sábado, 30 de octubre de 2010

REDISTRIBUCIÓN DE LA POBREZA



1
Las estadísticas de todo el mundo miden la pobreza, la indigencia y las carencias pero no la holgura económica, el confort, lo que sobra. Los censos informan cuántas personas somos, cuántos varones y cuántas mujeres, cuántos ancianos y cuántos aborígenes. Nunca cuántos ricos.
Cuando se habla de la Rosario que no se muestra generalmente, como una revelación que desbarata al progreso aparente, se hace referencia a toda esa población que malvive (muy) afuera del microcentro, en lo que la pulcritud de los cómputos llama “periferia” y la esterilidad literaria prefiere decirle “suburbio”.
Pero, ¿es necesario salir de las cinco o seis cuadras centrales de la ciudad para encontrar las ciudades que somos? Al contrario, es ahí donde conviven asombrosamente los extremos dependientes, las necesarias diferencias, el equilibrio perfecto que hace que todos los días el sol salga desde atrás del Monumento a la Bandera y se ponga más allá de Plaza Pringles.

2
Cierta vez estuve de paso en un lujoso piso del pupo mismo de la ciudad (por las ventanas pude ver por primera vez, tet a tet, en toda su dimensión, el edificio de la Bolsa de Comercio). Aquel fastuoso hogar era propiedad de un excéntrico anticuario que criaba a un añoso papagayo multicolor como si fuera un hijo suyo, el auténtico príncipe heredero de su fortuna.
Apenas nos vimos, el hombre había hecho todos los rodeos posibles por atenderme en la puerta del edificio. Pero cuando se convenció de que no había riesgos mayores en mi inocente consulta periodística del momento, no sólo me hizo pasar: durante unos veinte minutos me mostró sus reliquias más preciadas, sus muebles de incalculable lujo y valor, y hasta una colección (también invaluable) de jarras de cerveza de porcelana de no sé dónde.
Por un momento su cara apergaminada se ausentó de la sala donde finalizamos el paseo por su orgullo, y me ganó la tentación. No la de transferir sin permiso a mi bolso uno de esos tazones delicados que imaginé desbordado por la espuma, sino la de asomarme a su balcón.
— ¿Vio? Es insoportable –me dijo el adinerado y extravagante clon de Cadícamo. Nunca supe si fue una confesión sincera o un sarcasmo. Pero con la particular postal aérea del paseo central en invierno a las cinco de la tarde, no pude menos que inclinarme por lo segundo.
Al salir después a la calle supe que nunca volvería a saber nada de aquel señor del que ni siquiera conocí su nombre, aunque tuve la certeza de que cada vez que pasara por abajo de sus ventanas volvería aquella sensación que me espabiló en su casa. El gozo clandestino del acaudalado que es algo así como una ostentación reprimida e inconveniente que se esconde atrás de las paredes.

3
La armoniosa convivencia de los opuestos es increíble.
Lo empírico abarca seiscientos metros sobre las baldosas recién cambiadas de la peatonal Córdoba, yendo siempre hacia el lado del río.
Con atención, lápiz y papel en mano y un amor incondicional hacia los sondeos y los cálculos usted podrá comprobar que por cada cinco bolsas de papel con manijas, hay una cajita de zapatos vacía rodeada de un mendigo. Así como por cada cuadra en la que desfila el cardumen frenético del consumo, hay por lo menos dos estáticos vendedores ambulantes con sus mesas plagadas de discos truchos y sus torres llenas de portacelulares.
De esquina a esquina hay para el transeúnte el confort de al menos dos tachos de basura, un puesto de flores, uno de diarios y un artista callejero. Todo es dar o recibir y nada se mueve en las veredas sin el motor de la oferta y la demanda en cualquiera de sus prácticas presentaciones.

