miércoles, 22 de diciembre de 2010

LA TENTACIÓN



Sabe que no es lo que se espera de ella.
La mujer tiene la mirada perdida
y el cuerpo todo
ansioso y predispuesto.

Se acerca tímida pero decididamente.
Camina con la seguridad del cazador furtivo
que tiene a la presa en la mira.

Ya no hay tiempo ni excusas
para dudar
para desistir
para el arrepentimiento.

Sabe que no está bien visto.
Tiene el alma embarcada
y el corazón incorruptible.
Digamos que el placer
es su único horizonte.

Entonces sin más
se brinda entera,
se entrega a la pasión,
se funde en el deseo mismo.

En puntas de pie,
sigilosa pero firme,
con una mano
sutil pero intranquila
se cuelga del dulce fruto
como un animal
desesperado y satisfecho.
Como un ala cómplice
el otro brazo hace equilibrio
con el bolso de red de los mandados
bamboleante.
Cuando pasa por la morera
que está junto a las vías.

sábado, 18 de diciembre de 2010

RALITISHOU


La primera secuencia arranca desde el fondo. Desde los cinco asientos del fondo, del final del pasillo. Vamos a ponerle unos ocho/nueve segundos: lo que demore el protagonista en subir los tres escalones de la puerta de adelante y se pare detrás del hombre de camisa celeste. Ahí el colectivo vuelve a moverse pero nosotros lo detenemos: que se congele la imagen. Y ponemos ahora la vista desde adelante. Desde abajo de la inscripción de “El Detalle”, bien en el centro del marco superior del amplio parabrisas; ahí, entre los nombres de los hijos del colectivero -Milton y Joana-; encima del dibujo del Cristo de brazos abiertos y túnica inmaculada, cruzada por una banda roja, subrayado por el dato certero que hace saber que se está viajando en el coche treintisiete.
Pero, claro, como no hay movimiento por unos segundos, es como si viéramos una foto que tiene en primer plano los ojos del colectivero enfocados hacia arriba y adelante -acordémonos que lo está mirando al otro por el espejo, ahí atrás, prendido con los dedos a esa goma negra enroscada en el caño del respaldar del asiento. Más atrás, difusa por ahora, la postal de los pasajeros. Que no sean muchos, eh, lo suficiente como para que no haya nadie parado que ensucie la imagen ni tanto asiento vacío. Todos tienen que darse cuenta, aunque todavía no haya a detalles, que la gente que se filtra por los costados del ancho cuerpo del protagonista refieren desidia, asombro, cansancio y otras sensaciones que despierta la irrupción de un vendedor ambulante. Por supuesto lo que más debe llamar la atención es que una franja vertical de remera roja asoma desde debajo de una anacrónica campera azul desabrochada (acaso el cierre no funcione) con las tres tiras blancas amarillentas al dorso de cada brazo, del puño al cuello. Como un contraste necesario, el tronco estará atravesado en banderola por una tira negra que, adivinamos, sostiene colgante un pequeño bolso deportivo del mismo color.
Todavía sin movimiento alguno se va cerrando el cuadro de a poco hasta quedarse plenamente con la cara del vendedor. Vemos que es una cara redonda como una torta, la piel de sombra, los ojos de un marrón oscuro intenso chispeados por el brillo líquido que usa a veces la tristeza.
Tiene la nariz respingada pero chiquita, como que es de otra cara y alguien la puso ahí con la mano, como que la cara le queda grande a esa nariz. La boca de labios finos y estirados, dos líneas horizontales encimadas tendiendo a elevarse en los extremos.
Entonces podríamos, ahora sí, soltar un poco la imagen. Movimiento. Volver a abrir el cuadro hasta meter a los pasajeros y al que maneja -esta vez que se le vea la cara entera al chofer pero con la mirada recta hacia adelante- para incluir algún bocinazo -porque hasta ahora venía todo en absoluto silencio, un vacío largo como corresponde al cine argentino; para confundir, más que nada, para que no se sepa todavía muy bien de qué se trata-, algún motor, ruidos de la calle. Vida urbana, bien real. Todo poco antes de que el que subió último deslice un comentario cualquiera que por supuesto nadie va a oir.
