martes, 30 de noviembre de 2010

SEMBLANZA

(AL ABUELO GARY)
De linaje itálico y etílico,
fulbá temor de delanteros babiecas.
De genética porfía en idílico
mixturaje de sopena y lleca.

Subido a camiones, palabras cruzadas,
faldas, motos, sueños, tangos y mates,
donde pisó, sembró la carcajada
y cuestionó al mayor de los primates.

Ocupado en birlar el acertijo
de la vida se le gastó el paño.
Tuvo dignidad, esposa e hijos
y una descendencia por rebaño.
Colocó su corazón a plazo fijo
e invitó a la muerte a su cumpleaños.

lunes, 29 de noviembre de 2010

EL CLUB DE LAS DE FLETCHER



Las manos en los bolsillos. La resignación obliga a Fletcher a hundir las manos en los bolsillos del gamulán. Piensa que lo hecho, hecho está. Que no se puede volver atrás. Luego cambia el sentido de sus pasos en la esquina. Como su pensamiento, desisten de andar a la deriva y retoman un rumbo fijo. Sabe que es tarde para arrepentirse aunque no ha cambiado de parecer ante el acto consumado.
Entra a la taberna y comienza a leer las mesas simulando indiferencia. Robert está en la barra y al verlo alza la diestra desde el fondo del salón en penumbras. Se pone de pie y le señala con la mirada y la punta del mentón adónde van a ubicarse. Fletcher siente que sus manos están adheridas a lo profundo de los largos bolsillos.
Robert ya está sentado junto a la ventana y entorna los ojos mientras enciende un cigarro. Fletcher separa la silla de la mesa con un solo guante de cuero negro que inmediatamente vuelve a guardar en el abrigo. Robert tiene intenciones de preguntarle a Fletcher cómo se encuentra pero Fletcher se anticipa y le dice que necesita alguien que sepa escuchar. La boca de Robert se retuerce y de ella escapa una blanda lonja de humo blanco.
-- Acabo de matar a un hombre -dice Fletcher encorvándose, hundiendo su cabeza entre los hombros. Atacado por un brutal calofrío, tiembla.

Sus ojos de pez están más gélidos que de costumbre. Parece retorcerse de frío. Le pregunto, finalmente, cómo se encuentra y suelta una risa nerviosa. Me pregunta que cómo creo que puede sentirse y comienza a hablar sin detenerse, a gran velocidad. Lo interrumpo piediéndole que se tranquilice y él parece reaccionar. Suspira, mira por la ventana, ora hacia la puerta de entrada, ora hacia las mesas contiguas. Diviso un hilo delgado de transpiración marcándole la mejilla, ramificándose hacia la mandíbula. Me pide perdón y vuelve a suspirar. Es un movimiento robótico y muy pronunciado, como si tuviera apresado bajo el abrigo un animal vencido que se apaga y ya no busca escapar.
--Tienes que escucharme, Bob -me dice y vuelve a mirar a su alrededor pero esta vez con disimulo, tímidamente-, me queda poco tiempo...
Continúa sin quitar las manos de los bolsillos y creo que trae oculta un arma. Se inclina sobre la mesa como para decir algo pero percibe la llegada de la camarera y entonces simula estar acomodándose en la silla y guarda silencio, mirándola de reojo. Pido un whisky doble y él otro. La muchacha se aleja y Fletcher vuelve a suspirar.

Todo empezó hace ya unos seis o siete años, Bob, antes de que Kimberly se fuera de casa. Tú sabes muy bien cuánto quise a Kimberly y cuánto daño me causó su partida; pero entonces no podía prever que esto sucedería. Siempre creí en las casualidades, Bob, y recién ahora me doy cuenta que he vivido engañado. ¡Aquel juego perverso estuvo siempre ante mis ojos, y yo creía que todo era producto del azar! Maldita sea, Bob. Jamás hubiera imaginado que se trataba de un complot. Un plan macabro de venganza minuciosamente digitado por ellas. Porque todas, todas estuvieron siempre de acuerdo, confabuladas, gozosas de perturbar mi vida...
Claro que me llevó tiempo convencerme que esto estaba pasando. Tardaría años en darme cuenta que siempre fui víctima de este horrible pacto de lobas hambrientas y en celo. Y ellas disfrutaron, Bob, se vieron saciadas con mi desconcierto, al principio, y con mi desesperación, al final. Porque es cierto que había comenzado a llamarme la atención ese desfile indiscriminado de mujeres que alguna vez fueron mías. Yo me creía un hombre con suerte, ¿sabes? Alguien que por afortunado debía sufrir también proporcionalmente aquellos encuentros inoportunos. Y recién en este último tiempo me doy cuenta. No me dejan en paz, Bob. Eligen un día por año y me persiguen sin darme tregua, amigo. Todas juntas en un solo día, cómplices, Bob, insoportables. ¿Entiende? No me dejan vivir.

Por un momento Fletcher se queda en silencio. La camarera deja los anchos vasos en la mesa y vuelve sobre sus pasos. Robert bebe un sorbo lento de whisky tratando de acomodar sus ideas tras aquel parloteo enredado. Fletcher quita las manos de cuero negro de dentro del abrigo y con ambas sujeta el vaso. Repite que no lo dejan vivir y de un golpe acaba con la bebida. Lo gélido de sus ojos desaparece y los surcos de sudor se multiplican. Robert mira cómo Fletcher se desnuda las manos y las ve, atontadas y persurosas, desprender los botones del gamulán.
-- Estoy pagando, Bob. Es una pesada deuda que tomé por haber abusado de mi atractivo físico -dice Fletcher.
Robert comprende que lo que el otro vomita es una nueva catarata de pesares, pero se queda abstraído, subido a una frase curiosa: jamás había oído a un hombre -ni aún a Jeff, el más engreído patán de la oficina- autohalagarse tan descaradamente. Entonces mira a Fletcher -le dice que sí, Robert, con la cabeza, aunque ya no repara en sus palabras que retumban como cualquier otro sonido ambiente del lugar-; lo observa detenidamente. Ve a un hombre muy delgado, adivina el relieve de sus venas; escruta una plaga de pecas amorfas. Inútilmente quiere descifrar los gruesos pinceles de sus cejas rojas o el anaranjado escobillón de los bigotes. Se demora en los ojos de hielo celeste, acuosos y carentes de la más mínima expresión. Fletcher es calvo, de orejas bastante despegadas de la cabeza, abiertas, como dos sus caracoles laterales que hipnotizan a su interlocutor.