4
Para peor hay que reconocer que ya ni siquiera ese fantasmal grupo que conocemos por “los ricos” tiene la exclusiva culpa de las carencias ajenas. La dignidad, pobre, aquel emblema de la resistencia de los más humildes, ha perdido un importante número de afiliados en cumplimiento del deber.
Para todos por igual, hasta en su expresión más inocente, la descarnada carrera cotidiana por generar ganancias da la razón al precepto trovarrosarino de los gruesos billetes por encima de la poética ilusión de que la vida era una moneda.
Hay algo que es más hondo todavía que la mentada distancia que separa a los dos extremos de la soga económica; resulta imperiosa la necesidad de que inclusive entre pobres habría que hacer un nuevo reparto de la pobreza.
No siempre todo lo que uno tiene de más lo tiene otro de menos. Hoy es más usual que lo que uno tiene de menos, el otro también lo tenga de menos. Porque ambos quieren tener más.
— ¿Es cierto –me pregunta alguien que conoce de mi debilidad por las estadísticas– que la exacta cifra de dinero que (ahora) cuestan dos tarjetas de colectivo para toda la semana del laburante (cualquiera sea su cucha o pedigree) equivale a la mitad de lo recaudado en tres horas por un cuidacoches o un abrepuertas de taxis del microcentro?
Aún sin sacar la cuenta pertinente me veo en la obligación de contestarle que sí.
Es una realidad que no quiere decir que el que tiene mucho sea inocente o haya dejado milagrosamente de ser mezquino.
Basta con seguir relojeando el mundo inmediato que sigue andando encima de la rúa prohibida para vehículos a la altura de su intersección con Sarmiento: a lo nómade del hambre le corresponde siempre su mismo porcentaje de vaho estancado sobre las ollas de los restaurantes, así como cada boutique tiene del otro lado del vidrio su justa proporción de desabrigados.
Y los que caminan apurados pensarán que es ficción pero doy fe que es habitual ver cómo al umbral de una casa de indumentaria deportiva espera caridad un hombre en silla de ruedas, y a metros de una disquería que también vende libros, toca un vals un acordeonista ciego.

5
El sol se desentiende del asunto en el semáforo de la Bola de Nieve. Mientras se espera que el iluminado peatoncito rojo y estático se extinga para que se encienda su permisivo vecino blanco, se puede ir viendo el panorama. A lo lejos unas mujeres toman mates en un acampe que reclama por una ilusoria modificación de sus desamparos al tiempo que un grupo de radiantes turistas vuelve al planeta al salir del museo.
Más allá, como contrapunto de la fe de las señoras con chales mullidos que entran a la iglesia, está el gris Correo y la ochava taciturna y ritual de los cirujas desesperanzados que se preparan para la faena del cartón.
La plaza se apaga irremediablemente a pesar del esfuerzo denodado de las enclenques farolas.
En el paisaje habitual, como un ornamento más que combina con los escalones de mármol y las volutas de cemento del antiguo edificio de la Catedral metropolitana, está desparramada una adolescente con dos nenes que la recorren.
Como una autómata, delante de una tienda abarrotada de imágenes, estampitas y otros souvenirs cristianos, suelta su parlamento veloz de desesperación mecánica que implora por ayuda urgente para comprar la comida de sus hijos.
La deformación profesional permite a uno fantasear un instante con acomodarse contra la pared y darle diez pesos a cambio de bucear en detalles de su vida para reproducirlos en un relato. Saber de qué barrio pobre de la ciudad viene, dónde duermen y comen ella y sus hijos. Si lo pibes tienen papá, a qué edad tuvo al primero.
Pero hay algo que provoca en la garganta un nudo de vergüenza y nos obliga a alejarnos iracundos con las propias falta de arrojo y sobra de principios.
— ¿Creés en Dios?– podría haber dicho el que pregunta.
A las seis de la tarde, las campanas que suenan son para muchos linyeras como el pito de la fábrica. Todo se vuelve cada vez más tenue.
Es el desahuciado momento de la transición entre la tarde y la noche. La falsa muerte del día, la parte más escandalosa del crepúsculo.
La hora del noticiero.

