jueves, 27 de diciembre de 2012

UNA DE INMIGRANTES



Escribe: Joaquín Castellanos
Fotos: Leonardo Vincenti

Flota en el aire la alegría de una tarantela enredada en el reflexivo violín de un tango al que sacuden una repetición rabiosa de palmas de un tablao flamenco. Es apenas un rincón del predio, a la salida de un baño químico, entre el escenario principal y La Fluvial. Y es también un resumen violento pero eficaz no sólo de lo que es la fiesta más popular de Rosario sino de lo que somos los que vivimos en esta ciudad.
Acaso por eso, en parte, Colectividades esté orillando las tres décadas y siga adelante, consolidada como una expresión genuina que camina a la par -nobleza obliga- del éxito comercial sin el que no podría haber cumplido ni tres años.
Como cada noviembre, el Monumento la mira compasivo y acostumbrado. Los autos ya no transitan por ese largo trecho de avenida Belgrano que se volvió  peatonal desde que el sol empezó a amenazar con apagarse y, en compensación, se fueron encendiendo los fuegos de las parrillas y las hornallas de los casi 40 stands. 

La idea es ir por quienes, más allá del colorido y la algarabía de la celebración, justifican con sus vivencias el perfil del inmigrante que se incorporó a la ciudad para siempre. No es por el lado de la boina con los colores de la bandera, ni por el brillo del  kimono o las trenzas montañesas. No está en la cerveza y el chucrut. Menos en el shawarma fileteado por un muchacho que lleva turbante. Lo pintoresco y la evocación más pura se debaten en cada rincón de la feria. Pero el camino a los verdaderos homenajeados está por otro lado. Las fachadas son bienintencionadas caricaturas que solo quieren exagerar las particularidades para atraer a los paseantes.
En todos los casos, los reales protagonistas de la fiesta están del segundo plano hacia atrás, perdidos tras bambalinas, paralelos a los trajes típicos, la gastronomía étnica y los fuegos artificiales.

UNA MATRIOSKA JUNTO AL PARANÁ 


Como una artista que se prepara para dar su show, Tamara Shmagin está en una barraca cerrada al público porque todavía es temprano. Trae puesta una manta floreada y una muñeca rusa bordada en un delantal. Lo curioso es que aún si no llevara esa indumentaria, si tampoco estuviesen alrededor las antiguas fotos familiares de los primeros cosacos que llegaron a Rosario o no asomaran desde un póster las típicas cúpulas acebolladas de las iglesias ortodoxas moscovitas, bastaría escucharla hablar para arriesgar sobre su procedencia. 
“Me marido me trajo engañada, me dijo que las vacas andaban por la calle”, dice, remarcando las eres como erres, como en los malos doblajes al castellano de las películas holliwoodenses de la guerra fría.
Hace más de cuarenta años que llegó a Rosario decidida a acompañar a su marido argentino a quien conoció en Rusia cuando él fue a estudiar allá. La idea era probar, conocer ese lugar exótico del que había escuchado tanto y leído, y que conocía además “por las películas de Lolita Torres”: si le gustaba se podría quedar un poco para ver qué pasaba y si no se volvería a su casa.
La primera impresión de la ciudad fue de fascinación: llegó en pleno corso, en el ‘71, y no podía creer que fueran las 11 de la noche y hubiese tanta gente en la calle, y que fueran las 3 de la mañana, en el regreso a la casa, y todos siguieran bailando como si nada.
“Tenía 28 años. Pero ahora tengo 70 y me sigue asombrando todavía ver, por ejemplo, una verdulería en la calle con 50 colores… no lo puedo creer porque allá, con el invierno crudo que dura de seis a ocho meses, eso no se ve…”, explica.
La primera morada rosarina del matrimonio y su pequeña hija –también nacida en Rusia- fue una vivienda de familiares en Salta e Italia, “una pensión como se acostumbraba entonces”. Hasta que cinco años más tarde pudieron comprar algo propio y “hasta pudimos volver a mi amado país”, cuenta. “Pero ya fuimos sólo de visita. Dicen que el campesino con su terreno y su vaca ya no se va más a ningún otro lado, así que nosotros acá con nuestro techito ya nos quedamos para siempre”, relata.
El acercamiento a la Biblioteca Cultural Rusa Alejandro Pushkin fue otra historia. A su llegada el sitio no funcionaba y había estado cerrado durante 40 años. “Nos acercamos, buscando siempre paisanos, y encontramos gente de Lituania, y  aparecieron referencias: ‘este creo que es ucraniano’, ‘aquel es bielorruso’. Así nos fuimos juntando”, rememora Tamara, cuyo marido es hoy el presidente de la institución que hace ya 26 años que participa de Colectividades.
Ahora se levanta el telón de la barraca y la gente puede acercarse a preguntar. La mujer muestra las fotos en blanco y negro de los que llegaron primero, y la hace una aclaración a este cronista: “ellos vinieron en barco, no como yo que ya vine en avión”.

