miércoles, 10 de noviembre de 2010

EL VERANO DE BRITOS


1

Va a estar volcando la yerba al borde del comienzo del tronco de un árbol. Antonio Britos, trabajador irremediable, saldrá de vacaciones un lunes de enero y, por las más diversas acotaciones en el presupuesto veraniego, se dispondrá a un retiro liviano pero pleno en el abandonado camping municipal “El Indio” de Timbúes. Ahí va a estar, volcando un poco de yerba para rehacer el mate, cuando se produzca el encuentro.
A ese sitio despoblado habrá de llegar por la mañana, rondando las diez de un día caluroso pero apacible. Su sorpresa empatará con la de su mujer al asimilar que habrán dado con un solar semiabandonado y, lejos de enojarse, ambos se contentarán de tener a su disposición mesas, parrillero, duchas y el Carcarañá siempre iracundo, remolinando su lomo pardo y fugitivo en círculos espiralados.
Britos, con esa costumbre solitaria del mate en la sobremesa, verá caer la yerba húmeda y se sentirá acosado por una especie de pesada mirada inexistente que no será otra cosa que la inmensidad del paisaje ribereño sin gente. En eso estará, bombilla en mano, cuando desde un claro que asome del barranco divise el fantasmagórico desplazarse de un largo y ancho telón mugriento, un enorme velón inexplicablemente inflado en panza durante una tarde en la que no correrá ni un esbozo de viento. Después de la irreflexiva contemplación primaria y del más animal de los azoramientos, Antonio Britos reaccionará pero apenas, dedicado a llamar inútilmente la atención de su cónyuge que abstraída en un sistematizado lavado de vajillas y utensilios del almuerzo no le dará ni cinco de pelotas.
Con naturalidad, en el fondo, poco le interesará a Britos aquella falta de apoyo ante su descubrimiento. La carabela se desplazará lerda desde el poniente y sus ojos la verán flotar maravillados. Entonces admirará aquel antiguo velamen y no podrá evitar pensar en el vino ingerido en el mediodía al evaluar la veracidad de lo que estará viendo: el apagado marrón de la madera ennegrecida por el efecto del agua, el armazón añoso de ambigua apariencia: duro, rústico, magnífico como un Caballo de Troya flotante y a su vez endeble, aparentemente frágil, presumiblemente precario, a punto de deshacerse ante el más leve soplido. Se perderá en los detalles que su vista se esforzará en vano en descifrar a la distancia y querrá encontrar a los tripulantes del navío pero se quedará con las ganas. Pronto descubrirá, sobresaltado que los movimientos que no hallará a babor, estarán más abajo, en tierra firme.

2

El cortejo, digno de la pompa de un elegante desembarco, contará con no más de seis, siete hombres de a pie rodeando a uno de a caballo.
Mientras el mateador aislado se pregunte por cómo habrán hecho en llevar el equino hasta la costa, en la confusión de los primeros metros de playa se sucederán las cavilaciones lógicas, los titubeos y los nervios evidentes de la tripulación en medio de un acontecimiento semejante.
Britos será un ridículo maniquí, paralizado por la escena: la bombilla en la diestra, el mate en la zurda, las rodillas flexionadas. Silente, inmóvil y en cuclillas entre el cartel que dice “Soda El Faro” y un añoso sauce.
Pero llegará un momento en que ese medio oficial soldador en goce de licencia por vacaciones se repondrá y, calculador, presintiendo haber sido observado, hará como si él no hubiera visto nada y preparará el mate con soltura, en un intento por evadir la realidad.
Será inútil. Pronto oirá el ondular de la vela, los pasos en la arena, los zezeos y susurros de eses sopladas muy hispanamente. Para cuando incline el termo azul sobre el mate reinventado le pesará la presencia de alguien a su espalda.
Ahí Britos ya no podrá mirar para otro lado, haciéndose el distraído. Tendrá que hacerse cargo solo, desamparado por la desidia de su hacendosa esposa que seguirá ensimismada en la labor de fregar una tablita llena de grasa debajo de un chorro mínimo de agua.
Cuando los cascos del corcel se detengan, el oído de Antonio Britos lo advertirá y lo subrayará con un sonoro sorber del mate que indique el vacío final de la infusión.
No habrá tiempo ni lugar para nada más: el encuentro de las dos culturas será impostergable.