Tengo la impresión de que me está gastando una broma o, peor, que está terriblemente drogado y que debajo del sobretodo trae explosivos que nos hará volar a todos por los aires. Dice que el día en el año es siempre uno distinto y que el resto de los días los pasa paranoico, huyendo de cuanta presencia femenina advierte. Que vive aterrorizado esperando el fatal encuentro que anuncie que han comenzado las veinticuatro horas exclusivas de las chicas que pasaron (y regresan) por su vida. Mientras habla, otra vez a un ritmo acelerado, mira hacia la calle como buscando algo. Y las manos, que parecen cada vez más independientes de su cuerpo, se aferran al vidrio del vaso y lo hacen girar mecánicamente.
Presiento que de un momento a otro me dirá que todo es un invento, que quería verme la cara. Pero se obstina en darme detalles sobre cómo lo han vuelto loco, cómo comienzan por insinuar la invasión un par de jornadas antes de la fecha elegida. Feroces, amenazantes.
Que de pronto en el supermarket se aparece una mañana Helen, la blonda muñeca de la preparatoria, o Thelma, la peluquera, lo intercepta a la salida del ascensor. Que llegó a pagar una suma descomunal de dinero para que la compañía telefónica lo borrara del directorio luego de la madrugada en que Priscila, la del simposio en Toronto, y Debra, la porrista del equipo de sus sobrinos, alternaran insistentemente con llamadas simultáneas al apedreo de las persianas de su apartamento frente a la frondosa trinchera del parque a media luz.

Sé que es difícil de comprender, Bob, pero créeme que no estoy loco. Y, fíjate, a veces quisiera estarlo para no pasar por esto. El resto del año, los días que no son el día de mi maldita tortura, he llegado a encerrarme. Por meses he viajado, he visitado a vecinos por el lapso de semanas enteras, instalándome a vivir en casa de gente solidarísima que acaso nunca me comprendió pero me tuvo compasión. ¿Y tú crees que solucioné algo, Bob? Si crees que sí, te equivocas.
Siempre aparecen. Como sea. Azafatas, policías, enfermeras, acomodadoras de cine, cajeras de banco, vendedoras de seguros sociales. Siempre llegan a mí. Siempre aparece una para anunciarme el comienzo de la pesadilla y después Ingrid, Marianne, Rosario, Sharon, Melody, Jane, Bea, Susan, Fernanda, Rose, Francesca, Alice, Gisell, Ivone, Lauren, Asumpta, Edith... ya no importa el orden, todas despechadas y sedientas de venganza.
Mira, Bob, no es mi intención traerte complicaciones. Sólo necesitaba alguien que me escuche. No voy a pedirte que me creas, amigo. Es entendible. Pero, antes de que sea demasiado tarde, quería que alguien supiera que porque mi vida ya no es mía he sido capaz de cualquier cosa...

Fletcher se lleva las manos a la cara. Las posa una sobre cada ojo y luego comienza a bajarlas flanqueando la nariz, estirando poco a poco las bolsas violáceas de piel fofa que se le han ido encendiendo a lo largo del monólogo. Su palidez ya es de mármol. Hasta los mapas de las pecas se le han ido apagando y ahora parece transpirar a baldes. Robert lo nota pero sigue absorto, confundido. Lo recorre un ambiguo sentimiento que Fletcher se encargó de despertar. Es una mezcla de lástima y rabia por ese pobre hombre de envidiable performance y cruel destino.
--...Por un demonio, Bob, pídeme otro whisky. Me temo que... --Fletcher deja inconcluso su parlamento y pone los ojos de agua al resguardo de la mirada firme de Robert.
--No me digas que la camarera...
--Hilary, estudiante de teatro, veintitrés años, piscis...
--Entonces...
--Ya no puedo más, Bob.
Robert le alcanza su propio vaso. Está casi lleno y Fletcher bebe todo el whisky de un sorbo. Luego temblando se quita el gamulán con movimientos ampulosos y lo apoya sobre el respaldar de la silla. Está llorando. Los dos están incómodos.

Será mejor que lo deje solo. Puedo ir al baño y volver en un par de minutos, cuando se haya desahogado. Me pongo de pie y me excuso por retirarme. Le aclaro que debo visitar el retrete pero poco parece importarle, recostado sobre su antebrazo izquierdo, escondiendo las muecas que le moldea el dolor; mojando como un niño desconsolado la manga de su sweater negro.
Realmente no sé qué haría de hallarme en su situación, pienso, mientras me contento de ver mi rostro en el espejo del lavatorio. Mi rostro de siempre, común, mediocre, del montón. Me reconforta no ser Fletcher Holssen.
Bajo la tapa del sanitario y me siento a matar el tiempo como cuando de pequeño me encerraba en el baño a juntar fuerzas para entrar en la ducha. “Acabo de matar a un hombre”, recuerdo el temor y la paz en la voz apagada de Fletcher. Y entonces me doy cuenta que sí, ya es tarde. Voy decidido hasta la puerta que me devuelva al humo y los rumores del salón, impulsado por un presentimiento y apenas demorándome el andar con un temor que ya es casi una certeza.
Entre el bullicio de la mesas a media luz, la nuestra me salta a los ojos con un extraño haz de silencio y teimpo quieto. El hielo plateado de sus ojos que ya no ven, la lengua azul afuera, un brazo larguísimo colgando.
Desde una mesa alejada, mezclada entre otras mujeres, me saluda Kimberly alzando su copa.

martes, 23 de noviembre de 2010

SONETO DEL QUE ESTÁ INTERNADO


Abulia del seso quieto,
danza de pestes y grajeas.
Juego simpático, este amuleto
de lo que dejó la cefalea.

Harto de su pito tocar
y catalanear sin respeto,
el devenir del internado
es un tren que va repleto.

