sábado, 29 de enero de 2011

LA VÍSPERA


El último lunes de noviembre de 2004 fue también la última vez que fui a tomar un café a El Tiempo. Me ubiqué en una mesa más o menos cercana al ingreso por tratarse de la única dispuesta bien debajo de un ventilador. Leía el diario cuando llegaron al bar dos ciegos.
Sin demasiada o ninguna complicación se sentaron a la mesa que quedaba desocupada entre la mía y la puerta. Eran dos hombres: uno canoso, de anteojos negros y con un bastón plegable; el otro muy joven y delgado, de rostro y pelo largos, de piel muy blanca. Inicialmente mi atención hacia ellos no fue mayor y apenas si lograron interrumpir brevemente mi lectura. Pero a poco de intentar retomarla noté por primera vez la sensación que me acompañaría luego buena parte de aquella tarde: una inquietud suprema y permanente, una atracción irrefrenable a dirigir la mirada a mis vecinos recién llegados.
“Es así, Miguel”, le oí decir al más joven mientras terminaba de acomodarse en la silla, recortado un poco por la figura del otro al que sólo podía verle la espalda y el cuello anchos, la nuca de oso polar. “Es así”, continuó Miguel, con ese juego vacío que solemos hacer cuando no hay nada por decir pero sí la humana necesidad dialógica por romper el peso del silencio.
El más joven alzó un poco el mentón como recibiendo el soplo placentero del ventilador. A contraluz, con el resplandor crepuscular del ventanal hacia la calle como telón, el muchacho tenía un aire de caricatura de busto de emperador romano, una exageración de los rasgos altivos que exigió siempre la posteridad, facciones subidas a esa angular inclinación del rostro joven y lánguido. Por la errática relación que acababa de tejer y ayudado por la actitud facial que persistía en una marcada preocupación con serio amontonamiento del entrecejo, a mí se me ocurrió que el pibe podía llamarse César y que sería una verdadera pena si ése no fuera su nombre.
La observación se volvió rigurosa hasta el límite de la obsesión. Comencé a sentir culpa de mirarlos así, con tanta impunidad. Pero en paralelo sentía una necesidad inexplicable de no quitar la vista de encima de los ciegos. Para distraerme intenté volver al diario aunque la lectura me resultaba imposible.
Ante la falta de concentración, opté por examinar los detalles de una fotografía que hasta hoy, acaso por el esfuerzo mental, quedó copiada a fuego en mi mente. Es un instante de una manifestación, una protesta con pancartas y gente fundidos como en una explosión de colores, un rompecabezas confuso, armado con dificultad para que me quede grabado en la memoria visual como una postal del corto pero extenuante momento en que evité mirarlos.
“Es un lindo lugar, éste.”, disparó César con la cabeza todavía inclinada. “Acá se puede charlar tranquilo, sin que nadie te moleste”, prosiguió ante la pasividad de Miguel que sólo esgrimió un bufido que pareció aprobatorio.
A mí me invadió la sensación de que se habían dado cuenta de cómo yo los estaba mirando.
La moza llegó por fin y los saludó antes de tomárles el pedido. La chica se esmeró en parecer natural, simuló estar atendiendo normalmente, pero pude ver en su cara la incomodidad y la sorpresa. El temor y la compasión. La bronca hacia la particular situación que involucraba a esos clientes y a su propia y desproporcional e injusta lástima.
Tengo la impresión ahora, en la distancia que trazó el tiempo transcurrido desde aquel día, de que mi insistencia por mirar los ojos del joven no fue advertida por nadie en el lugar, ni siquiera por la pobre moza. Sólo César, tallado en el telón de vidrio que daba a la ciudad agonizante, habrá presentido desde su mundo de noche honda, mi permanente acoso. La búsqueda caprichosa de mis ojos a la caza de los suyos vacíos e inútiles.
Recuerdo haber pensado ingenuamente al sonarme la nariz que recién entonces habrían advertido los ciegos mi presencia. De ahí en más, acaso por sentirme descubierto, supe amenazada mi curiosidad. Pero algo me decía que sabían de sobra hasta el más mínimo de mis movimientos aún antes de que yo pensara en sacar el pañuelo.