Después Farías –ah, porque previamente, no sé si con una plaza o con una voz en off, hay que hacer saber que el tipo se llama Juan Marcelo Farías y tiene cincuenta años. No sé si es necesario contar que tiene cuatro pibes y una mujer flaca a la que le gusta Sandro, o que el tipo laburó muchos años en la John Deere (más de quince años) fabricando tantos tractores que se le pasó la vida y ahora se da cuenta que es lo único que sabe hacer. Y si es obvio es que es un desocupado también la gente se puede imaginar que hizo churros para zafar un tiempo y que probó de sereno en una cochera del barrio pero todo duró poco y se dejó la barba y después se afeitó y se puso con esto.
Tranquilamente podemos empezar a suponer que el espectador medio entenderá que Farías no está del todo feliz de hacer en los pasillos de los coches del transporte público su función circense-comercial, y que pese a todo ahora se da vuelta con la plasticidad que tiene un artista de experiencia cuando se sube al escenario. Queda de espaldas al parabrisas y a la espalda del chofer, de frente a su público. Y ahí tenemos que detener otra vez la imagen; otra foto. Otra vez la cara congelada: es un actor y disfraza sus gestos y su voz, imposta con naturalidad una simpatía incoherente pero agradable y nadie se da cuenta que subirse a los colectivos así no es lo que más le gusta. En el fondo no sabe si culpar por su situación a los que lo echaron del trabajo, a los que gobernaban el país por entonces, a los pasajeros que lo miran como si viniera de otro planeta o a los que ni siquiera lo miran.
El asunto es que ahora, tras el ratito de retrato, tendríamos que empezar con otra dinámica. Y no le erraríamos si recorremos una serie de colección de oro de los arquetipos de pasajero-modelo, aprovechando los personajes que se escapaban de los costados de la campera azul de Farías. Hay que dedicarle unos segundos a cada uno. Por ejemplo, empezando por la señora gorda del primer asiento de a dos, con la mirada puesta a propósito lejos del vendedor y la nariz arrugada denotando incomodidad e imposibilidad de soluciones para el caso. Después su vecino de atrás que se muestra interesado en el hombre que intenta centrar la atención de los viajeros metropolitanos y lo oye respetuosamente aunque no hundirá su mano en los bolsillos deshabitados porque tiene justo para la vuelta. Seguido del estudiante que advierte la mala dicción de Farías y se ríe de la ropa de Farías y se pregunta, mientras lo escucha, si él terminará como Farías. También la piba que lee a Danielle Steel con fruición y nunca sabrá qué ocurrió a su alrededor. Y no hay que olvidarse del señor de traje gris que se persignó unas cuadras atrás y ahora blasfema mentalmente a este vago de mierda. Ni de la viejita que le va a dar cuarenta y cinco centavos a ese chico que le recuerda mucho a su sobrino el Antonio que hace mucho que no la visita. Tampoco de la señora de jogging gris y anteojos ahumados que no ve la hora de llegar al Parque Alem para empezar a trotar y solo de rebota piensa en ese pobre muchacho.
Se nos va a hacer inevitable entonces volver a la toma del principio: desde el fondo del colectivo. Pero ahora sería conveniente que la vista fuera desde una altura mayor, digamos desde la manija que acciona la salida de emergencia en caso de incendio, ahí atrás, arriba. Y desde ahí, como una panorámica, la perspectiva hacia el comienzo del pasillo: pegadito, casi apoyado, a la máquina de las tarjetas magnéticas está Farías. Se impone otra vez el primer plano: es el rito inicial y parece un sacerdote que se apronta a dar misa.
Es hora de poner algo alusivo, como ser un bandoneón (tiene que ser solo porque es más tristón), algún tango ignoto o por lo menos no demasiado conocido. Ahí se tiene que ver otra vez muy claramente el rostro -si es necesario cerrar más el cuadro, lo cerramos-, la caripela del Mono Farías, que no deja lugar a dudas, que confirma que se caga en todos esos tipos que se deben estar cagando en él. La torta de la cara de Farías -ahora en un primerísimo primer plano- peleando esforzadamente por esconder lo que realmente piensa sobre los señores pasajeros (“forros de mierda”) tengan muy pero muy buenas tardes -de más está decir que la imagen ya está en movimiento, debe notarse que el vehículo da un corcovo a la salida de un semáforo- (“¡estoy acá, miráme, hijodemilputas!”), la voz de Farías cortando melodiosamente el fondo musical del fueye, con el debido respeto que todos ustedes se merecen...