miércoles, 27 de octubre de 2010

DEBERÍA GUARDAR SILENCIO


Supongamos que no sé quién fue Néstor Kirchner. Que lo que conozco de él es una conclusión apresurada del compendio de los dardos y las flores que le apuntaron todo este tiempo. Que la impresión personal que tengo es una remota construcción de lo que realmente fue. Sé que hoy, en medio de este cortejo fúnebre transmitido en vivo por todas las formas de comunicación posible, no es el mejor momento para intentar saberlo. Y que si la muerte de un hombre cualquiera, para los que quedan, es el cristal más distorsionador que hay (porque la vida también lo es); ni hablar en este caso.
Si la hipocresía, la invención de la memoria y la desnudez argumental son los primeros en llegar a todos los velorios, en los sepelios políticos son ellos los que acomodan puntillosamente la mortaja.
Murió el mayor líder nacional en los últimos 20 años –me parece que para reconocerlo no debería hacer falta adherir o no a sus ideas.
Nace (a la par de la figura definitiva de Raúl Alfonsin) el símbolo que completa el ara del pasado inmediato en el que deberían abrevar los políticos argentinos a la hora de repensar el país con grandeza.

domingo, 24 de octubre de 2010

PARTE DE LA RELIGIÓN

(A Roberto Yagen Nakamatzu,
dueño del Bar La Capilla
que cerró después de 63 años)

Voz en off: Hugo Paleo
Texto: Joaquín Castellanos
Cámara: Héctor Rio
Edición: Santiago Fontana

jueves, 21 de octubre de 2010

REQUIEM PARA UN GRANDE QUE VIVÍA ACÁ A LA VUELTA

Desde el principio tiene que haber sido tango. Aún cuando todavía no sabía que su imagen definitiva sería el rostro extasiado, encerrado en el paréntesis negro y horizontal de la boina y el pañuelo al cuello, en el trance de cortarle la respiración al fueye, pidiéndole permiso para arrancarle el alma de a pedazos. Lo mismo en el más mentado escenario de Europa que en el raído y ritual baldosaje del club El Torito, un viernes cualquiera, en el Alberdi austero de este lado de la vía.

Hace unos días rescaté de la oscuridad del ropero, envuelto en una bolsa de nylon, un cuadrito en el que un par de bailarines difusos pero perfectos, aunque quietos, zigzaguean entre las columnas de un viejo palacete local vuelto milonga cuando esa música marginal y carcelaria, como la cumbia de hoy, se les fue metiendo en los bolsillos a los pudientes y se desparramó lícitamente.

Una mañana, al tiempo de haber escrito y publicado una semblanza con su historia, “el Flaco” me preguntó si podía pasar a verlo porque tenía algo para darme. La ceremonia fue precisa y preciosa: en su pieza-taller, las manos pecosas de pintura quitaron del bastidor la tela y con la obra todavía fresca, acarició con las yemas de los dedos una cortina del dibujo y peinó un poco más los rasgos difuminados de los que se abrazaban en un tango. Por la ventana se asomaban los techos gastados del barrio Parque Casas.

De pibe, Alberto Bono llegó alguna vez y para siempre a este confín junto a sus padres cuando cansada de las mudanzas la familia de la artesana y el capataz de la maestranza que enseñaba a bailar tango, decidieron soltar el ancla. Por suerte, además del patio en el que se “armaba la milonga”, la cancha de basquet del Club Casiano Casas sabía trocar en pista de baile cuando las mejores orquestas de la época se lucían a la par de las guirnaldas de las lamparitas de colores.

Por entonces el esfuerzo laburante del viejo se transformó un día en una bicicleta de carrera para que “el Alberto” fuera a tomar clases de piano. Y como todo se transforma, hipnotizado por las filigranas sonantes de “la típica”, haciendo uso de la inocencia y el anhelo que sólo da la niñez, el pequeño Bono convirtió el rodado en dinero para comprarse el primer bandoneón. Y como para perder todas las esperanzas de una justificación más o menos digna, se encanutaba la plata de tres clases anticipadas, ponía el fueye de arco y se ponía a patear.

Entonces el padre no veía bien que su hijo se encandilará así con ese ritmo tan profundo y sentido como mal visto. Pero la resistencia paterna, por suerte, no pasó de esa mirada atenta que terminó por acompañarlo como un faro en sus comienzos.