De todas maneras, supuse molesta la situación y aún así, insistí en saciar esa mecánica inquietud de ver a los ojos desdibujados del más joven, perseguirlo con la mirada como si entre mi insistencia y su misteriosa negativa se planteara un profundo desafío.
A la tarde progresivamente le empezaron a salir estrellas y en la vereda, junto al ventanal, se fueron amontonando ruidosos adolescentes que esperaban algún colectivo. César y Miguel, como inhibidos ante la ruptura de la tranquilidad del bar, bajaron el tono de voz y me dejaron totalmente afuera de su charla. Obseso y empecinado, empujado por esa marginación –sentí que a propósito me privaban de sus palabras-, no le quité la vista de encima al muchacho que comenzó a balancearse acaleradamente hacia atrás y hacia adelante como en una mecedora imaginaria que seguro era un tic nervioso al que lo llevaba la oscuridad. Entonces me puse firme a seguir su oscilación y (a pesar de ella) a hurgar debajo de los pliegues de sus párpados. De repente César se detuvo y ya no inclinó su cabeza ni volvió a ocultarme la cara. Hizo una pausa estatuaria, tomó un sobrecito de azúcar y con las dos manos se lo puso entre el labio superior y la nariz, como un absurdo bigote, y aspiró profundo para descifrar, creo yo, su forma por medio del olfato. Inmediatamente –juraría que apuntó su nula mirada acuosa hacia mí- enderezó el rostro y desató con un gesto el nudo del ceño, dejando al descubierto la opacidad de sus ojos de vidrio líquido. Tenía ese espejo borroso una extraña belleza y a su vez generaba un rechazo por un todavía más raro temor. Descubrí en ese fondo esférico de porcelana unas pintas celestes o grises y la redondez perfecta (marcada en relieve y sombras) de las inutilizadas pupilas. En principio me halle victorioso de aquella caprichosa contienda. Me sentí como puede sentirse alguien después de realizar un deseo y, a su vez, con esa realización esfumarlo, hacerlo desaparecer. Volverlo recuerdo de cuando lo deseaba. Pero lo triunfal se volvió culpa o algo similar, y retiré la mirada como envuelto en una derrota.
Quería pensar en otra cosa y volví a mirar la foto del diario con la dificultad que brinda el comienzo de la luz artificial recién encendida a comparación del sol.
De pronto, mientras buscaba centrar la vista en las banderas que había visto relucientes me distrajo el multiplicado tintinear de cucharitas. En la barra, hacia el fondo, al levantar la cabeza adiviné a la moza ofreciendo medialunas saladas o dulces a una mujer mayor.
Quise concentrarme otra vez en la lectura pero los ruidos no me dejaron.
Fue cuando César le dijo a Miguel que tenía que ir al baño e intentó llamar a la moza sin que ésta lo notara desde el lejano mostrador de las facturas. No pude evitar ponerme de pie, acaso impulsado por la culpa de aquella infantil obsesión, y acercarme a la mesa de mis vecinos para preguntarle al muchacho si me permitía acompañarlo.
Caminamos despacio hasta el final del local en penumbras. Si junto al ventanal casi no había luz, ahí en el fondo, apenas si se distinguían los rostros.
“No se ve nada”, dije, estúpidamente. César lo tomó con humor: “Estamos iguales”, me dijo y sonrió.
Con una factura en la mano la empleada, a nuestro paso hacia el patiecito que lleva al baño, enarcó las cejas mostrando una complicidad que debe haber imaginado a salvo del ciego.
Creo que después César me pidió un cigarrillo antes de que le ayudara a ingresar al excusado. Le di el atado y cuando me lo devolvió, salí a esperarlo en la noche ya cerrada.
No podía reconocer hasta dónde llegaba el firmamento y dónde comenzaba la enredadera así que no pude más que recordar las baldosas blancas y verdes de damero que estaba pisando en ese momento, y presentir los cajones de bebidas que siempre yacían apilados contra la pared de la cocina.
La espera no fue menor y entre tanto pregunté hacia el murmullo interior del bar que qué estaban esperando para prender los farolitos del patio. Fue cuando escuché los pasos y sentí un profundo miedo a caerme o chocar con algo. Un miedo que sólo se alivió un poco cuando una mano me tomó del brazo y me invadió una incertidumbre rotunda. La sensación de estar caminando en un aire espeso de infinitos objetos y personas al acecho.

