tuve la certeza de que cada vez que pasara por abajo de sus ventanas volvería aquella sensación que me espabiló en su casa. El gozo clandestino del acaudalado que es algo así como una ostentación reprimida e inconveniente que se esconde atrás de las paredes.

3
La armoniosa convivencia de los opuestos es increíble.
Lo empírico abarca seiscientos metros sobre las baldosas recién cambiadas de la peatonal Córdoba, yendo siempre hacia el lado del río.
Con atención, lápiz y papel en mano y un amor incondicional hacia los sondeos y los cálculos usted podrá comprobar que por cada cinco bolsas de papel con manijas, hay una cajita de zapatos vacía rodeada de un mendigo. Así como por cada cuadra en la que desfila el cardumen frenético del consumo, hay por lo menos dos estáticos vendedores ambulantes con sus mesas plagadas de discos truchos y sus torres llenas de portacelulares.
De esquina a esquina hay para el transeúnte el confort de al menos dos tachos de basura, un puesto de flores, uno de diarios y un artista callejero. Todo es dar o recibir y nada se mueve en las veredas sin el motor de la oferta y la demanda en cualquiera de sus prácticas presentaciones.

4
Para peor hay que reconocer que ya ni siquiera ese fantasmal grupo que conocemos por “los ricos” tiene la exclusiva culpa de las carencias ajenas. La dignidad, pobre, aquel emblema de la resistencia de los más humildes, ha perdido un importante número de afiliados en cumplimiento del deber.
Para todos por igual, hasta en su expresión más inocente, la descarnada carrera cotidiana por generar ganancias da la razón al precepto trovarrosarino de los gruesos billetes por encima de la poética ilusión de que la vida era una moneda.
Hay algo que es más hondo todavía que la mentada distancia que separa a los dos extremos de la soga económica; resulta imperiosa la necesidad de que inclusive entre pobres habría que hacer un nuevo reparto de la pobreza.
No siempre todo lo que uno tiene de más lo tiene otro de menos. Hoy es más usual que lo que uno tiene de menos, el otro también lo tenga de menos. Porque ambos quieren tener más.
— ¿Es cierto –me pregunta alguien que conoce de mi debilidad por las estadísticas– que la exacta cifra de dinero que (ahora) cuestan dos tarjetas de colectivo para toda la semana del laburante (cualquiera sea su cucha o pedigree) equivale a la mitad de lo recaudado en tres horas por un cuidacoches o un abrepuertas de taxis del microcentro?
Aún sin sacar la cuenta pertinente me veo en la obligación de contestarle que sí.
Es una realidad que no quiere decir que el que tiene mucho sea inocente o haya dejado milagrosamente de ser mezquino.
Basta con seguir relojeando el mundo inmediato que sigue andando encima de la rúa prohibida para vehículos a la altura de su intersección con Sarmiento: a lo nómade del hambre le corresponde siempre su mismo porcentaje de vaho estancado sobre las ollas de los restaurantes, así como cada boutique tiene del otro lado del vidrio su justa proporción de desabrigados.
Y los que caminan apurados pensarán que es ficción pero doy fe que es habitual ver cómo al umbral de una casa de indumentaria deportiva espera caridad un hombre en silla de ruedas, y a metros de una disquería que también vende libros, toca un vals un acordeonista ciego.

5
El sol se desentiende del asunto en el semáforo de la Bola de Nieve. Mientras se espera que el iluminado peatoncito rojo y estático se extinga para que se encienda su permisivo vecino blanco, se puede ir viendo el panorama. A lo lejos unas mujeres toman mates en un acampe que reclama por una ilusoria modificación de sus desamparos al tiempo que un grupo de radiantes turistas vuelve al planeta al salir del museo.
Más allá, como contrapunto de la fe de las señoras con chales mullidos que entran a la iglesia, está el gris Correo y la ochava taciturna y ritual de los cirujas desesperanzados que se preparan para la faena del cartón.
La plaza se apaga irremediablemente a pesar del esfuerzo denodado de las enclenques farolas.
En el paisaje habitual, como un ornamento más que combina con los escalones de mármol y las volutas de cemento del antiguo edificio de la Catedral metropolitana, está desparramada una adolescente con dos nenes que la recorren.
Como una autómata, delante de una tienda abarrotada de imágenes, estampitas y otros souvenirs cristianos, suelta su parlamento veloz de desesperación mecánica que implora por ayuda urgente para comprar la comida de sus hijos.
La deformación profesional permite a uno fantasear un instante con acomodarse contra la pared y darle diez pesos a cambio de bucear en detalles de su vida para reproducirlos en un relato. Saber de qué barrio pobre de la ciudad viene, dónde duermen y comen ella y sus hijos. Si lo pibes tienen papá, a qué edad tuvo al primero.
Pero hay algo que provoca en la garganta un nudo de vergüenza y nos obliga a alejarnos iracundos con las propias falta de arrojo y sobra de principios.
— ¿Creés en Dios?– podría haber dicho el que pregunta.
A las seis de la tarde, las campanas que suenan son para muchos linyeras como el pito de la fábrica. Todo se vuelve cada vez más tenue.
Es el desahuciado momento de la transición entre la tarde y la noche. La falsa muerte del día, la parte más escandalosa del crepúsculo.
La hora del noticiero.

miércoles, 27 de octubre de 2010

DEBERÍA GUARDAR SILENCIO


Supongamos que no sé quién fue Néstor Kirchner. Que lo que conozco de él es una conclusión apresurada del compendio de los dardos y las flores que le apuntaron todo este tiempo. Que la impresión personal que tengo es una remota construcción de lo que realmente fue. Sé que hoy, en medio de este cortejo fúnebre transmitido en vivo por todas las formas de comunicación posible, no es el mejor momento para intentar saberlo. Y que si la muerte de un hombre cualquiera, para los que quedan, es el cristal más distorsionador que hay (porque la vida también lo es); ni hablar en este caso.
Si la hipocresía, la invención de la memoria y la desnudez argumental son los primeros en llegar a todos los velorios, en los sepelios políticos son ellos los que acomodan puntillosamente la mortaja.
Murió el mayor líder nacional en los últimos 20 años –me parece que para reconocerlo no debería hacer falta adherir o no a sus ideas.
Nace (a la par de la figura definitiva de Raúl Alfonsin) el símbolo que completa el ara del pasado inmediato en el que deberían abrevar los políticos argentinos a la hora de repensar el país con grandeza.