             UNA ROSARINA QUE NACIÓ EN OKINAWA


En el área gastronómica de Japón huele a sopa. Desde la cocina que está en la trastienda, limpiándose las manos en un repasador, llegará a nuestro encuentro  Katsuko Miyashiro de Shinoma, más conocida por todos en la colectividad con el apodo de Kachán (“mamita”, en castellano).
“Es un poco la mamá de todos nosotros”, había explicado la encargada de la cocina cuando la llamó por su sobrenombre nipón y se sintió obligada a la traducción. 
Kachán es toda sonrisa, muy a pesar de su historia o acaso precisamente por eso,  por haberse escapado de aquel destino por una pelea de otros que la tuvo como protagonista. Nació hace casi ochenta años en Okinawa, y cuando ella cumplió los 7, su padre debió irse a trabajar a Filipinas por lo que toda la familia se fue con él. Eran los días de la ocupación japonesa de esas islas del pacífico, en el Sureste Asiático. Cuatro años después estallaría la Segunda Guerra mundial. Ella nunca más volvería a ver a su padre, alistado en el ejército, y perdería además a otros  seres queridos entre bombardeos y padecimientos que dejara el paso del conflicto bélico. 
Todo lo cuenta Kachán en un esforzado español, a pesar que hace 60 años que vive en Rosario. Pero lo hondo de su relato no necesita demasiado de la sintaxis o la pronunciación. Mirar sus ojos y sentir el clamor de su voz, comunican con una certeza que envidiaría el mejor locutor.   
Revive momentos en que el hambre arrasaba con todo, “viejitos, mamás y nenes, ¿qué culpa tenían de la guerra?”, se pregunta. Y desanda los tiempos en los que salía a robar comida y tuvo que aprender a pescar con lanza. Es un desandar que, asegura, tiene su versión actual en la ciudad. “Ahora cuando veo que anda un chico, hasta un perrito flaquito, voy a casa, hago comida y le llevo”, sostiene. “Hay gente que me dice ‘¿cómo le vas a dar?’. Y yo pasé hambre y sé lo que es eso”, alega.
De pronto, nos lleva de nuevo a su Okinawa natal para contar su regreso a esa isla a los 14 años de edad. Allí se casaría a los 18.
“Mi marido primero llegó acá. Después me llamó y vine. Llegué el 10 de marzo de 1953. Tenía 19 años”, recuerda.
Su suegro vivía en San Luis 1952 y allí puso su tintorería. Después empezarían a llegar los amigos y los parientes.
“Al principio, pensaba en Japón y lloraba, pensaba en Japón y lloraba… pero después tuve chicos y con tanto trabajo un poco me olvidaba”, dice y la sonrisa se le enciende otra vez. 
“Me acostumbre a Rosario. Tengo hermanos en Puerto San Martín, en Gaboto”, señala.
La inmigración es una moneda de dos caras. Tanto por la nostalgia del desarraigo y la dicha de la nueva vida, como por el ir y venir que marca en distintas generaciones de una misma familia. “Mi hijo nació en Rosario y hace 20 años que está en Japón. Ahora vino a visitarme. Y la que se quiere ir es mi nieta: tiene 17 años y es una mezcla –se ríe a carcajadas-: hija de japonesa y alemán. Mitad y mitad”, no para de reírse, Kachán.
“Acá es lindo país –dice y señala a la marabunta de gente que ya está recorriendo  el predio-, tan lindo país… y algunos se quejan”, plantea, con una sonrisa pintada en el rostro que ahora rebalsa de sabiduría.   