El calvario del enfermo tiene
de bacán, de preso, de turista.
(con desaire de promesa que no viene)

Cual beodo y olvidado artista,
horizontal en el catre se mantiene.
La calle, por la ventana, es el exorcista.

viernes, 19 de noviembre de 2010

EL ADENTRO, EL AFUERA


(sobre fotos de Héctor Rio acerca de salidas
transitorias en la cárcel de Rosario)

Los antiguos muros de “La Redonda” abrazan otro mundo, acá nomás pero lejano, y constituyen una frontera tan infranqueable como metafórica entre el adentro y el afuera.
Desde hace más de un siglo, la Unidad Penitenciaria Nº 3 está quieta en Zeballos y Riccheri. Hoy alberga unos 300 habitantes, en su mayoría pobres y menores de 25 años.
No hace falta ser adivino para pensar en lo que le espera a quien entra.
Detrás de las ventanas ciegas huele a kerosén de los calentadores, a mugre con creolina, a cortinas frágiles pero pesadas de la ranchada. Alrededor de un camastro de cemento, la eternidad se decora con una Eva imposible hecha póster, el escudo del campeón y, a veces, alguna foto de familia. En el patio, un Cristo (que también está preso) observa imparcial desde un paredón; la banda de sonido es el metálico coro de las trabas de los portones del pabellón, el tintinear de los manojos de las llaves siempre ajenas.
No es necesario ser astrólogo para aventurar lo que luego aguardará a quien sale.
Las salidas transitorias –reguladas por el artículo 17 de la ley nacional Nº 24.660– y la libertad condicional, son el puente entre uno y otro planeta. Un camino frágil pero real, suspendido sobre un río caudaloso y recurrente que se ve igual desde ambos lados.
Sin embargo, pese a todo, hay quienes consiguen realizar la trabajosa mudanza de la piel contra pronóstico.
Sólo entonces es la abolición de los adverbios de lugar: el límite entre adentro y afuera, desaparece.
Y ya no cuenta el lado de la reja en el que se esté parado.

jueves, 18 de noviembre de 2010

LOS NUEVOS CLUBES DE ANTES


Un club de barrio puede funcionar en cualquier parte. Escondido detrás de un supermercado chino, en una esquina cualquiera, en un descampado o en instalaciones robadas al olvido.
Con cierto recupero económico y algo de reivindicación del regreso a las fuentes -superada la crisis del 2001-, supieron aflorar los rescates de esos espacios barriales: especie de cápsulas del tiempo que nunca terminan de adaparse al presente pero que siempre están ahí. Anclados en otro tiempo, representan un poco "el dolor de ya no ser" pero también la posibilidad de un camino de regreso a eso no se sabe muy bien qué es, pero llama. Un reclamo desde el fondo de nuestra historia chica a la que queremos explorar sin sacar el pie del ahora. Esa coherente mezcla, en justa proporción de nostalgia y esperanza, hoy permite construir sobre lo que quedó de épocas gloriosas, un lugar para la recreación y la reunión con los signos de estos tiempos. Colonia de vacaciones, eventos y espectáculos, actividades culturales para toda la familia y hasta educación informal o clases de apoyo escolar. Y por supuesto, el ritual del arte de opinar en ronda de amigos con el telón de fondo del fútbol por TV. Adaptación a códigos contemporáneos pero en un antiguo escenario con boliche, canchita de papifulbo y una eterna comisión directiva que ignora que son los obituarios. La misma película con los efectos especiales que reclama la época.

1

La mesa está servida. Es la noche de un miércoles en el barrio de Alberdi, en la zona norte de la ciudad. Los comensales son un grupo de amigos que se conoce de la cancha de Argentino de Rosario y a los que los pudo la idea de reinventar un espacio olvidado por todos, un sitio donde disfrutar de reunirse para despuntar el vicio de correr detrás de redonda y juntarse a comer algo.
Javier es uno de los ocho o nueve que están hoy reunidos en el club “Leña y Leña” para contar cómo fue empezar con esta nueva etapa: “Una noche vinimos a comer un cordero acá y el buffetero nos confesó que quería largar todo. El lugar estaba prácticamente cerrado al barrio, sin otra actividad que el alquiler de la canchita de fútbol. Y nos imaginamos lo que sería esto si tuviese un poquito más de vida. Cuando nos íbamos, hicimos cien metros sin hablar hasta que no aguantamos más: ¿y si agarramos nosotros?, nos dijimos”.
Ingresar en la Comisión Directiva era imposible. La vida social del mítico “Leña y Leña” eran apenas veinte socios mayores y una cuota mensual de 2 pesos, una cancha de bochas tan imponente como deteriorada y una cancha de fútbol con iluminación. El camino fue tomar la concesión del buffet y, a su vez, el derecho a la explotación económica del lugar.
Pero fueron más allá. Además de ofrecer patín artístico y yudo, decidieron incorporar un taller de ajedrez y otro de percusión, entre varias propuestas más que llegaron al club.
Desde que asumieron, la idea siempre fue recuperar el lugar como un espacio social para el barrio.
“En el primer mes y medio entró más gente al club que en los últimos 20 años”, tiraron las estad´siticas sobre la mesa.
“Más allá de la televisión, de internet, de la década del `90 y de todo lo que le quieras buscar como alternativas actuales a lo que ofrece hoy un club, hasta ahora ninguno le ofrecía a la gente las actividades y servicios que la gente necesita”, concluye “el Pelu”, otro de los refundadores del lugar.
A toda hora hay movimiento, y aseguran que una víctima impensada de tanta actividad es el policía que custodia los comercios de la zona. Es el blanco constante de las clientas, que quieren saber desde temprano si es cierto que en el club van a dar corte y confección o si el sábado va a haber un té canasta.
La prueba de fuego que dimensiona la recuperación del espacio es una anécdota.
“Un sábado, no muy tarde, hicimos un recital de Rock a la Reposera” explica Diego, otro de los muchachos que se cargaron el club al hombro. Era una de las primeras actividades y al otro día estában temerosos de la reacción de los vecinos. Fueron al club a limpiar, cuando de golpe se apareció en el club una vecina.
— ¿Qué hubo anoche acá? –preguntó sin más la señora.
— Una fiesta –respondieron sin darle demasiado detalle.
— Pero había un grupo de música... –apuró la mujer.
— Sí, pero no siempre va a haber fiestas de este tipo, eh... también se van a hacer otras cosas –intentó amortiguar el inminente reproche uno de los jóvenes.
— Ay –se lamentó la vecina–, yo quería saber cuando hacían otra para venir con mi marido.