sábado, 1 de enero de 2011

CHAU 2010

ALGUNAS COSAS POR LAS QUE
NO DEBERÍAMOS OLVIDARNOS
DEL AÑO QUE PASÓ



Fiesta nacional
Los Festejos del Bicentenario tiraron abajo todas las teorías, el mentado malestar general, el malhumor permanente del ciudadano y su (mal) supuesto divorcio con la República.
De manera silenciosa, primero; destapándose más allá de las cuestionadas crónicas hasta copar los espacios públicos sin temor a que la calle sea una fiesta, LA GENTE fue la protagonista principal.
Unos 2 millones de personas por día llenaron las calles porteñas para celebrar la Patria.
Además, gran nivel artístico de “Fuerza Bruta” (a la altura de las circunstancias). Sorprendente, admirable y conmovedor: adjetivos poco usuales en los espectáculos que vemos por televisión.

Condenados represores
Este, por suerte, también será recordado por ser el año del primer juicio a los represores locales de la última dictadura militar.
En abril, en una jornada histórica que empezó a poner freno a la impunidad, el Tribunal Oral Federal Nº1 leyó la sentencia contra Oscar Pascual Guerrieri, Jorge Fariña, Daniel Amelong, Walter Pagano y Eduardo Constanzo por crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura en centros clandestinos de detención de la ciudad y alrededores. Condenados a cumplir la pena en cárceles comunes, las caras de la represión rosarina constituyeron el primer acto de Justicia con la memoria en la región.
Hoy todos tenemos la suerte de que esa Justicia histórica anhelada empiece a ser cada vez más cotidiana porque se nos está haciendo costumbre.
Los números hablan por sí solos. Sólo en diciembre de 2010 se juzgó a 50 represores en todo el país, convirtiéndose en el mes en que más condenas de este tipo hubo desde 1985.
De yapa, el Museo de la Memoria se mudó definitivamente a la esquina de Córdoba y Moreno. Puede parecer sólo simbólico pero es mucho más: basta con pensar que donde se planeó el sangriento plan de la noche negra de la dictadura en la región, hoy viven las ideas y la cultura sobreviviente a aquel siniestro programa de odio y muerte.

Matrimonio y algo más
El casamiento se transformó en un contrato social por encima de retrógrados estamentos religiosos.
Por la aprobación de la ley que permite el MATRIMONIO IGUALITARIO el 2010 será recordado como el lugar en la historia de una nueva conquista de los derechos sociales en la que somos un país pionero.
En un momento el intercambio de argumentos ya había perdido la pista del tema que lo había generado. Fue la discusión más larga y dispersa que vio el país en años. Sólo en el Senado hubo 14 horas de debate y muchísimas marchas a favor y en contra que pretendieron en muchos casos plasmar una estéril antinomia a un hecho que responde, en definitiva, a las libertades individuales.
Este hecho transformó a Argentina en la novena Nación que permite que dos personas se casen sin que sus identidades sexuales sean un requisito o signifiquen un impedimento.
En Rosario, Martín Peretti Scioli y Oscar Eduardo Marvich hicieron ruido con la primera boda de este tipo en el Patio de la Madera, el último día de julio.
No existe una estadística difundida de la cantidad de matrimonios entre personas del mismo sexo que se suscitaron después de los resonantes primeros casos.
Y el mundo sigue andando.