LA SIGNORA DELLA PIZZA SFOGLIATTA
Por encima de los anteojos, mientras gira la manivela de la máquina de la pasta, otea el panorama de clientes y curiosos. Es una inconfundible señora abocada a las tareas culinarias de su región, puesta a la vista del público a preparar un plato típico de la región del Lazio.
“Se le pone huevo, un poco de aceite y sal a la harina. Es la misma masa de los fideos. Lleva pasta de chorizo y después se mete al horno”, traduce alguien a una interesada en la receta.
Mariángela Ferreri de Tempesta no habla en cocoliche: lo hace directamente en italiano. Está preparando pizza sfogliatta, una especie de arrollado del que, aseguran en el entorno, puede contar algunos ingredientes o los pasos básicos, pero jamás va a revelar cómo lo hace.
Nació en Corvaro, provincia de Rieti. Y aunque llegó a Rosario a finales de la década del ’50, no dice una palabra en español. Primero se había venido su marido, que ya tenía familia acá, y ella vino después.
“A mí me piace la Argentina”, confiesa, y vuelve a embadurnarse las manos con la carne de chancho que restregará en la masa.
José Luis Di Mauro es el presidente del Centro Laziale y se ofrece para aportar datos sobre el asunto: “hay varias camadas de inmigración en la colectividad, pero hay dos que se destacan más: una que vino entre los finales de 1900 y hasta el ’30, y la última masiva es la de la postguerra. Estos inmigrantes, son un poco los referentes por su perfil en la colectividad, septuagenarios que han llegado corridos por la pobreza. Los paisanos –italianos ya radicados acá- los fueron trayendo al resto y ubicando. La mayoría de los que llegaron de región del Lazio eran campesinos y muy pocos de la zona central, de Roma. Lo que hicieron fue trabajar la tierra, otros los frigoríficos, y otros probaron con la construcción. Pero hoy hay de todo: metalúrgicos, taxistas, amas de casa, modistas. De todo. Son personas que se integraron sin mayores inconvenientes”, explica.
“Mia madre mi ha detto…”, empieza Mariángela su enunciado. Alguien traduce que la mamá le solía decir que si ella se quedaba dos años más en Italia, no hubiera hecho falta que se viniera a Argentina. Pero se vino y aquí vivió más años que en su suelo natal. Al menos como profundo consuelo le queda el haber siguido viviendo en su idioma materno. La distancia es una lengua ilegible para el alma.
“Tome”, me parece entender que me dice, y me da la mujer dos porciones de lo que ha preparado. “Pruébelo y después me cuenta”, adivino que me desafía con  ternura de abuela,

 INMIGRANTES DE AYER, DE HOY Y DE SIEMPRE

Colectividades está impregnada de pasado y nostalgia pero nunca escapa del presente y siempre filtra referencias muy actuales de los pagos lejanos y añorados. Este año la nota insoslayable fue la crisis europea que puso a las comunidades inmigrantes locales al otro lado de la ayuda histórica que siempre les han tendido los gobiernos de los pueblos de origen, ahora necesitados de cooperación. Principalmente las colectividades italianas y españolas se destacan posibles nexos entre aquellos que buscan desde el viejo continente nuevos horizontes para trabajar o estudiar. En algunos casos, aunque prefieren todavía no darlo a conocer, se están desarrollando acuerdos con familias, empresas e instituciones de la ciudad para facilitar la llegada de sus paisanos.
Un ejemplo muy gráfico del reflejo de la coyuntura política mundial es el del espacio de Catalunya en la feria donde una gigantografía muestra las recientes marchas de Barcelona por la independencia. Pero de la puesta al día no escapa tampoco el olimpo de los ídolos: en otro sector se ha reemplazado al sempiterno Joan Manuel Serrat para poner a un rozagante Lionel Messi con la camiseta blaugrana.



