jueves, 16 de diciembre de 2010

POBRES DE NOSOTROS



Y, ¿si en vez de llamarlos pobres les llamáramos monstruos? Digo, como para no herir susceptibilidades a la hora de que mis hermanos de clase media y mis primos de clase alta se alarmen con esto que estoy escribiendo sobre esto que está pasando.
Digo, por todo eso de lo de la tintura, el cigarrillo infaltable, las zapatillas de marca y los teléfonos celulares de última generación que cualquier manifestante puede encerrar en su bolsillo mientras se queja en el noticiero porque no tiene un lugar propio donde vivir.
¿Y yo que me rompo el alma (por no decir culo que queda feo) laburando? ¿Yo que alquilo hace ya ocho años? Vos también, me animaría a decir. Y yo que tengo mi casa sin declarar todavía porque o como o declaro.
Ah, claro, y también por lo de los mil hijos que cada uno tiene, motivo por el cual en la cola de un banco oí decir a alguien que es la fábrica de soldados para alimentar ese ejército de la ignorancia que permite a los del Poder manejarnos como quieren, etcétera, etcétera, etcétera.
Son –sin mucha diferencia a lo que somos- un invento comunitario tan manejado por los que se creen (y creemos) que dirigen todo y otro poco por la desidia de los que creemos (y dejamos que se crean) que nos manejan todo.

Los monstruos son mayoría. Eso es una verdad irrefuatable. Y así lo entienden (o deberían entenderlo) quienes mandan. Y acaso lo sepamos también nosotros –y miren como me incluyo en este colectivo fascinante de correctos ciudadanos- pero, mientras no nos generen inconvenientes domésticos, allá ellos.

Un amigo retobado pero a la vez aprovechador de los que se aprovechan de nosotros (monstruos y perfectos ciudadanos) hizo una encuesta en lugares alejados de estos espacios increíblemente tomados. Un retazo de su edificante experiencia me la cedió para ser compartida aquí.
_ Hola
_… -con cara de éste viene a robarme o debe ser un estafador de esos como Darín en “Nueve reinas”.
_ Estoy haciendo un sondeo para (no se puede nombrar la consultora) y quería saber qué piensa de la toma de terrenos en Soldati…
Por razones de decoro literario no se puede reproducir la opinión inicial de ningún encuestado porque en caliente uno dice cualquier cosa. Pero, aunque en el transcurso de la charla la tesitura no cambie en nada, decidimos publicar parcialmente lo que sigue.
_ ¿Cree que está mal que le den viviendas a los monstruos (léase pobres ignorantes y ventajeros, vagos y funcionales a los intereses del Poder)?
_ Casas les van a dar… ¿y a mí que laburo por qué no me dan nada, eh?????
_ ¿Usted considera que lo que hay que corregir en esta sociedad es su conducta, a sabiendas que trabaja como dice, o la de los monstruos (léase pobres…)?
_ Hay que matarlos a todos…
_ ¿Matarlos a todos?
_ Bueno, menos el albañil que me tiene que venir a techar el quincho ni a la señora que limpia en casa…

Lo de la xenofobia no es novedad. Lo de la cancha es un dato menor. Bolitas, paraguas y chilotes ladrones. Por suerte están los taxis para discutir asuntos tan delicados que requieren de cierto análisis despojado de esas inútiles teorías de las aulas plagadas de zurditos a un lado y a otro del pupitre.
_ Una pala hay que darles…
Desde el asiento de atrás se hace un silencio pesado.
Enseguida el coche de alquiler pasa por una calle flanqueada de tipos (también hay mujeres) laburando en las cunetas. Una cooperativa, parece, que limpia las zanjas del barrio.
_ Mirá: veinte tipos para juntar dos bolsas de basura. Son de terror. Y te dejan las bicicletas amontonadas en la vereda… la gente no puede ni caminar…
Mi amigo el encuestador belicoso siente que no tiene preguntas para hacer.
_ Dejáme acá, en la esquina nomás…

¿Es realmente irreconciliable la grieta social? ¿O es apenas un fragmento de la relación urbana que goza de mucha prensa? ¿Será que en casa estamos convencidos de que se trata de un problema ajeno? ¿Que termina en la vereda el rasgado de vestiduras que solemos enarbolar contra la pobreza especialmente en estos festivos y espirituales días de fin de año?
La respuesta, seguro, no aparecerá de la nada en la espera por la caja del supermercado ni en la charla sabatina de la peluquería. Y tampoco espere que la digan por la tele.

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