jueves, 16 de diciembre de 2010

POBRES DE NOSOTROS



Y, ¿si en vez de llamarlos pobres les llamáramos monstruos? Digo, como para no herir susceptibilidades a la hora de que mis hermanos de clase media y mis primos de clase alta se alarmen con esto que estoy escribiendo sobre esto que está pasando.
Digo, por todo eso de lo de la tintura, el cigarrillo infaltable, las zapatillas de marca y los teléfonos celulares de última generación que cualquier manifestante puede encerrar en su bolsillo mientras se queja en el noticiero porque no tiene un lugar propio donde vivir.
¿Y yo que me rompo el alma (por no decir culo que queda feo) laburando? ¿Yo que alquilo hace ya ocho años? Vos también, me animaría a decir. Y yo que tengo mi casa sin declarar todavía porque o como o declaro.
Ah, claro, y también por lo de los mil hijos que cada uno tiene, motivo por el cual en la cola de un banco oí decir a alguien que es la fábrica de soldados para alimentar ese ejército de la ignorancia que permite a los del Poder manejarnos como quieren, etcétera, etcétera, etcétera.
Son –sin mucha diferencia a lo que somos- un invento comunitario tan manejado por los que se creen (y creemos) que dirigen todo y otro poco por la desidia de los que creemos (y dejamos que se crean) que nos manejan todo.

Los monstruos son mayoría. Eso es una verdad irrefuatable. Y así lo entienden (o deberían entenderlo) quienes mandan. Y acaso lo sepamos también nosotros –y miren como me incluyo en este colectivo fascinante de correctos ciudadanos- pero, mientras no nos generen inconvenientes domésticos, allá ellos.

Un amigo retobado pero a la vez aprovechador de los que se aprovechan de nosotros (monstruos y perfectos ciudadanos) hizo una encuesta en lugares alejados de estos espacios increíblemente tomados. Un retazo de su edificante experiencia me la cedió para ser compartida aquí.
_ Hola
_… -con cara de éste viene a robarme o debe ser un estafador de esos como Darín en “Nueve reinas”.
_ Estoy haciendo un sondeo para (no se puede nombrar la consultora) y quería saber qué piensa de la toma de terrenos en Soldati…
Por razones de decoro literario no se puede reproducir la opinión inicial de ningún encuestado porque en caliente uno dice cualquier cosa. Pero, aunque en el transcurso de la charla la tesitura no cambie en nada, decidimos publicar parcialmente lo que sigue.
_ ¿Cree que está mal que le den viviendas a los monstruos (léase pobres ignorantes y ventajeros, vagos y funcionales a los intereses del Poder)?
_ Casas les van a dar… ¿y a mí que laburo por qué no me dan nada, eh?????
_ ¿Usted considera que lo que hay que corregir en esta sociedad es su conducta, a sabiendas que trabaja como dice, o la de los monstruos (léase pobres…)?
_ Hay que matarlos a todos…
_ ¿Matarlos a todos?
_ Bueno, menos el albañil que me tiene que venir a techar el quincho ni a la señora que limpia en casa…

Lo de la xenofobia no es novedad. Lo de la cancha es un dato menor. Bolitas, paraguas y chilotes ladrones. Por suerte están los taxis para discutir asuntos tan delicados que requieren de cierto análisis despojado de esas inútiles teorías de las aulas plagadas de zurditos a un lado y a otro del pupitre.
_ Una pala hay que darles…
Desde el asiento de atrás se hace un silencio pesado.
Enseguida el coche de alquiler pasa por una calle flanqueada de tipos (también hay mujeres) laburando en las cunetas. Una cooperativa, parece, que limpia las zanjas del barrio.
_ Mirá: veinte tipos para juntar dos bolsas de basura. Son de terror. Y te dejan las bicicletas amontonadas en la vereda… la gente no puede ni caminar…
Mi amigo el encuestador belicoso siente que no tiene preguntas para hacer.
_ Dejáme acá, en la esquina nomás…