 LA VUELTA AL MUNDO EN 80 METROS


Para entender la magnitud de la mixtura que yace en la sociedad rosarina basta recorrer atentos el parque durante la feria. En el lugar menos pensado las historias de inmigrantes tuercen la mano de lo prefabricado para la ocasión en la pulseada de Colectividades.
Un hombre vende sus artesanías de madera dentro del stand de Alemania.
_ Yo nací en Alemania pero vivo acá hace 27 años. La culpa es de las mujeres.
_ ¿Se vino siguiendo una pollera?
_ Exacto. Y tengo dos hijas: una de 32 y otra de 30. Ya estoy por ser abuelo.
Más allá, un hombre revuelve la paella detrás de un mostrador con los colores de Catalunya. Tiene los ojos clarísimos y la piel como la nieve. Es descendiente de croatas pero está casado con una integrante del Centré Catalá y para la celebración siempre ha trabajado en ese puesto.
“La sangre se fue licuando, ya hay tercera o cuarta generación”, sostienen desde la Sociedad Libanesa.
Los empleados de casi todos los stands, en su mayoría, son hijos, nietos y hasta 
bisnietos de inmigrantes. “Es una forma de preservar las costumbres sin olvidar que somos argentinos”, dicen.




lunes, 3 de diciembre de 2012

PAUSA

La sucesión de ocupaciones recalienta el bocho y el recreo se vuelve una necesidad imperiosa. En pocos otros sitios he encontrado enredadas en un baile pródigo a la calma y el frenesí, la evocación y la esperanza. En pocos sitios, decía, que no fuera el mar sonoro de un tango tocado por la inconfundible orquesta del Maestro. 

De yapa, la entereza de un hombre inquebrantable al que la coherencia lo volvió estampita pagana. En vez de apretar las manos frente a ningún altar o imagen sacra, se recomienda soltar bajita la melodia y ofrendarle como única reverencia el cerrar los ojos. Vale marcar apenas el ritmo con la suela, y disfrutar, por sobre todas las cosas. Es opción del escuchante regresar después al mundo cotidiano en el que esperan los papeles del trabajo, las ventanas con nubes y el obstinado latido del reloj que ahora escupe su conteo aunado con el repiquetear de la lluvia.


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Este domingo 2 de diciembre, el enorme Osvaldo Pugliese hubiera cumplido 108 "pirulos" -como le gustaba decir a él. En medio del glamour y los despilfarros de todas las épocas, sigue apareciendo para siempre con su pasito lerdo hasta llegar al taburete frente al teclado. Lo vemos eternamente en el gesto de arrugar la nariz para sacudir los lentes levemente antes de entrar en trance ahí a un costado del resto de los músicos. Un laburante que para la ocasión le han puesto esmoquin y moño pero que al oirlo se le empiezan a ver las pantuflas de entrecasa, el overol, y el sudor de los que se levantan temprano.  

jueves, 29 de noviembre de 2012

PIFIAS

Son fuente permanente de consulta para los periodistas que no contamos con la estructura necesaria para cobertura y producción integral de los hechos noticiosos. Igual que nosotros, se rompen los ojos contra el monitor más horas de las recomendables. El caso no es la burla, sino la gracia que genera como lector toparse con este tipo de errores de tipeo que se publican en medio de la vorágine informativa. Es la sonrisa que provoca el cambio de sentido. 


PIQUETERO Y GOLEADOR
Se sabe que los reflejos son fundamentales para manejar pero hay situaciones viales en las que se requiere además de cierta destreza bajo los tres palos. El ejemplo es el de este conductor que además de chocar con el auto en el que iba el piquetero, le llenaron la canasta.
(INFOBAE.COM - 2 DE NOVIEMBRE DE 2012)

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FÚTBOL TRASNOCHE 
Que Grondona hace abuso de poder, se sabe. Pero que tenga el desparpajo de mandar a un equipo del interior a jugar a cualquier hora... La televisión manda y los partidos se juegan cada vez más tarde, relegados por la planilla del rating. Además de táctica y concentración, el Tata Martino habría recomendado a sus jugadores hacerse una buena siesta.