2

El escudo del club Calzada, fundado en 1914, asoma apenas a un costado de una multitud de carteles comerciales de marcas de bebidas y pizarrones con ofertas. Es que ese local, donde durante más de una década funcionó el bingo de la institución, debió ser alquilado en 2004 para garantizar la continuidad del espacio barrial.
A un lado del súper chino de avenida San Martín entre Gaboto y Amenábar, un estrecho pasillo conduce a la escondida cancha de básquet del casi centenario club de zona sur. Y por si esto fuera poco, una mujer se hizo cargo de la conducción de Calzada.
“Cuando yo asumí, los comentarios eran que el club cerraba; nadie agarraba, llegó la propuesta y me animé” –dice Laura, presidenta del club desde hace cuatro años.
Lo primero que hizo fue sustituir una sospechosa casa de juego por un negocio que hizo trinar a los vecinos. Pese a las reacciones adversas que incluyeron hasta amenazas telefónicas y panfletos descalificadotes, la Comisión Directiva se mantuvo firme. Y el tiempo le comenzó a dar la razón. “El bingo le había quitado mucha vida social al club, todo se manejaba más de escritorio y el movimiento de siempre se estaba perdiendo”, explica orgullosa esta mujer de 45 años, flanqueada por pelotas de básquet y trofeos, junto a su escritorio.
“Y sabíamos que el alquiler del local era la única salida, y la gente del supermercado tenía la plata para el adelanto de obra. No se podía dudar: necesitábamos explotar económicamente de ese lugar”, agrega.
Los socios cuentan que al principio la sensación era extraña. Llegar al club y ver el ingreso reducido a una puerta al costado del comercio… Pero al igual que la presidenta, la mayoría coincide con que es un poco el precio a pagar para seguir siendo un club de barrio con todas las letras. Un lugar al que van los viejos a jugar al tute cabrero; las mujeres, al buraco; o chicos y grandes a ver los partidos de fútbol por TV codificada y a invadir el metegol.
Aunque el eje de Calzada sigue siendo el equipo de básquet que compite en la el torneo de la Asociación Rosarina. “El problema que encontramos fue la cobranza: nadie pagaba y había muchos vitalicios”, cuenta Laura.
Pero entre los cambios que vivió el club hay que destacar también las voluntades de muchos vecinos comenzaron a participar.
La noche inolvidable que le permitió al barrio volver a creer en el club, tuvo que ver con la presencia de esas personas que se arrimaron al lugar para colaborar. Durante la Feria del Humor (noviembre de 2009), unas 700 personas asistieron al Calzada para ver actuar al cómico cordobés Chichilo Viale.
Es viernes y la primera división del básquet viene a entrenarse. Mientras tanto en un amplio parrillero lindero, un hombre sala abundante cantidad de carne y el reflejo del fuego lo ilumina como para una foto. Algunos sábados el salón se alquila para casamientos o cumpleaños de 15. Pero los viernes nunca: es el día en que los socios de todas las edades se reúnen para comer.


3

La cancha de 11 del club Lavalle estuvo siempre en Cochabamba y Lima, en el barrio Bella Vista Oeste. Pero la postal del club no es la misma de hace 40 años. Hoy, donde estaban las canchas de baby fútbol el municipio construyó viviendas, y en compensación se levantó un salón detrás del arco que da a Avenida Pellegrini: por encima de un paredón se asoman los techos de cemento de algunas viviendas. Hacia el otro lado, atrás del arco que da al Sur, se suben al tapial otros techos más humildes, debajo de los cuales habitan los pibes que juegan en el club.
En 2004, la última Comisión Directiva se fue y Lavalle quedó vacío, quebrado. Lo curioso es que los chicos, ignorando la dura realidad institucional, nunca dejaron de jugar en el lugar. Esto llevó a que la Juventud de la Corriente Clasista y Combativa que trabaja en el lugar, se hiciera cargo de preservar ese espacio vital para un barrio asolado por las carencias.
Miguel es uno de los jóvenes de la organización social que congrega estudiantes universitarios de medicina, arquitectura y derecho, quienes junto a un grupo de padres (la mayoría ex jugadores del club.
“Estamos en la lucha, para que no nos saquen. Y no es por nosotros, es por los chicos”, dice Germán que hace veinte años, cuando tenía ocho, se puso para siempre, en esta misma cancha donde hoy juega su hijo, la camiseta del club.
“No podíamos bancar todo y tuvimos que decidir si poníamos en la liga a las categorías de cancha chica o las de cancha grande. Y decidimos que jueguen los más chicos”, explica el papá. En la actualidad, Lavalle compite como puede en la Asociación Rosarina de Fútbol pero no como lo hizo siempre.
Se trata de mantener una vida social aprovechando momentos especiales como el Día del Niño: en agosto pasado, pibes de los distintos barrios humildes de la ciudad se encontraron en una jornada organizada por la CCC y el club en su cancha de fútbol.
Mientras tanto, la pelota sigue rodando.