¿Es realmente irreconciliable la grieta social? ¿O es apenas un fragmento de la relación urbana que goza de mucha prensa? ¿Será que en casa estamos convencidos de que se trata de un problema ajeno? ¿Que termina en la vereda el rasgado de vestiduras que solemos enarbolar contra la pobreza especialmente en estos festivos y espirituales días de fin de año?
La respuesta, seguro, no aparecerá de la nada en la espera por la caja del supermercado ni en la charla sabatina de la peluquería. Y tampoco espere que la digan por la tele.

martes, 7 de diciembre de 2010

POSESO


El optimismo no era una característica que definiera a aquella reunión. Después de intensos debates y ante la ausencia de una solución inmediata, el grupo se decidió, sin mucho convencimiento, por acometer aquella empresa inédita en la que ninguno de esos hombres en su fuero íntimo confiaba.
-- Se trata de hacer la prueba, Dr. Mena. Si todavía no pudimos conseguir resolver esto a nuestra manera; si, como hemos comprobado ya, no alcanzan nuestras disciplinas para estos casos, hay que abandonar la firme tesitura de oponernos a estos métodos y resignarnos.
-- Por mí, pueden hacer lo que quieran, profesor- dijo el médico alzando los hombros y dejándolos caer inmediatamente en su lugar- Ya todos conocen cuál es mi posición al respecto pero si no queda otra alternativa, que se haga entonces.

2
Hilario Fabbro había sido el último en llegar a la casona de la familia Redín, en las afueras de Granadero Baigorria, en el margen oeste de la autopista a Santa Fe. “¿Qué puede aportar un maestro de escuela entre profesionales de la salud, de la mente humana y del esoterismo, mal que te pese, Fabbro?”, se había interrogado mientras bordeaba la banquina de a pie, sin ningún apuro, divisando a lo lejos los autos estacionados junto a los álamos, todo bañado por la luz ocre del día anterior que se apagaba.
Ahora estaba ahí, entre aquellos notables cariacontecidos, con la lengua áspera de tanto café y un dolor en el cuello propinado por el cansancio adquirido durante la madrugada interminable.
No podía entender del todo por qué ese momento, cómo se había llegado a esto que por ahora transcurría fuera de la suntuosa pieza de Antonio. Todo tenía una rara mezcla de velorio y de espera por el resultado de un examen. Para distraerse un poco, tarea que inútilmente los otros también anhelaban conseguir, el maestro al que todos llamaban “profesor” repasaba los detalles del hogar encendido, el tirabuzón del mango del atizador, unos pocos leños que todavía no habían empezado a arder. Pero sobre todo el fuego bailando al ritmo de la incertidumbre que llenaba la sala.
El cura llegó puntual, antes de las nueve de la mañana. Los tres golpes que dio a la puerta anunciaron su llegada y, a su vez, el comienzo de ese acontecimiento sin precedentes que pronto tendría por escenario aquella habitación a media luz.

3
Cuando Antonio percibió el incienso, se incorporó en la cama y dejó el grueso libro sobre la mesa de luz, junto al velador, el vaso con agua y un portarretratos con la cara de Sartre. Una vez que el cura ingresó a la habitación y cerró la puerta, Antonio sólo se limitó a señalarle la silla contigua a la cama, invitándolo a que tomara asiento.
Los ojos del párroco, en un suntuoso y veloz ejercicio, se las arreglaron para estudiar la disposición de los muebles, los adornos, la instalación eléctrica y las aberturas de la pieza sin desatender al hombre sentado bajo las sábanas, con la espalda contra un ancho almohadón, y la mirada desafiante por encima de unos diminutos anteojos de topo.
-- Dios no existe, Nelson. Sacáte ese vestido ridículo, hacéme el favor- balbuceó la voz de Antonio, atabacada, ronca y monótona, mientras se rascaba la barbilla.
-- ¿Hasta cuándo, hijo, vas a resistirte así al Redentor?- interpeló el cura, al tiempo que dejaba en el piso el humeante artefacto que traía en la diestra para volver a persignarse como ya lo había hecho antes de entrar a la casona y antes de abrir la puerta de la habitación.
-- Nelson, Nelson… ¿cuánto hace que nos conocemos? A mí no, eh. Decíme, ¿no te da vergüenza ser tan hipócrita? Te metiste a cura para no laburar y cada vez que abrís la boca, vos antes que nadie sabés que estás macaneando…
Antonio acompañaba su alocución con los dedos de una de sus manos reunidos en las yemas, con los extremos hacia arriba, y hamacándose el conjunto sobre la bisagra de la muñeca, hacia adelante y hacia atrás, repetidamente.
El Padre Nelson se adelantó un paso hacia la cama sosteniendo la cruz de madera que colgaba sobre su pecho como ofreciéndosela al dueño de casa. La risa de Antonio fue imperceptible, sin sonido alguno, pero delatada por un compás despiadado de una convulsión de cuerpo entero. Además, todos los dientes amarillados salieron al encuentro del desconcertado sacerdote, encerrados por la desfigurada medialuna de los labios estirados.
- Sentáte, Nelson. Vení, dejá de joder, vamos a charlar.
La cara del cura era un cóctel de asombro y arrepentimiento por haber aceptado el trabajo.

