martes, 7 de diciembre de 2010

POSESO


El optimismo no era una característica que definiera a aquella reunión. Después de intensos debates y ante la ausencia de una solución inmediata, el grupo se decidió, sin mucho convencimiento, por acometer aquella empresa inédita en la que ninguno de esos hombres en su fuero íntimo confiaba.
-- Se trata de hacer la prueba, Dr. Mena. Si todavía no pudimos conseguir resolver esto a nuestra manera; si, como hemos comprobado ya, no alcanzan nuestras disciplinas para estos casos, hay que abandonar la firme tesitura de oponernos a estos métodos y resignarnos.
-- Por mí, pueden hacer lo que quieran, profesor- dijo el médico alzando los hombros y dejándolos caer inmediatamente en su lugar- Ya todos conocen cuál es mi posición al respecto pero si no queda otra alternativa, que se haga entonces.

2
Hilario Fabbro había sido el último en llegar a la casona de la familia Redín, en las afueras de Granadero Baigorria, en el margen oeste de la autopista a Santa Fe. “¿Qué puede aportar un maestro de escuela entre profesionales de la salud, de la mente humana y del esoterismo, mal que te pese, Fabbro?”, se había interrogado mientras bordeaba la banquina de a pie, sin ningún apuro, divisando a lo lejos los autos estacionados junto a los álamos, todo bañado por la luz ocre del día anterior que se apagaba.
Ahora estaba ahí, entre aquellos notables cariacontecidos, con la lengua áspera de tanto café y un dolor en el cuello propinado por el cansancio adquirido durante la madrugada interminable.
No podía entender del todo por qué ese momento, cómo se había llegado a esto que por ahora transcurría fuera de la suntuosa pieza de Antonio. Todo tenía una rara mezcla de velorio y de espera por el resultado de un examen. Para distraerse un poco, tarea que inútilmente los otros también anhelaban conseguir, el maestro al que todos llamaban “profesor” repasaba los detalles del hogar encendido, el tirabuzón del mango del atizador, unos pocos leños que todavía no habían empezado a arder. Pero sobre todo el fuego bailando al ritmo de la incertidumbre que llenaba la sala.
El cura llegó puntual, antes de las nueve de la mañana. Los tres golpes que dio a la puerta anunciaron su llegada y, a su vez, el comienzo de ese acontecimiento sin precedentes que pronto tendría por escenario aquella habitación a media luz.

3
Cuando Antonio percibió el incienso, se incorporó en la cama y dejó el grueso libro sobre la mesa de luz, junto al velador, el vaso con agua y un portarretratos con la cara de Sartre. Una vez que el cura ingresó a la habitación y cerró la puerta, Antonio sólo se limitó a señalarle la silla contigua a la cama, invitándolo a que tomara asiento.
Los ojos del párroco, en un suntuoso y veloz ejercicio, se las arreglaron para estudiar la disposición de los muebles, los adornos, la instalación eléctrica y las aberturas de la pieza sin desatender al hombre sentado bajo las sábanas, con la espalda contra un ancho almohadón, y la mirada desafiante por encima de unos diminutos anteojos de topo.
-- Dios no existe, Nelson. Sacáte ese vestido ridículo, hacéme el favor- balbuceó la voz de Antonio, atabacada, ronca y monótona, mientras se rascaba la barbilla.
-- ¿Hasta cuándo, hijo, vas a resistirte así al Redentor?- interpeló el cura, al tiempo que dejaba en el piso el humeante artefacto que traía en la diestra para volver a persignarse como ya lo había hecho antes de entrar a la casona y antes de abrir la puerta de la habitación.
-- Nelson, Nelson… ¿cuánto hace que nos conocemos? A mí no, eh. Decíme, ¿no te da vergüenza ser tan hipócrita? Te metiste a cura para no laburar y cada vez que abrís la boca, vos antes que nadie sabés que estás macaneando…
Antonio acompañaba su alocución con los dedos de una de sus manos reunidos en las yemas, con los extremos hacia arriba, y hamacándose el conjunto sobre la bisagra de la muñeca, hacia adelante y hacia atrás, repetidamente.
El Padre Nelson se adelantó un paso hacia la cama sosteniendo la cruz de madera que colgaba sobre su pecho como ofreciéndosela al dueño de casa. La risa de Antonio fue imperceptible, sin sonido alguno, pero delatada por un compás despiadado de una convulsión de cuerpo entero. Además, todos los dientes amarillados salieron al encuentro del desconcertado sacerdote, encerrados por la desfigurada medialuna de los labios estirados.
- Sentáte, Nelson. Vení, dejá de joder, vamos a charlar.
La cara del cura era un cóctel de asombro y arrepentimiento por haber aceptado el trabajo.

4
El reloj pulsera del Dr. Mauro Mena era seriamente cuestionado por su dueño a propósito de la incapacidad de la que gozaba para mover sus agujas con normalidad.
-- Puede estar una semana tratando de cambiar las cosas, un mes ahí adentro, que no lo va a conseguir- vaticinó haciendo honor a su nombre y su oficio Segura Varela, especialista en fenómenos paranormales, vidente y representante exclusiva en Capitán Bermúdez de una afamada firma de cosméticos.
-- Yo creo que de eso estamos todos convencidos- interrumpió con el ceño fruncido y quitándose la pipa de la boca sólo para soltar esas palabras, el sicoanalista Hugo Ángel Goyenechea.
-- Ahora, señores, es tarde para lamentos- dijo el maestro Fabbro, sin quitar la vista del fuego que alimentaba la base de la garganta de la chimenea- O nos agarramos de la confianza o lo hubiéramos pensado antes de empezar con todo esto.
Desde atrás de la puerta de la pieza se oyó un duro golpe seguido de una serie de sonidos que los oídos adivinaron a desbarrancamiento súbito, concluido en un estallido de vidrios rotos. Después de algún grito initeligible, el silencio fue absoluto por un buen rato.

5
El motor de la Siambretta consiguió que los pájaros abandonaran los árboles cercanos al vehículo puesto en marcha. Recién cuando oyeron alejarse el espasmódico rugido de la motocicleta (y el facultativo Mena desde la ventana cercioró el alejamiento del hombre de la sotana arremangada y casco negros) una orden tácita dada por las ansias de todos hizo que los impacientes ingresaran en tropel a la habitación, sin descuidar las precauciones que la situación solicitaba.
-¿Cómo te sentís ahora, Antonio... -con timidez pero no sin curiosidad, quiso saber Fabbro.
-Para la mierda. Peor que antes.
-¿Yo qué les había dicho?- dijo Segura.
Goyenecgea se quedó con la vista fija en el libro enorme, abierto groseramente en el piso, salpicado con el agua que contuvo el vaso antes de romperse y mojar también la fotografía que escapó del ahora desvencijado portarretratos junto a un pullover rojo que yacía como un cadáver entreverdo en la escena.
-El tipo se encierra. No escucha. Así es imposible, no quiere ver las cosas como son- rezongó Antonio, compungido, limpiando los anteojos con una punta del piyama.

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