Tenía 14 años recién cumplidos cuando, después de debutar en una formación que tocó en Maciel (capital provincial del tango), se subió al escenario de la paqueta confitería Cifré del Palacio Fuentes. Dicen que en la cena, le servían la leche. Y que a la hora en que muchos se iban a trabajar, él volvía al barrio en tranvía. En la esquina, por supuesto, lo esperaba su padre.

En aquellas noches empezó a disfrutar del atalaya desde donde los músicos ven el oleaje bravo de los que le sacan viruta al piso, e hizo de ese lugar de privilegio un puesto de fotógrafo para atesorar las postales que luego revelaría en sus pinturas.

Porque los trazos de Bono están estampados como melancólicos cachetazos similares a los que propinan la poesía y la cadencia de ciertos tangos. Acaso ayude a quien contemple su obra, tener en cuenta que el pulso del que han nacido esos monstruos pasionales de colores respondió al de un tipo inquieto que aunque haya tenido sus pergaminos como bandoneonista, pintor y hombre de teatro, parafraseando a Yupanqui, difícilmente pudiera ser visto como un artista por el solo hecho de domiciliarse muy cerca de casa.

En ese sentido, su biografía reza que Alberto Bono se divorció del bandoneón en los ’60 (no tocó en veinte años al acusar recibo en una de las miles de muertes y resurrecciones del tango) pero siguió molestando con su creatividad. Hizo teatro, fileteó colectivos, fue modelo de fotonovelas, pintó carteles publicitarios en la ciudad y escenografía del Teatro Nacional en Buenos Aires. Y todo ese tiempo, pese a la búsqueda de rumbo y el planteo de sus expectativas, siguió siendo hincha de Central. Hasta que un día volvió a abrir el estuche al que le había dicho adiós nonino y volvió a mojar el pincel en el 2x4. Se fue a Miami, a Drumonville, a La Coruña; y después volvió a la Capital Federal, a Rosario, al taller mecánico de calle Molina donde el asado convive armoniosamente con el olor “tuerca” que sube desde la fosa azulejada adonde llega una y otra vez debajo de una gorra con visera, y con camisa y pantalón sordos a los cánones de ninguna moda como el uniforme universal de la simpleza. Doy fe que sólo cambió esa ropa por un guardapolvos azul (como el de los profesores de las escuelas técnicas) para pintar un mural en el que él mismo toca un tango interminable en La Casa del Tango.

La catarata inoportuna (u oportunista, habrá quien diga) tiene que ver, claro, con ese vómito de admiración que uno contiene por definición y suelta por reflejo o no sé que mierda.

Lo cierto es que, como si fuera un ventiluz reinaugurado, vuelto a abrir después de una temporada de clausura, hace más o menos una semana volví a colgar de un tornillo huérfano la obra que me obsequió Bono.

Y lo peor es que ahora ni siquiera mirando el diario me enteré de la noticia.

Mi mujer me preguntó por teléfono, a través de un mensaje de texto, si sabía que había muerto Alberto. Un coro de saludos necrológicos en La Capital la advirtieron a ella del acontecimiento para que me lo contara casi como un contrabando en medio de la rutina.

Sinceramente no me acuerdo de la última vez que lo vi.

Sólo tengo presente (mientras miro el cuadro reincorporado a mi casa recientemente, como una coincidente señal inadvertida) la instantánea del trámite, sagrado y sencillo a la vez, de ejecutar el fueye desde el entrepiso de La Buena Medida, como escondido detrás de una baranda de hierro.

Y me asaltan como una ráfaga sentimental fragmentos de los pocos encuentros que tuve con él (y aparecen, colados con provecho de la guardia baja, otros próceres de la madrugada) que sin dudas han sido menos de los que uno quisiera aunque más de lo que la vida que llevo me permite.