4
El reloj pulsera del Dr. Mauro Mena era seriamente cuestionado por su dueño a propósito de la incapacidad de la que gozaba para mover sus agujas con normalidad.
-- Puede estar una semana tratando de cambiar las cosas, un mes ahí adentro, que no lo va a conseguir- vaticinó haciendo honor a su nombre y su oficio Segura Varela, especialista en fenómenos paranormales, vidente y representante exclusiva en Capitán Bermúdez de una afamada firma de cosméticos.
-- Yo creo que de eso estamos todos convencidos- interrumpió con el ceño fruncido y quitándose la pipa de la boca sólo para soltar esas palabras, el sicoanalista Hugo Ángel Goyenechea.
-- Ahora, señores, es tarde para lamentos- dijo el maestro Fabbro, sin quitar la vista del fuego que alimentaba la base de la garganta de la chimenea- O nos agarramos de la confianza o lo hubiéramos pensado antes de empezar con todo esto.
Desde atrás de la puerta de la pieza se oyó un duro golpe seguido de una serie de sonidos que los oídos adivinaron a desbarrancamiento súbito, concluido en un estallido de vidrios rotos. Después de algún grito initeligible, el silencio fue absoluto por un buen rato.

5
El motor de la Siambretta consiguió que los pájaros abandonaran los árboles cercanos al vehículo puesto en marcha. Recién cuando oyeron alejarse el espasmódico rugido de la motocicleta (y el facultativo Mena desde la ventana cercioró el alejamiento del hombre de la sotana arremangada y casco negros) una orden tácita dada por las ansias de todos hizo que los impacientes ingresaran en tropel a la habitación, sin descuidar las precauciones que la situación solicitaba.
-¿Cómo te sentís ahora, Antonio... -con timidez pero no sin curiosidad, quiso saber Fabbro.
-Para la mierda. Peor que antes.
-¿Yo qué les había dicho?- dijo Segura.
Goyenecgea se quedó con la vista fija en el libro enorme, abierto groseramente en el piso, salpicado con el agua que contuvo el vaso antes de romperse y mojar también la fotografía que escapó del ahora desvencijado portarretratos junto a un pullover rojo que yacía como un cadáver entreverdo en la escena.
-El tipo se encierra. No escucha. Así es imposible, no quiere ver las cosas como son- rezongó Antonio, compungido, limpiando los anteojos con una punta del piyama.