4

“El club estuvo siempre igual: no tiene deuda pero tampoco tiene plata. Nosotros vivimos siempre del alquiler del parabólico y de la cuota societaria”, señala Enrique, el presidente del club “Juventud Provincias Unidas” de Cochabamba al 6600, en pleno barrio Belgrano Oeste.
Pero su revalorización barrial llegó por el lado menos esperado.
La inseguridad, como en otros puntos de la ciudad, llevó a los vecinos del lugar a organizar reuniones con las autoridades policiales de la zona para buscar una vuelta al asunto Entonces la cancha de fútbol de salón del club se convirtió en un ámbito de discusión para mejorar la situación. Pero la necesidad de generar un espacio donde funcione una entidad que represente al barrio propició que la institución deportiva se abriera definitivamente: en una propiedad del club, lindera al patio, se fundó en noviembre de 2007, la flamante vecinal.
Al abrigo de esta experiencia, no faltó espacio para que también se instalara un centro de jubilados. Haciendo honor a su nombre, el club también ha sido últimamente receptor de una buena cantidad de jóvenes entre los 100 socios que lo componen, lo que permite un recambio generacional necesario para la continuidad.
Y un innegable signo de esto es su presencia en el plantel de bochófilos. Compiten defendiendo los colores del club más de 30 jugadores que van desde hombres de 70 años hasta una chica de 15.
“Ya casi no quedan canchas de tierra. Hay algunas en provincia de Buenos Aires, pero acá son todas de un material similar, mejor, que se llama conchilla, ostra de mar molida”, hace gala de su conocimiento en el tema Gonzalo, un treintañero que integra la Comisión de Bochas.
En “Juventud Provincias Unidas” también se practican otras disciplinas deportivas como handball, voley, patín artístico y taekwondo. Esta última, de fuerte presencia en competencias mundiales ya que tanto su profesor Antonio López como varios de sus 50 alumnos forman parte del seleccionado nacional y ostentan un importante medallero obtenido en torneos internacionales.
Andrés es uno de los miembros de la Comisión Directiva que durante la recorrida por el lugar ha oficiado de orgulloso guía y dejó deslizar comentarios con la reserva de quien revela un secreto: “Acá han venido políticos de todos los colores. Algunos hoy son concejales. Se cansaron y nos cansaron con promesas. Pero todo lo que ves es por el esfuerzo de los vecinos”, afirma.
Desde el medio de la cancha de fútbol, debajo del parabólico de chapa, puede verse lo que hay detrás de dos puertas entornadas que invitan a ser cruzadas. Por una se desemboca en la derrota televisada de Racing a manos de Bánfield a la que asisten varias mesas de varones. Por la otra, se sale a un patio en donde alrededor de una picada y un vino tinto ¾ retozan dos socios históricos.
— ¿Qué me puede contar del club de su época y del que es ahora?
— ¿Que qué le puedo contar? – dirá Alberto y sonriendo apenas con la picardía de sus 82 años – ¿Vio esa vitrina que está allá? – señalando el buffet – La mitad de esas copas las traje yo.
Debajo de este tinglado parece adivinarse tanto la presencia de las historias que están por venir como las que fueron.
— Acá venían a jugar de pibes (Fabián) Basualdo, los hermanos Crossa…
— Daniel Quinteros, que jugó en Central…
Buscan en la memoria, los anfitriones.
— Y el que también venía era el coloradito de NOB ¿te acordás?... al que lo echaron porque pateaba la pelota contra el techo... Terrible era el coloradito.
— Ansaldi.
— Ansaldi. Tuve que ir a hablar con el padre una vez, me acuerdo. El coloradito...
— Tiene la novia acá a la vuelta.
Este como otros clubes tienen la virtud de ser como un patio grande al que dan todas las casas del barrio. Y no hay que forzar absolutamente nada para que se cuente solo.
— Acá vino Sandro, una vez.
Siguen escarbando en los recuerdos, Andrés y Enrique, el presidente.
— Rompió tres micrófonos. Y los micrófonos en aquella época los ponía el club –explica en un tono didáctico el dirigente.
— Lo sacaron cagando, lo hicieron bajar del escenario… ¡a Sandro! –concluye el otro de modo triunfal.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

EL VERANO DE BRITOS


1

Va a estar volcando la yerba al borde del comienzo del tronco de un árbol. Antonio Britos, trabajador irremediable, saldrá de vacaciones un lunes de enero y, por las más diversas acotaciones en el presupuesto veraniego, se dispondrá a un retiro liviano pero pleno en el abandonado camping municipal “El Indio” de Timbúes. Ahí va a estar, volcando un poco de yerba para rehacer el mate, cuando se produzca el encuentro.
A ese sitio despoblado habrá de llegar por la mañana, rondando las diez de un día caluroso pero apacible. Su sorpresa empatará con la de su mujer al asimilar que habrán dado con un solar semiabandonado y, lejos de enojarse, ambos se contentarán de tener a su disposición mesas, parrillero, duchas y el Carcarañá siempre iracundo, remolinando su lomo pardo y fugitivo en círculos espiralados.
Britos, con esa costumbre solitaria del mate en la sobremesa, verá caer la yerba húmeda y se sentirá acosado por una especie de pesada mirada inexistente que no será otra cosa que la inmensidad del paisaje ribereño sin gente. En eso estará, bombilla en mano, cuando desde un claro que asome del barranco divise el fantasmagórico desplazarse de un largo y ancho telón mugriento, un enorme velón inexplicablemente inflado en panza durante una tarde en la que no correrá ni un esbozo de viento. Después de la irreflexiva contemplación primaria y del más animal de los azoramientos, Antonio Britos reaccionará pero apenas, dedicado a llamar inútilmente la atención de su cónyuge que abstraída en un sistematizado lavado de vajillas y utensilios del almuerzo no le dará ni cinco de pelotas.
Con naturalidad, en el fondo, poco le interesará a Britos aquella falta de apoyo ante su descubrimiento. La carabela se desplazará lerda desde el poniente y sus ojos la verán flotar maravillados. Entonces admirará aquel antiguo velamen y no podrá evitar pensar en el vino ingerido en el mediodía al evaluar la veracidad de lo que estará viendo: el apagado marrón de la madera ennegrecida por el efecto del agua, el armazón añoso de ambigua apariencia: duro, rústico, magnífico como un Caballo de Troya flotante y a su vez endeble, aparentemente frágil, presumiblemente precario, a punto de deshacerse ante el más leve soplido. Se perderá en los detalles que su vista se esforzará en vano en descifrar a la distancia y querrá encontrar a los tripulantes del navío pero se quedará con las ganas. Pronto descubrirá, sobresaltado que los movimientos que no hallará a babor, estarán más abajo, en tierra firme.