Rescates por TV
Fue un milagro y una epopeya. Pero también fue la confirmación de que la noticia y el reality show son en nuestro tiempo más que parientes y que hasta se confunden entre sí.
En octubre, nadie estuvo a salvo del rescate más visto de toda la Historia. Luego de 70 días bajo tierra, un espectacular operativo llevó a la superficie a 33 trabajadores atrapados en la mina San José, en el norte de Chile.
Hubo transmisión en vivo, ininterrumpida durante 22 horas y 21 minutos.
Millones de televidentes siguieron los acontecimientos en todo el mundo y unos 2 mil periodistas fueron al lugar para cubrir el inédito operativo.
Y por si fuera poco, a un mes de lo ocurrido en Chile, en la zona rural de Florencio Varela, en provincia de Buenos Aires, los bomberos rescataron a una nena de 3 años que estuvo atrapada 7 horas en un pozo.
Todo el país tomó mates, trabajó, cocinó y se acostó más tarde para no perderse detalle de lo que pasaba en la quinta del rescate. Mientras Vanesa –tal el nombre de la nena- era trasladada lúcida y sana y salva en helicóptero hacia un hospital, muchos se fueron a dormir con la sensación de haber visto una buena y rara película.

La inesperada muerte de Kirchner
Primero la pérdida humana, por supuesto. Se murió un hijo, un padre, un esposo, un amigo. Pero es, sin dudas, el hecho político del año.
La muerte del ex presidente Néstor Kirchner golpeó la realidad argentina de tal forma que el cambio en el mapa político es apenas un dato. La militancia cambió: sólo después del sacudón que causa saber que Kirchner ya no está, los lugares desde donde adherir o rechazar sus ideas son todos válidos. En especial cuando rebobinamos hasta el 2003 y venimos para acá. Y notamos que es otro país. Por todo lo que se ha ventilado desde entonces y todo lo que se le ha criticado. Por los notorios cambios (aplaudidos o denostados, cambios al fin) que han hecho que todos hablemos de todo sin ningún temor ni problema.
Y por eso, por esos días de octubre, suscribimos una carta abierta de Mempo Giardinelli en la que el chaqueño “escribía en caliente” en Página 12 una confesión que difícilmente se hubiera podido hacer en otro tiempo que no fuera éste:
“Nunca fui kirchnerista. Nunca vi a Néstor en persona, jamás estuve en un mismo lugar con él. Ni siquiera lo voté en 2003 (…) siempre dije y escribí que no me gustaba su estilo medio cachafaz, esa informalidad provocadora que lo caracterizaba. Su manera tan peronista de hacer política juntando agua clara y aceite usado y viscoso. Pero lo fui respetando a medida que, con un poder que no tenía, tomaba velozmente medidas que la Argentina necesitaba y casi todos veníamos pidiendo a gritos".
El catálogo marcaba cambios en "la política pública de Derechos Humanos, la política exterior y la Corte Suprema de Justicia (y no importa si después la Corte no ha sabido cambiar a la justicia argentina)", la apertura de archivos de los servicios secretos y con ello reorientó el juicio por los atentados sufridos por la comunidad judía en los '90; la recuperación del control público del Correo, de Aguas, de Aerolíneas; las políticas educativas, de Defensa, cultural; las reformas fiscal y previsional; la renegociación de la deuda externa, el fin de la dictadura del FMI y la política nacional al frente del Banco Central con record de divisas. Marcó los límites al poder periodístico con la nueva Ley de Medios; impulsó la Ley de matrimonio igualitario y mantiene una política antidiscriminatoria como jamás tuvimos.(...)Todo con innumerables errores, desde ya. Descanse en paz, Néstor Kirchner, con todos sus errores, defectos y miserias si las tuvo, pero sobre todo con sus enormes aciertos".