La casa en la que hasta hace unos días vivió Alberto Bono está a unas diez o doce cuadras de la mía. Sé -sobredimensionando la culpa y apretando las distancias por el contexto en que reflexiono- estoy seguro, que en estos últimos meses he caminado muchas veces un mayor trecho, por ejemplo desde mi portón hasta el cajero automático de Villa Hortensia

Y que por eso, además de por su genuino mérito, lo veré al “Flaco” en otros de su talla, de su ley, de su calaña. Pero me permitiré también la fantasía poco original pero de rigor de pensarlo cruzado de gambas en un boliche sin tiempo donde “el Alemán” Göttling tome apuntes sobre el admirable hilo enredado de música que brota de la boca abierta de la guitarra del “Beto” Giraudo.

Con un suspiro como prólogo, Alberto se acomodará la franela en la falda y (mientras se va acostumbrando a la inmortalidad) marcará el un, dos, tres del apronte para que las uñas largas de su escudero inseparable sepa que arranca la pieza más larga de todas. Los ojos cerrados, y un corazón desinflado. El mío. Por tu partida, eterno quijote canyengue.

viernes, 15 de octubre de 2010

CUARENTICINCO DEL SEGUNDO TIEMPO


Va a caer directo a la zurda del negro Beto.
Un defensor mediocre (un 4)
se interpondrá entre las piolas y el festejo trunco.
El rebote, señal que la jugada respira,
lo tendrá el Gaita en los pies, cerca del corner.
Hasta el cielo y los árboles y los hinchas
son de cero a cero.
Sin embargo llueve el centro
y los pupos se estiran y los cuellos.
Hay un cráneo (del 2 nuestro) que la revienta
de pique contra el piso, contra el palo.
Afuera.
Cuarenticinco del segundo tiempo.
Ya sólo se piensa en el lugar que cada uno
va a ocupar en la chata para la vuelta.

jueves, 14 de octubre de 2010

LAS FORMAS


A consecuencia del erosionante oficio
vióse rodeado el bate por impropicios
barrotes de desilusión pura rutina.

Lo suyo –que soñara un arte de oficina,
calma floreal, vuelo frugal de golondrina-
volvióse con los días plagados de precipicios

hirsuta picazón del acostumbramiento,
se le hizo costumbre el tratamiento
boxístico de teclear nocauts como palabras

Anduvo pasillos de televisión macabra
y como por un mágico abrakadabra
el poeta se volvió un obrero del diario testamento

Lo que antes decía con seso y apasionamiento,
cual pase de prestidigitación cotidiana,
tornóse escupitajo contra el huraño viento.
Noticiador de la pantalla de la mañana.

miércoles, 13 de octubre de 2010

CUADERNO DEL RESCATE

sillón de las películas; por TVChile es como estar ahí; "viaje al fondo de la tierra" dijo @CazadorOculto: explotación de los #mineros

#ahora penetra la cápsula fénix con colores de bandera chilena; benicio del toro y dany trejo para los papeles; habría que buscar otros 31

Benicio puede hacer de Ávalos y Trejo de Don Lucho; no importa que sean mejicanos. Para el pochoclo es lo mismo.

en la radio: "hoy es día de rescate, consigna:¿a quién rescatarías vos?"; lo más profundo sobre los #mineros es el refugio

lerdo ascensor, estómago-corazón; martilla la sangre en la oscuridad de ojos abiertos; enormes pelotas: baja el primer rescatista

las luces se confirman cuando los talones se afirman; se abre la puerta. La TV lo muestra todo. El rescatista está en el refugio.

sube-el túnel lo traga-sube-la polea es un órgano vital-sube-presiente la espera ajena-sube-intenta recordar cómo era todo arriba

sube-memoria difusa de las voces queridas-sube-nací de nuevo, se ríe-sube-nadie sabe si él sabe que hay tanto despliegue arriba-sube-suspira

sube-se oye la sirena-sube-suspenso para los otros-sube-su paciencia cumple hoy setenta días-sube-florencio ávalos va a renacer por TV

asoma la cápsula / el videograph dice "empezó el milagro" / hay gritos y aplausos / "ya es hombre de la superficie", relata alguien

desdice las recomendaciones del rating, camina de modo normal, sin euforia saluda a la familia y se deja caer en una camilla

al tedio de los viajes venideros ahora por lo menos se le pondrá de soporte la imagen del primer minero subido, cronómetro y otros