2

El cortejo, digno de la pompa de un elegante desembarco, contará con no más de seis, siete hombres de a pie rodeando a uno de a caballo.
Mientras el mateador aislado se pregunte por cómo habrán hecho en llevar el equino hasta la costa, en la confusión de los primeros metros de playa se sucederán las cavilaciones lógicas, los titubeos y los nervios evidentes de la tripulación en medio de un acontecimiento semejante.
Britos será un ridículo maniquí, paralizado por la escena: la bombilla en la diestra, el mate en la zurda, las rodillas flexionadas. Silente, inmóvil y en cuclillas entre el cartel que dice “Soda El Faro” y un añoso sauce.
Pero llegará un momento en que ese medio oficial soldador en goce de licencia por vacaciones se repondrá y, calculador, presintiendo haber sido observado, hará como si él no hubiera visto nada y preparará el mate con soltura, en un intento por evadir la realidad.
Será inútil. Pronto oirá el ondular de la vela, los pasos en la arena, los zezeos y susurros de eses sopladas muy hispanamente. Para cuando incline el termo azul sobre el mate reinventado le pesará la presencia de alguien a su espalda.
Ahí Britos ya no podrá mirar para otro lado, haciéndose el distraído. Tendrá que hacerse cargo solo, desamparado por la desidia de su hacendosa esposa que seguirá ensimismada en la labor de fregar una tablita llena de grasa debajo de un chorro mínimo de agua.
Cuando los cascos del corcel se detengan, el oído de Antonio Britos lo advertirá y lo subrayará con un sonoro sorber del mate que indique el vacío final de la infusión.
No habrá tiempo ni lugar para nada más: el encuentro de las dos culturas será impostergable.

3

_En nombre... –dirá una potente voz- en nombre del mío capitán Don Vivente de Honoría doy a vos las buenas tardes.
Britos abandonará la esforzada distracción que simule, se dará vuelta y verá a un petiso que nada tendrá que ver con el vozarrón que lo anteceda. Y acaso en tres segundos (que supongan para él un tiempo mayor) examinará primero la camisa y el chaleco grises de mugre y un gracioso pantaloncito negro terminado en unas botas reventadas por el uso. El resto de los navegantes estarán unos cuantos metros más allá, a la altura del parrillero que todavía estará humeando.
_El muy señor mío desea intercambiar algunas palabras con vos y envíame a mí a comunicároslo –completará el breve emisario como poseso por un trueno.
Britos no soltará el mate para no generar un movimiento confuso que se podría malinterpretar. Britos se limitará a tragar saliva y a asentir con la cabeza antes de abrir la boca.
_Dígale que venga, nomás- sentenciará solemne, con un tono híbrido entre galán de teleteatro y relator de fútbol.
El mínimo representante del tal capitán hará un extraño paso de minué y volverá entusiasmado sobre sus diminutos pasos. En algún instante de ese retorno, Britos mirará hacia atrás, disimuladamente, en dirección de su cónyuge y en el vistazo, un verdadero relámpago, la notará concentrada, sacando un poco la lengua, sometiendo un manojo de cubiertos al hilito impotente que se desprenderá de la raída canillita plástica.
Bastará esa mínima distracción para dejarse atrapar por la sorpresa: sin tiempo a la reacción el cebador solitario se topará, detrás de la verticalidad del termo azul que acaba de apoyar en el concreto, con la morosa figura del jinete parado al otro lado de la mesa, pero ya sin su caballo.
A pesar del histórico momento –o acaso por negarlo- Britos reparará (sin que se le acelere el corazón) en los rasgos particulares de ese hombre de carón rosado y redondo; los bigotes estirados en puntas ascendentes; los ojos como de camello, lánguidos, amarillados, y con un misterioso y atrayente destello que aventaje al casquete tan opaco como el óxido que recubra a la pechera metálica que lo aprisione.
Ambos parecerán estudiarse, en silencio, por un largo rato que les parecerá eterno.

4

La tripulación no les perderá pisada desde detrás de la cortina gris e impalpable que escale el aire nacida de las brasas. Esther –así se llama la mujer de Britos-, en cambio, pese a tener una posición privilegiada desde el escalón de la pileta, jamás quitará los ojos de una ensaladera de plástico a la que la se habrán adherido restos de vegetales en un calado que inexplicablemente tiene en el fondo.
Pero los que tal vez mejor podrían acreditar la intersección de aquellos dos mundos serían los pasajeros del 35/9 que en ese momento cruzará el puente de la ruta 11, o los automovilistas y camioneros que seguirán al coche en fila india. Pero no. Acaso alguno vea al pasar la carabela o divise con curiosidad al grupo de disfrazados amontonados a la vera del cauce. Pero nadie descifrará de qué se trata. Nadie siquiera se preguntará nada al respecto ni parará más adelante, en la banquina, para corroborar el hecho. Principalmente porque eso implicaría, sin dudas, llegar tarde al trabajo o correr el riesgo que en cualquier momento lo llamen a declarar en Tribunales.
Y Britos, no me pregunten por qué, sabrá esa suerte. Sentirá aún más intensamente que estará solo frente a esa mixtura asombrosa de quijote y sancho emergida del Carcaraña a la hora de una siesta inolvidable de enero.
Desde lejos habremos de suponer que la iniciativa la tomará el marinero errante, afanoso de pedir disculpas o comprensión –se adivinará en la parsimonia de los gestos gentiles pero torbos.
Nadie tiene obligación de entender lo desconocido –explicará el navegante- teniendo en cuenta que el viaje –la travesía, dirá- se ha extendido más de lo esperado y que ya ninguno se acuerda de qué puerto del Viejo Mundo. Y se excusará de la indecisión y el temor que postergara tanto la supuesta conquista por nimia que fuera, para evitar generar conflictos innecesarios con los nativos.
Britos escuchará al fallido colonizador y sus razones. Oirá los elogios a las formas de vida distintas siempre espiadas de lejos y ahora, tan próxima... Recibirá el agradecer el privilegio de compartir el ritual sereno –señalará el mate con las manos como para rezar- y rechazara el convite sin ocultar un rictus que denotara asco pero con respeto.
El veraneante se sentirá reconfortado pero en la flaqueza de la desconcentración –cosa que su señora siempre supo apuntarle- le parecerá estar viendo una película en el canal Televisión Española del cable.
Entonces la comitiva de fondo ya habrá percibido el tono calmo del intercambio cultural e iniciará la lerda vuelta a la orilla, con caballo y todo. Movimiento que Britos percibirá de refilón, mientras simule prestar atención al interminable relato de su interlocutor, y al que contestará con una nueva succión audible y canchera de la clausura de otro mate.
En el transcurso de la conversación –un monólogo del antiguo viajero con monosílabos de Britos- la tripulación contemplará la postal del demorado pero triunfal propósito: el honarable líder junto al nativo de torso desnudo hablando en paz.
La silueta recortada de esos dos individuos –que para entonces ya se habrán sentado uno a cada lado de la mesa- resumirá el soñado paisaje de un acercamiento inédito en un mundo en el que sobreabundan las rabiosas diferencias dirimidas desde el fondo de los tiempos con violencia y destrucción.
Para cuando el guía del navío parezca finalizar su discurso, Britos se pondrá de pie como pidiendo permiso y se inclinará a un costado de la mesa. Si el cronista de a bordo mirara la escena, deberá anotar en sus papeles que el salvaje abrirá el cofre sagrado sin demasiada ceremonia y sacará una vasija por la que se filtre la luz y se deje ver la sangre de algún sacrificio en la que flotan pedazos de un fruto amarillo, sus semillas y pequeñas piedras preciosas descoloridas de las que también dará el salvaje un atillo en mano al Capitán.
De lejos, Britos parecerá complacido de la visita y exhibirá finalmente la palma izquierda bien abierta en señal de despedida al tiempo que el caballero, después de una reverencia ampulosa, a paso de rey irá al encuentro de los suyos cargando feliz el presente en los brazos.