Cuenta conmigo: Censo 2010
El Censo empezó antes de que llegara el censista. Para saber cuántos intentaron explicarnos cómo somos y al igual que casi todos los temas nacionales de estos años, la niebla de la confusión envolvió también a este asunto.
Dos meses antes, derivados de la opinología que aflora libremente en los medios, no resultaba descabellado escuchar diversos puntos de vista que a medida que nos acercamos al 27 de octubre se fueron potenciando hasta el escándalo.
“¿Por qué tengo que abrirle la puerta al censista si después mienten los resultados? ¿Para qué sirve un Censo si todo lo que muestran desde el INDEC es falso?”. No es una suposición. Fueron frases expelidas por argentinos seres de carne y hueso.
Hasta hubo una campaña en la Prensa para hablar de la necesidad o los riesgos (según el informador y su lector pertinente) de recibir al preguntador oficial en el domicilio.
Lo cierto es que, como casi todo lo que elegimos para esta racconto, el Censo también fue una sorpresa: lo que antes de su realización parecía respirar rechazo, una vez hecho resultó un éxito con ingreso al hogar, buenos modales y en algunos casos hasta mate.
Por los primeros datos pudimos saber que oficialmente somos 40.091.359 argentinos.
Puede que se haya publicado que, basados en estudios de consultoras privadas, si se mira bien rondamos los 70 millones de personas.

Conflictos: lo social y lo político
La historia reciente habla de piquetes por diversas causas, con distintas broncas e intenciones y para todos los gustos.
Este año el catálogo de esa arraigada y virulenta manera de protestar ha tenido sus más variopintos motivos.
Desde el recordado acampe de la Corriente Clasista y Combativa en la Plaza Pringles rosarina hasta el corte de ruta de los trabajadores de Paraná Metal, pasando por los caros cuidacoches paralelos del Casino de Rosario, los pescadores santafesinos, los ocupaciones de terrenos en Buenos Aires en reclamo por viviendas, los empleados de Sancor y los asambleístas de Gualeguaychú.
Todos los cortes finalmente en algún momento se levantaron y no por eso solucionaron sus problemas o consiguieron algo a cambio.
Pero más allá del cuestionamiento a la hoy más popular de las metodologías de protesta, está el secreto a voces que esta suele llevar impregnada: la utilización de las carencias y el reclamo por parte de pequeños grupos que se favorecen con el caos.
Cuando el invento, la extorsión o la intransigencia participan de las manifestaciones se pierde todo tipo de autenticidad y todo se transforma en una puesta en escena de la que hay que sospechar, en vez de ser la expresión genuina de la protesta real.
Ojalá que en el 2011 los piquetes encuentren una alternativa o evolucionen hacia otro lado, para que el modo y la protesta sean coherentes y todos podamos adherir a los justos reclamos direccionados correctamente hacia los responsables de las injusticias.

SASTURAIN, O LA CULTURA INSOLEMNE


El libro y la lectura en tiempos de la revolución de Internet, el bombardeo de noticias, las nuevas tecnologías y el ritmo de vida contemporáneo abordados por Juan Sasturain, de paso por Rosario. Aquí un fragmento de la entrevista con uno de los intelectuales más lúcidos y sencillos que tiene hoy el país, publicada en la revista Rosario Express de enero.