lunes, 6 de diciembre de 2010

MASCULINO SINGULAR



Al Flaco Pissoti lo conocí cuando era piba. Vivía al lado de Paola, la gringuita que supo ser compañera mía en los asaltos, de chico. Linda era... no, el flaco Pissoti no. Paola era linda piba. Rubiecita -pero no de esas rubias palidonas, transparentes- mas bien trigueña… el pelo clarito y unos ojos de muñeca que ahora no me acuerdo si eran azules o verdes. Me vivía regalando boludeces... qué sé yo, ponéle un portarretrato, una tarjetita, no sé, un póster de Amigos son los amigos, me acuerdo.
Te hablo de cuando éramos noviecitos o algo sí. Estábamos juntos sin que nadie lo confirmara del todo. Nada formal: si había un cumpleaños o un baile de la escuela, no hacía falta decir ni hacer nada: Paola bailaba conmigo. Con el tiempo hasta fue entrar juntos para que el turquito Abdala se retorciera de envidia y los pibes de la barra se sintieran orgullosos de mí. Pero la verdad es que no había gran beneficio, eh. Cuanto mucho era sentirla recostarse un poquito sobre el hombro durante un tema de Lerner o de Bon Jovi... Y de ahí no pasaba. Vos me vas a decir que éramos bastante pelotudos pero con eso uno se conformaba. Mirá, si me apuras, me parece acordarme que una vez nos besamos -pero un segundo, un relámpago de beso, nomás- y sabés que si me pongo a hacer memoria te digo que no tengo la certeza. Y me da más la impresión que el beso ése me lo inventé y me acuerdo del invento para no pasar por tan boludo... Pero eran otros tiempos ¿viste? Ahora los pibes, si te descuidás, debutan antes de aprenderse la tabla del 2.
Y el Flaco Pissoti -te decía- vivía pegadito a la casa de la Pao. Y yo me acuerdo patente que de chiquita, el Flaco, tenía aspecto de nena; vos no podías sospechar nada raro de una criatura que acunaba con pasión a un bebé de Yolibel y en el zarandeo se le sacudían las colitas como a cualquier hija de vecina. Nada, una nena. Te hablo de -a ver, dejáme sacar la cuenta...-, yo habré tenido quince y la gringa Paola, no sé, trece, catorce; bueno, el Flaco debe haber tenido fácil diez. Y a los diez años decíme si no se te va a notar ¿me entendés? Bueno, al flaco no se le notaba.
Y, mirá, no te quiero macanear, pero dicen que de la noche a la mañana, zas, apareció un día con el pelo cortito y chau tu nena.
Chau tu nena. Chau.
Son cosas hormonales, qué se yo.
En un primer momento era un poco la típica marimacho pero hasta ahí nomás. Casi ni se agarraba a las piñas y con diplomacia las maestras de escuela y los padres del barrio todavía le regalaban figuritas de Saraquei, algún que otro vestidito bobo, hebillitas para el pelo. Y según cuentan, -porque el Flaco era, como te dije, más chico que nosotros y mucha bola no le dábamos- dicen que de a poquito, firme a sus convicciones, se enfiló para el lado que le pareció mejor.
¿Que yo me acuerde así con detalles que me hubiera llamado la atención? Si te digo, te miento. Lo que pudo haber salido de lo común fue lo del torneo de fútbol de la secundaria. Pero no pasó a mayores. Los de los otros cursos nos vinieron a tirar la bronca a medida que pasaban los partidos pero ninguno se animó a venir de arranque a impedirle la inscripción. Y nosotros, que lo único que nos importaba era la guita para el viaje de estudios, éramos capaces de anotar hasta una vieja en silla de ruedas con tal que pusiera la platita. Y así fue: no te voy a decir que jugó mejor que el Garza de 4º “A” o que el pibito Rojas de uno de los 3º… pero que se destacó, eso te lo firmo. Y no quedó goleador porque ese año jugaba todavía el Chavo Pereira. Mirá, te lo cuento y me convenzo que era uno más, el Flaco.
Después, una vez que empecé a laburar en el Patio de Comidas del hipermercado, como mucho no anduve en el barrio, le perdí el rastro. A veces escuchaba hablar de él en algún asado, no sé, o me lo encontraba a alguno de los pibes en el bondi. Uno se mantiene al tanto de ciertas cosas que pasan, y bueno, supe que el Flaco se había ido a España, que le estaba yendo bien, no sé.