3

_En nombre... –dirá una potente voz- en nombre del mío capitán Don Vivente de Honoría doy a vos las buenas tardes.
Britos abandonará la esforzada distracción que simule, se dará vuelta y verá a un petiso que nada tendrá que ver con el vozarrón que lo anteceda. Y acaso en tres segundos (que supongan para él un tiempo mayor) examinará primero la camisa y el chaleco grises de mugre y un gracioso pantaloncito negro terminado en unas botas reventadas por el uso. El resto de los navegantes estarán unos cuantos metros más allá, a la altura del parrillero que todavía estará humeando.
_El muy señor mío desea intercambiar algunas palabras con vos y envíame a mí a comunicároslo –completará el breve emisario como poseso por un trueno.
Britos no soltará el mate para no generar un movimiento confuso que se podría malinterpretar. Britos se limitará a tragar saliva y a asentir con la cabeza antes de abrir la boca.
_Dígale que venga, nomás- sentenciará solemne, con un tono híbrido entre galán de teleteatro y relator de fútbol.
El mínimo representante del tal capitán hará un extraño paso de minué y volverá entusiasmado sobre sus diminutos pasos. En algún instante de ese retorno, Britos mirará hacia atrás, disimuladamente, en dirección de su cónyuge y en el vistazo, un verdadero relámpago, la notará concentrada, sacando un poco la lengua, sometiendo un manojo de cubiertos al hilito impotente que se desprenderá de la raída canillita plástica.
Bastará esa mínima distracción para dejarse atrapar por la sorpresa: sin tiempo a la reacción el cebador solitario se topará, detrás de la verticalidad del termo azul que acaba de apoyar en el concreto, con la morosa figura del jinete parado al otro lado de la mesa, pero ya sin su caballo.
A pesar del histórico momento –o acaso por negarlo- Britos reparará (sin que se le acelere el corazón) en los rasgos particulares de ese hombre de carón rosado y redondo; los bigotes estirados en puntas ascendentes; los ojos como de camello, lánguidos, amarillados, y con un misterioso y atrayente destello que aventaje al casquete tan opaco como el óxido que recubra a la pechera metálica que lo aprisione.
Ambos parecerán estudiarse, en silencio, por un largo rato que les parecerá eterno.