— La excesiva pretensión de inmediatez está cada vez más presente en los medios. ¿Cómo vive en el día a día esa situación?
— La verdad es que hace tiempo y casi inconcientemente he ido tomando ciertas decisiones que no son nada recomendables, pero que por algo las debo haber ido tomando. Prácticamente no leo los diarios desde hace bastante –lo cual no es ninguna virtud ¿eh?, al contrario–, y casi no veo tele de aire… Creo que son actitudes defensivas para no estar atado a esa inmediatez. Pero, insisto, no es un gesto de superación ni de nada. Es algo casi terapéutico. Hacemos tantas cosas compulsivamente… supongo que como un mecanismo de autodefensa vamos empezando a elegir los estímulos, qué queremos decidir y qué no. Eso nos pasa también con el teléfono celular, con la comunicación electrónica… en algún momento uno siente que necesita tomar cierta distancia y poder elegir un poquito.
— ¿Cómo ve el fenómeno Internet?
— Estamos en el medio de una auténtica revolución. Probablemente sólo equivalente a la invención de la imprenta de Gutenberg. Es algo así. Sólo que éste es el paso de un mundo a otro que desconocemos.
— ¿Y como usuario o consumidor?
— Soy un dinosaurio. Por formación o deformación, con más de 60 años y por ser un observador, alguien que nunca ha vivido pensando en términos de vanguardia, de ruptura, de modificaciones ni cosas nuevas, sino que al contrario… siempre más cerca de una sensación de conciencia de la historia, de la tradición y de ciertas cosas que remiten atrás y no adelante. Creo que por eso muchos asistimos a una renovación de la cual somos espectadores. Este mundo, de algún modo, no nos pertenece. Y está muy bien que sea así.
— ¿Se lleva bien con esa sensación?
— Es muy raro. Lo que siento es que en el universo de valores y códigos que rige este mundo ya no es paulatinamente el mío. Tengo una hija de veinte años y es el mejor ejemplo: viven en otro mundo, coincidimos en tiempo y espacio, pero su universo de pensamientos, su manera de relacionarse, su cosmovisión, es otro mundo que el que yo veo. Y eso es muy raro.
— ¿Cuál es el lugar del libro de papel en ese contexto?
— El lugar del libro en todo esto… Bueno, la definición de (Umberto) Eco. El libro es un invento bárbaro, y es muy probable que como todos los buenos inventos -el paraguas, el inodoro, la cuchara- va a perdurar, porque funciona y sigue sirviendo. Puede convivir con otras cosas pero tiene ciertos rasgos propios. Lo que pasa es que durante muchísimo tiempo, los libros mantuvieron su condición de soporte monopólico del saber, del conocimiento. Y saludablemente, como todos los monopolios, tarde o temprano se caen. Y el libro debió compartir su espacio con otros soportes. Pero este tipo de cosas, nunca apocalíptico.
— Hay un mito que dice que los jóvenes leen menos ¿es así realmente?
— Pensemos que antes la lectura era un hecho que se producía en la casa o en la biblioteca, en un lugar cerrado: el libro no era algo trasladable. Y el pocket (ejemplar de bolsillo) transformó eso, y convirtió cualquier espacio en apto para leer. Pero hoy en día, prácticamente casi no se lee porque no existe tiempo de lectura. Se lee en la transición, en los intersticios, en las pausas: antes de dormir, en el baño, en el viaje. Es algo que no se parece a nada: hay que estar concentrado en una sola cosa, solo y en silencio. Y eso va a contramano de todo lo que hoy hacemos, siempre con actividades simultáneas y no necesariamente en silencio. Con el cambio de códigos y reglas, ya no resulta normal. Hoy, para informarse, basta con ver o escuchar. Antes, el soporte papel era ineludible, y hoy en día ya no. Y se dice que los jóvenes leen menos. Pero es que la sociedad toda lee menos.
— ¿Qué hace el mercado editorial con esta situación?
— Lo que se puede percibir, en líneas generales, es que hay dos fenómenos: la desnacionalización y la concentración. Yo, por ejemplo, en vez de ser autor de Sudamericana, ahora soy autor de la Random House. Es decir que para los grandes conglomerados editoriales, los mecanismos de decisión, se han trasladado fuera del eje del lugar de la producción, y todas se parecen entre sí. Ahora, simultáneamente, se produce una necesidad del negocio, del marketing, que deja al margen a un montón de cosas. Pero hay otro fenómeno: las modificaciones tecnológicas han hecho que sea más fácil editar hoy que antes. Hacer una pequeña editorial no cuesta nada. Es como tener una radio. Se ha democratizado en ese sentido. Hay cada vez más escritores, muchos buenos… Lo que no hay son lectores.