domingo, 6 de febrero de 2011

ANTIGÜEDAD




En las pupilas se refleja el baile burlón del fuego eterno.
Es cierto que son inofensivas, pequeñas réplicas del elemento cadencioso y ardiente, pero para el caso es lo mismo: sirven igual estas ardorosas miniaturas que esta noche lo iluminan.

Del ritual es apenas un segundo.
El hombre que hasta el momento no evidenciaba ninguna fisura en su comportamiento, nada de embriaguez ni efusividad alguna, de repente –ahí, espejando el fuego en sus ojos– siente que es todos los hombres, que el peso de la humanidad le tira cada vez menos sutilmente los hombros para abajo, que es raro pero real estarse viendo a sí mismo pero para adentro, sin rostro ni señas particulares.

Si bien algunas botellas descansan vacías ya en paz en un rincón del patio, lo sabe: esto nada tiene que ver con aquello del alcohol y los festejos.

Está, de pronto, quieto en la cornisa del tiempo. Se busca en el fuego minúsculo pero también percibe con el rabo del alma su alrededor paralizado, la algarabía en stand by, la euforia del festejo resumida en una foto.

Si alguien se ocupara de estudiarlo podría (sin demasiado esfuerzo) advertir cómo su mirada grita esa triste comprensión poco usual de sentirse una partícula dolorosamente insignificante de algo inexplicable.
Si él mismo pudiera verse la cara como mira ahora ese pequeño resplandor sobre sus mejillas, si tuviera la oportunidad de escrutar el propio rostro que todos le conocen, el que a veces lo interpela cuando se afeita, se peina o se sube a un ascensor... vería, sin dudas, los rasgos inconfundibles de su propia desorientación.

Ha pasado un segundo.
Se sorprende dueño del tiempo: piensa que dispuso lo suficiente para ensayar lo deseado, repetir la rutina con la perfección de un reloj.
Entonces pensará de golpe que es hora de seguir adelante y como si fuera un semidiós que maneja los hilos de la fiesta a su antojo, se vuelve a sentir feliz: ve detrás de los diminutos flameares anaranjados el horizonte, lejano horizonte, y decide que todos a su alrededor retomen el ritmo habitual.

Que todos súbitamente entren en la oscuridad con él cuando sople la justa cantidad de velitas que señalan su nueva edad.