4

La tripulación no les perderá pisada desde detrás de la cortina gris e impalpable que escale el aire nacida de las brasas. Esther –así se llama la mujer de Britos-, en cambio, pese a tener una posición privilegiada desde el escalón de la pileta, jamás quitará los ojos de una ensaladera de plástico a la que la se habrán adherido restos de vegetales en un calado que inexplicablemente tiene en el fondo.
Pero los que tal vez mejor podrían acreditar la intersección de aquellos dos mundos serían los pasajeros del 35/9 que en ese momento cruzará el puente de la ruta 11, o los automovilistas y camioneros que seguirán al coche en fila india. Pero no. Acaso alguno vea al pasar la carabela o divise con curiosidad al grupo de disfrazados amontonados a la vera del cauce. Pero nadie descifrará de qué se trata. Nadie siquiera se preguntará nada al respecto ni parará más adelante, en la banquina, para corroborar el hecho. Principalmente porque eso implicaría, sin dudas, llegar tarde al trabajo o correr el riesgo que en cualquier momento lo llamen a declarar en Tribunales.
Y Britos, no me pregunten por qué, sabrá esa suerte. Sentirá aún más intensamente que estará solo frente a esa mixtura asombrosa de quijote y sancho emergida del Carcaraña a la hora de una siesta inolvidable de enero.
Desde lejos habremos de suponer que la iniciativa la tomará el marinero errante, afanoso de pedir disculpas o comprensión –se adivinará en la parsimonia de los gestos gentiles pero torbos.
Nadie tiene obligación de entender lo desconocido –explicará el navegante- teniendo en cuenta que el viaje –la travesía, dirá- se ha extendido más de lo esperado y que ya ninguno se acuerda de qué puerto del Viejo Mundo. Y se excusará de la indecisión y el temor que postergara tanto la supuesta conquista por nimia que fuera, para evitar generar conflictos innecesarios con los nativos.
Britos escuchará al fallido colonizador y sus razones. Oirá los elogios a las formas de vida distintas siempre espiadas de lejos y ahora, tan próxima... Recibirá el agradecer el privilegio de compartir el ritual sereno –señalará el mate con las manos como para rezar- y rechazara el convite sin ocultar un rictus que denotara asco pero con respeto.
El veraneante se sentirá reconfortado pero en la flaqueza de la desconcentración –cosa que su señora siempre supo apuntarle- le parecerá estar viendo una película en el canal Televisión Española del cable.
Entonces la comitiva de fondo ya habrá percibido el tono calmo del intercambio cultural e iniciará la lerda vuelta a la orilla, con caballo y todo. Movimiento que Britos percibirá de refilón, mientras simule prestar atención al interminable relato de su interlocutor, y al que contestará con una nueva succión audible y canchera de la clausura de otro mate.
En el transcurso de la conversación –un monólogo del antiguo viajero con monosílabos de Britos- la tripulación contemplará la postal del demorado pero triunfal propósito: el honarable líder junto al nativo de torso desnudo hablando en paz.
La silueta recortada de esos dos individuos –que para entonces ya se habrán sentado uno a cada lado de la mesa- resumirá el soñado paisaje de un acercamiento inédito en un mundo en el que sobreabundan las rabiosas diferencias dirimidas desde el fondo de los tiempos con violencia y destrucción.
Para cuando el guía del navío parezca finalizar su discurso, Britos se pondrá de pie como pidiendo permiso y se inclinará a un costado de la mesa. Si el cronista de a bordo mirara la escena, deberá anotar en sus papeles que el salvaje abrirá el cofre sagrado sin demasiada ceremonia y sacará una vasija por la que se filtre la luz y se deje ver la sangre de algún sacrificio en la que flotan pedazos de un fruto amarillo, sus semillas y pequeñas piedras preciosas descoloridas de las que también dará el salvaje un atillo en mano al Capitán.
De lejos, Britos parecerá complacido de la visita y exhibirá finalmente la palma izquierda bien abierta en señal de despedida al tiempo que el caballero, después de una reverencia ampulosa, a paso de rey irá al encuentro de los suyos cargando feliz el presente en los brazos.

5

El agua caliente caerá una vez más sobre la yerba aprisionada. Las dos manos que diariamente trabajan el metal ahora anidarán juntas sobre la mesa como punto de apoyo de la contemplación. Los hombres (con caballo y todo) subirán contentos y amontonados a un botecito que los lleve a la nave mientras la banda de sonido será la música de las chicharras que Britos descubrirá entonces y, sin embargo, en todo ese tiempo habrán de haber tocado su canción sin que él lo notara. Luego el licenciado obrero metalúrgico se agachará para ponerle la tapa a la heladerita plástica y evitar que se sigan derritiendo los hielos que queden.
Con la pereza de un gigante, la carabela se desplazará como empezando a añorar la quietud de los puertos. En algún momento, Britos ya no la verá sobresalir detrás de los sauces y el pastizal. Y se quedará callado, con la mirada perdida en la otra costa. No podrá evitar sentirse hondamente solo a pesar de saber la cercanía del camino, del pueblo, de la ciudad adonde todos los días lo espera la fábrica llena de operarios como él.
Marcando un imaginario punto y aparte, Britos suspirará y (otra vez) se sentirá observado por ese algo intangible, manifiesto ahora en los trinos, en el arrullo del río, en el lejano rumor de los motores.
Será cuando se sienta empujado por una fuerza extraña y se ponga de pie y camine. En el corto trecho irá pensando en el conquistador frustrado, en sus laderos, en el caballo y la carabela. Perdido en sus pensamientos no querrá mirar hacia el río por un buen rato y practicará un despiste: se figurará la cara de su mujer cuando le cuente.
Rumbo a su esposa, con media sonrisa pintándole la cara enarbolará la infusión recién cebada. Sin cerrar la canilla, dejando los vasos bocabajo a un costado, ella le pegará un manotazo al repasador y agarrará el mate. Antes de tomarlo le dirá que la próxima vez no va a ningún lado sin el detergente.

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