5

El agua caliente caerá una vez más sobre la yerba aprisionada. Las dos manos que diariamente trabajan el metal ahora anidarán juntas sobre la mesa como punto de apoyo de la contemplación. Los hombres (con caballo y todo) subirán contentos y amontonados a un botecito que los lleve a la nave mientras la banda de sonido será la música de las chicharras que Britos descubrirá entonces y, sin embargo, en todo ese tiempo habrán de haber tocado su canción sin que él lo notara. Luego el licenciado obrero metalúrgico se agachará para ponerle la tapa a la heladerita plástica y evitar que se sigan derritiendo los hielos que queden.
Con la pereza de un gigante, la carabela se desplazará como empezando a añorar la quietud de los puertos. En algún momento, Britos ya no la verá sobresalir detrás de los sauces y el pastizal. Y se quedará callado, con la mirada perdida en la otra costa. No podrá evitar sentirse hondamente solo a pesar de saber la cercanía del camino, del pueblo, de la ciudad adonde todos los días lo espera la fábrica llena de operarios como él.
Marcando un imaginario punto y aparte, Britos suspirará y (otra vez) se sentirá observado por ese algo intangible, manifiesto ahora en los trinos, en el arrullo del río, en el lejano rumor de los motores.
Será cuando se sienta empujado por una fuerza extraña y se ponga de pie y camine. En el corto trecho irá pensando en el conquistador frustrado, en sus laderos, en el caballo y la carabela. Perdido en sus pensamientos no querrá mirar hacia el río por un buen rato y practicará un despiste: se figurará la cara de su mujer cuando le cuente.
Rumbo a su esposa, con media sonrisa pintándole la cara enarbolará la infusión recién cebada. Sin cerrar la canilla, dejando los vasos bocabajo a un costado, ella le pegará un manotazo al repasador y agarrará el mate. Antes de tomarlo le dirá que la próxima vez no va a ningún lado sin el detergente.

lunes, 8 de noviembre de 2010

CRÍMENES PERFECTOS



“Me dice muy poco un título: Llevamos cien homicidios en el año. ¿Qué cien homicidios? ¿Entre familiares, ajustes de cuentas, robos? ¿Homicidio entre borrachos, por cuestiones pasionales? Las prevenciones son distintas. La forma de prevención tiene que ser específica. No tenemos perfil de víctimas. No tenemos perfil de victimarios”, dice, vehemente, Eugenio Zaffaroni.
Siempre es grato escucharlo. El juez de la Suprema Corte de Justicia desmitifica permanentemente la solemnidad del usía ortodoxo y mandón que nunca se baja del enorme y lustroso estrado.
A mediados de octubre, estuvo unas horas en Rosario. Vino a hablar de "Los medios de comunicación y la criminalización de la pobreza”, y lo hizo categóricamente durante más de una hora. Claro que no todos los diarios (porque las cámaras de televisión hicieron un vuelo rasante por el auditorio) abordaron la visita del juez a partir del tópico que lo convocó.
Aquí –un extracto de la nota publicada en la revista Rosario Express que esta semana estará en los kioskos- , algunas frases del juez garantista que irrita a los reaccionarios, deleita a los progresistas y genera hecatombes internas en el ciudadano de a pie con buenas intenciones que está parado siempre en el medio de las expresiones extremas:

EL DELITO EN EL MEDIO
“Hay una criminología académica y otra mediática. Una viene a ser la medicina científica y la otra el curanderismo. La segunda rige la vida cotidiana”

REMEDIO GENÉRICO
“La técnica es clara: aquí muestro a un pibe que mató a la viejita que salía del banco; acá muestro a un pibe tomando cerveza en la esquina, y no sé en el momento que éste va a matar a otra viejita. Cuidado que el chivo expiatorio no es el delincuente. No; se maneja el sentimiento de venganza o de indignación que puede producir un hecho brutal pero para recaer sobre el grupo de donde salen los delincuentes”.

DELITO, NOTICIA Y PROFILAXIS
“La utilización de víctimas que reclaman represión tiene un alto contenido de crueldad: se selecciona una víctima, con características para la identificación, y se le da el amplio escenario mediático. Se deja que diga todo lo que quiera y es ahí cuando se le pregunta: ¿usted cree en la pena de muerte? La carga de culpa en la interrupción del duelo lo lleva a cometer exabruptos. Se usa, se usa lo más posible hasta que se hace inmostrable. Entonces no se usa más. La tiran. Sin importar el daño psíquico provocado”.

FENÓMENO MUNDIAL
“Los argentinos nos creemos los dueños de la última Coca Cola en el desierto y pensamos que inventamos todo. Pero esto (la manipulación a través de la creación y el manejo de miedos) es algo mundial. Responde a un objetivo muy claro de definición de modelo de Estado que tiene su origen en Estados Unidos y se planetariza. Es un proceso hijo de la globalización; fundamentalmente porque antes el Estado tenía la posibilidad de terciar entre el capital y el trabajo, y hoy no hay nadie sentado del lado del capital porque la economía se ha vuelto predominantemente financiera”.