Por eso -te contaba- me llamó la atención encontrármelo en la cancha. Bronceado, el tipo; una chomba de la putamadre; los anteojos de sol de primera enganchados en la mollera. Una pinta terrible, un dandy. Una mano en el bolsillo del vaquero y la otra acomodándole el flequillo permanentemente. Y lo más lindo es que me reconoció -tranquilamente se pudo haber hecho el oso, qué sé yo, una persona de mundo, elegante, ¿qué se tiene que acordar de un croto como yo? Se acercó con una alegría que se le salían los ojos, sorprendido. Vino, me abrazó fuerte, como si estuviese saludando a alguien famoso, ¿viste? Con un respeto y una reverencia que yo pensé que si algún barra se percataba estábamos listos…
No te voy a negar que un poco me hice el gil apenas se me arrimó. Pero me quedé en el molde porque tampoco fue falso ni desconsiderado. Me pereció que era la contentura genuina de un encuentro después de tanto tiempo. Imagináte, los más grandes éramos como héroes para esos chicos… Además, bien se podría haber puesto pesado, desubicado, en medio del partido ¿me entendés? Para nada. Siguió mirando y me dejó mirar por lo menos hasta el entretiempo en que nos fuimos a comer un choripán.
Yo lo miraba y no lo podía creer. A mí un poco también me sorprendió verlo así, después de añares… Pidió el frasco de mayonesa y mientras pintaba el sánguche de amarillo me contó lo lindo que es Barcelona, la ventaja de arrancar de cero en otro lado, su apetencia por las minas ésas que los tipos no nos animamos a encarar de tan buenas que están y que él, en cambio, aprovechando su intuición femenina, sabía por dónde llegarles... Mirá, nos cagamos de risa. Después me pidió disculpas por hablar tanto al pedo, dijo, y no dejarme decir nada. Me preguntó qué era de mi vida, si seguía jugando al fútbol -¡el tipo se acordaba que yo jugaba de ocho!. Un ñorse.
Quiso saber cómo andaban mis viejos, mi hermana Alicia... y ahí me tomé el atrevimiento de hacerle una joda: “No te la querrás levantar, guacho”, le dije; y él, siempre respetuoso, serio y con una convicción envidiable me aclaró “No, che, si estoy de novio”.
Yo, sinceramente, me puse contento por él apenas me lo dijo; pero enseguida empecé a notar algo extraño. No sé si en cómo empezó a apretarse los dedos o en la manera de perder la mirada en lo que comía, en los carteles o en las paredes despintadas. Entonces, así sin pensarlo, no sé si preguntando o como un firme e inconciente deseo, dije: “Una gallega”.
El flaco Pissoti se puso –más esquivo que antes- a mirar el techo, la parte de abajo de la bandeja superior del estadio. Con ese mínimo gesto me había empezado a explicar las cosas involuntariamente. “¿Vos te acordás de Paola, mi vecina?”, me dijo con la voz aflautada, casi imperceptible, desinflándose.
Te juro que no sé el tiempo que hacía que no sabía nada de la gringa. Pero, no te macaneo, me dolió como si recién la hubiera dejado en la puerta de la casa. Y me quemaba en la mejilla el beso de despedida que capaz que nunca existió.
La imagen que tengo es la de mi mano apretando un manojo de servilletas de papel para limpiarme los dedos como si en vez de sacarme savora me limpiara las ganas de romperle la cabeza. El Flaco, en ese momento, no esperaba una respuesta porque la sabía antes de preguntarme nada. Y ahí se me complicó todo: se le dibujaron en la cara no sólo los rasgos de la nena que había sido, sino mil gestos de mina que está en falta, ¿viste? Entonces levantó un poco las cejas como dos líneas finitas que estaban por romperse y cabeceó el aire, avergonzadamente, en dirección a la cancha.
Enseguida todos, inclusive Andrea Pissoti, trotaron a reubicarse para ver el segundo tiempo.
Yo me quedé un rato masticando el hielo de la Coca, aguantando las miradas pesadas de un choripanero, su ayudante y unos cuantos policías.