ESTADO GENDARME
“El cambio del modelo Roosevelt de Estado benefactor por el de Estado gendarme que deja operar a las fuerzas económicas y monopólicas... cambiando la imagen del ciudadano medio: de trabajador a víctima que pide venganza. Es el modelo del Estado limitado a proveer servicios de seguridad policial y represivo”.

NO ME LO CONTÓ FIDEL
“No crean ustedes que me está dando un ataque de antinorteamericanismo: a mí el acné adolescente ya se me pasó hace mucho tiempo. Ni crean que todo esto me lo contó Fidel Castro... A esto me lo cuentan mis colegas criminólogos en Estados Unidos, a los que encima les dan fondos para que investiguen...”

NÚMEROS MÁS, NÚMEROS MENOS
“Me dice muy poco un título: Llevamos cien homicidios en el año. ¿Qué cien homicidios? ¿Entre familiares, ajustes de cuentas, robos? ¿Homicidio entre borrachos, por cuestiones pasionales? Las prevenciones son distintas. La forma de prevención tiene que ser específica. No tenemos perfil de víctimas. No tenemos perfil de victimarios”,

DIMENSIÓN DESCONOCIDA
“No sabemos si la inseguridad es una sensación o no, porque no tenemos cuadro de situación alguno. No tenemos diagnóstico. Y prevenir algo que no se conoce es imposible”.

ÓRGANO AUTÁRQUICO
“Sería indispensable generar un órgano autárquico; pero no significa que no dependa del Estado. Que intervengan los segmentos del sistema penal (la policía, el Poder Judicial, el sistema penitenciario) pero que no dependa de ellos. Para monitorear la violencia, hacer un cuadro de situación, llevar adelante las investigaciones de campo y generar programas para disminución de los niveles de violencia”.

ORQUESTA SIN DIRECTORES
“Si un organismo depende del Poder Judicial; el otro, del Ejecutivo que a su vez está en la órbita del ministerio de Justicia... así el sistema penal es una orquesta sin directores en la que encima cada uno toca la pieza que se le ocurre. Tiene que haber un órgano más o menos autárquico o independiente. Pero no una oficinita.”

MALGASTO
“Si sumamos todos los presupuestos destinados a la seguridad y a la Justicia penal de las provincias y el gobierno federal, se obtiene un volumen presupuestario impresionante pero sin planificación. Además, se suman otros asuntos como el funcionario que no sabe si comprar aviones o chalecos antibalas. Y termina comprando lo que vende el cuñado”.

JUDIALIZACIÓN
Creo que no se pueden judicializar los problemas de la política... Y si los poderes judiciales caen en el narcisismo de verse omnipotentes y creerse que pueden resolver todo, los problemas que demanda y no resuelve la política van a ir a un descrédito total. Lo que habría que hacer es estar preparado para devolver la pelota al campo de juego que corresponde.

POLÍTICAMENTE INCORRECTO
–¿Qué opina de la formación actual en Derecho y qué deberían hacer los estudiantes?–, lo interroga- pregunta alguien del público.
Y Zaffaroni le contesta sin titubear:
– Leer más libros que no sean de Derecho.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

EL COLECTIVERO


En la especie anda el rumor
de que fueron desplazados.
Que progresiva o abruptamente
el mapa de los grandes jinetes urbanos
se fue desdibujando.

Y los pocos sobrevivientes
asumen su condición:
como todo,
(los cines, los clubes, los bolichos,
las tribunas, las ropas, la cocina)
también el trono del piloto colectivo
sucumbió a la terrible invasión.

La globalización, el progreso
o un agujero negro
en la media de la humanidad.
Algo promovió el ingreso inevitable
al gran volante
de mortales del montón.

La veteranía se cruza en las esquinas
–o se pone a la par en los semáforos–
para intercambiar mustias miradas
de resignación.

Aquellos que supieron
lo que era estoicamente lucir
camisas reglamentarias de un celeste horrible,
se consuelan mutuamente
exhibiendo en las pupilas
de la pena, el color.

Pelilargos desentrazados;
ex larga distancia, camioneros urbanizados;
arquitectos sin vocación ni trabajo;
hijos de empresarios, adolescentes acomodados,
pescadores y herreros con contactos;
comerciantes fundidos; ex jugadores jugados;
buscavidas optimistas,
oficinistas desocupados.

“Hoy cualquiera maneja un colectivo
pero no cualquiera puede ser colectivero”,
susurra un exponente de esa raza casi extinta.
Tiene los ojos idos en el peluche
de la palanca de cambio,
sobre la falda la toalla nívea;
subrayando su humanidad y el volante
los nombres de sus hijos, ya grandes,
fileteados con los colores del la bandera argentina.

Como él,
el coche está por finalizar el servicio
rumbo a la punta de línea.

martes, 2 de noviembre de 2010

EL TAXISTA


Centauro aurinegro
pez del asfalto, de la vida.
Regresante, retornador,
hombre de vuelta con rictus
de sapiencia.

Tiene en los hombros la escuela de los días.
Su historia es la que buscan contar
los narradores desargumentados.

Conoce la ciudad como la palma de su mano.
Tiene registro exacto de burdeles e iglesias,
Ubica sin esfuerzos teatros y cocherías.
Hospitales, hipermercados, bibliotecas,
garitos u oficinas.

Manojo de desencantos que maneja triunfal
con los ojos puestos un paso atrás del horizonte.

El retrovisor es un adorno que remite al atrás,
una anécdota prescindible que mira al pasajero.
Un molesto puente visual que quema, incomoda.
El retrovisor es la confirmación de lo inevitable.
Un espejo cruel que además del asiento del cliente
enseña que ya no existe el exitoso comercio
que alguna vez fue de su propiedad.

Pudo ser jugador de fútbol profesional,
cantante melódico, vendedor de portaviones.

Ahora le toca la selva donde la música es la puteada
y la radio pesimista lo ametralla
dándole la razón:
el mundo es una jungla irrespetuosa,
la patria es un infierno incorregible.

“La calle es una mujer maldita y embustera
–piensa, mientras fuma abrazado al volante–
una mina difícil
que practica el engaño con delicia

pero es la única que te quiere”.