viernes, 3 de diciembre de 2010

LA DULCE ESPERA



Sintió un irrefrenable deseo de ver dibujada al menos una letra. Ni siquiera pedía ya encontrarse con una palabra que significase cualquier cosa. Le bastaba que sus ojos se posaran aliviados en cualquier partícula del alfabeto.
Lo habían visto pasar más de una vez por los pasillos en penumbras, con una ansiedad que jugaba con su cara. Lo habían observado pasar como quien busca agua: la mirada alerta, escrutante. Había atravesado las baldosas con el ímpetu kamikaze de los bichos que se estrolan contra los fluorescentes, yendo hacia la luz de las oficinas deshabitadas a esa hora en la que los oficinistas suelen dormir.
Cuando otra vez la silueta ambulante apareció detrás del ventanal, casi automáticamente, el hombre de guardapolvos blanco miró desde su mesa al mozo con cierta complicidad.
De pronto, el caminante se hundía en las sombras y en el salón de café todo seguía como antes de cada incursión.
En el camino de vuelta hacia la habitación transformó mecánicamente los números de las puertas en letras. Miró el 51 y rápidamente supuso un SI, se demoró un poco más con el 45 hasta descubrir un AS. Caminó esquivando óes en el centro de las flores de los dibujos del piso y adivinó retorcidas eses en los relieves que ornamentaban las macetas.
“Necesito leer, Raquel”, balbuceó a su adormecida mujer como si le confesara algo vergonzoso o muy molesto. Por respuesta tuvo apenas una contemplación vacía, una mirada confusa y a la vez inquisidora. Todo proveniente de las brumas del sueño inconcluso de la recién (más o menos) despertada
“Leer. Leer cualquier cosa”, insistió mientras abría y cerraba cajones y puertas de las mesitas de luz y del placard. “Ni una puta Biblia hay...”, refunfuñó sin medir sus palabras.
Contrariado volvió a salir al pasillo y recordó otras ocasiones similares de las que había salido mejor parado. “Al PAMI me he llevado hasta mates, la reputamadre”, esputó derrotado, envidiando la desgracia con suerte de alguna antigua internación.
“Cuando entrás acá, los relojes empiezan a andar para atrás”, había dicho cuando la esposa y su panza de treinta y ocho semanas de embarazo se acomodaron en la cama de la habitación 2 del Hospital Español. A las tres de la mañana, hecho un animal enjaulado recordó la inaugural ocurrencia de las nueve de la noche como algo cada vez menos simpático y más pelotudo.
“B incompleta”, se dijo, desencantado, mientras miraba el 3 de la puerta de al lado y se preguntaba a quién quería engañar.
La madrugada había caído como un frío metal en el patio. Sobre un largo suspiro fundó una nueva caminata con las manos en los bolsillos de la campera vaquera y la mirada perdida en los carteles inútiles del hospital a media luz. Entonces pensó otra vez en la orfandad del libro de turno que estaría en ese momento tumbado junto al velador en su pieza. La pulcritud silenciosa del lugar le dio mucha bronca y no tardó en relacionarla con ese médico fuera de servicio que sorbía el café sin apuro y relojeaba el diario. Le dio mucha envidia tanta paz entretenida del otro lado del vidrio.
Ya no quería volver por el mismo camino hasta el demorado nacimiento de su retoño. Necesitaba cambiar de aire, distraerse con otra cosa. El cambio de rumbo lo hizo desaparecer una vez más en la oscuridad y lo depositó en una lejana y desierta ala del edificio adonde se sorprendió destapando tachos de basura con el deseo imposible de encontrarse con un libro olvidado o desechado por alguien que se cansó de esperar que lo atiendan.
“Diagnóstico por imágenes”, leyó con el falso entusiasmo de haber leído algo.
Ya no le causaba gracia su sinceridad brutal cuando sintió que se hubiera conformado hasta con un libro de autoayuda o una revista para minas.
— Ahí está de nuevo.
— Y viene para acá
En el bar parecieron ponerse de acuerdo en construir una indiferencia colectiva para disimular pero que resultaba contraproducente.
— ¿Sí? –le dijo el tipo de atrás de la caja registradora como para llenar el silencio incómodo. Y entonces recién ahí vio que al andariego le temblaba la pera y en los ojos tenía temibles derrames sanguinolentos.
— El diario –pidió el recién llegado, sin sacar la vista de La Capital que el de la mesa simulaba leer.
Lo que siguió es una anécdota con la que los empleados del hospital ya cansan de tanto contar en las reuniones familiares, en el club y en los comercios de sus respectivos barrios.
Como un androide sin control, el futuro papá se tiro de panza sobre el matutino del día anterior que sostenían las manos de un gastroenterólogo aterrorizado. El mozo se limitó a observar cómo ya en el piso, el hombre desencajado abrazaba el papel y se alejaba gateando.
Intervinieron dos enfermeros grandotes –uno bastante afeminado pero forzudo– y un camillero entrerriano, para reducirlo con varios centímetros cúbicos de Alopidol, detrás de un freezer que tenía helados.
“La emoción”, mintió el doctor compasivo que contó los detalles de un desmayo ficcional a los familiares, unas cuantas horas más tarde, durante el alborozo por la llegada al mundo de una nena.