martes, 20 de noviembre de 2012

LA CANCIÓN INOXIDABLE


Y mientras la opresión se las sigue ingeniando para disfrazarse de muchas cosas, el interminable trovador continúa con su arma encordada, con una pata en la silla, solo, debajo de una lucecita que lo baña; acribillando de poesía a los necios. En la oscuridad que lo escolta se presienten cientos, miles, millones de personas: algunos ni siquiera lo escuchan ni saben que ellos mismos viven dentro del ancho ombligo del madero melodioso que antepone entre su persona y el público.
Paco Ibañez susurra pero no deja de decir con firmeza -gritar nunca, le convido Yupanqui, "porque el que se larga a los gritos no escucha su propio canto". Su canción es una áspera pero dulce gárgara que alivia los pesares contemporáneos: los versos de selectos vates se revuelven en la garganta, tironeados para adentro por su corazón de casi ocho décadas y los oídos predispuestos o casuales que den con su trova.
Quevedo; Neruda, Alfonsina Storni, Nicolás Guillén y Góngora; Goytisolo, Lorca y Machado; Gabriel Celaya, Atahualpa Yupanqui y él mismo. El escenario que parecía grande, canción tras canción  le va quedando chico.
Sin complot pero con andar sistematizado, el desencanto suele andar por el mundo cambiando sus caras, su voz, su estrategia. Paco Ibañez es un eterno contrapunto, poesía en mano, un ajedrez ajeno a la revolución tecnológica y los fuegos de artificio: va de negro: camisa, pantalón, zapatos; la melena bohemia deshecha por el eco de su canto. La canción inoxidable persiste en los tiempos en que Verne, Asimov y Bradbury soñaron que seríamos robots. Acaso a quienes asistieron al Parque España rosarino para verlo anoche, hoy les cueste volver al mundo habitual de números, puteada vacía y noticiero. Tal vez les retumbe en el amanecer el rasguido final de cada canción. Y Paco -cien, mil veces en sus mentes de nuevo día-, Paco dé ese característico paso hacia atrás y levante la guitarra como a un trofeo.
Esa imagen, esa cosquilla o brisa o alarma, será suficiente para mantener el caprichoso equilibrio del universo.     


                                                Palabras para Julia (José Agustín Goytisolo)

lunes, 12 de noviembre de 2012

SOS GARDEL



Si algo le faltaba a Carlitos
para su consagración total
era un pasado de delitos
y vida oscura de arrabal.

Le han hecho bien al mito
los buchones de la Federal
y el bocina que lo ha escrito
como exclusivo material.

Se jactan del deschave
y no saben, pobres tipos,
que no hay nada grave
en haber andado con hipo.

Estafa es vender como actual
un rumor feroz de 100 años.
La gayola es decorado ideal
para saberlo hampa de antaño.  

La mueca intacta, sonríe y lee
el bronce del morocho cantor:
la gente se entera y todavía cree
que cada día canta mejor.



domingo, 11 de noviembre de 2012

“No puedo dejar de amar la política si me interesa la salud pública”


Foto: Rosario/12
Este fin de semana a los 50 años de edad murió la doctora Débora Ferrandini, ex secretaria de Salud de la provincia durante la gestión de Hermes Binner.
En 2009 se la vio mucho en los medios por ser la cara visible de las crisis sanitarias de la gripe A y el dengue.
Por aquellos días, el tema del momento demandaba sus explicaciones aunque no todos las  querían escuchar. Con la ventaja que da la revista mensual por sobre los formatos diarios que corren sin tiempo para pensar, escuché a la entonces viceministra hablar de algo más que pánico y cifras, que era lo que poblaba las noticias.
Me acuerdo que le dije, inocentemente y como un comentario fuera de micrófono,  “qué momento para ser funcionaria de Salud…”  
Su respuesta cambió el rumbo de mi nota.
“No. Este es un momento de algún modo interesante: insume una alta dosis de  energía, de reflexión y de acción combinadas al mismo tiempo. Y pone en la agenda pública problemáticas de salud que son colectivas en su producción y que deberían ser igual en las estrategias para enfrentarlas, aunque confronte con una lógica individual y consumista de la práctica médica, instalada en la sociedad y en los profesionales de la salud.”
Ella determinó entonces para qué lado iría la charla.
“La gripe A es una epidemia que viene de la mano de nuestro modo de vida moderna, y vemos que toda medida colectiva que se recomienda desde los ministerios tiene una gran resistencia; y a diferencia del dengue, la gripe A H1N1 viene afectando sectores medios y altos. Por esa clase social entró al país, y acaso por eso ha sido difícil implementar medidas de salud colectivas que la comunidad afectada asumiera responsablemente. Se ve muy minimizada la capacidad social de organizarse para esto”.
Ese día de lo menos que hablamos fue de aquellas epidemias “de moda”.
Aborto, adopciones irregulares, la salud pública y privada, entre otros tantos temas. Todo bajo la mirada humanista de una mujer que entendía la medicina como un posible modo de cambiar el mundo.  
“No puedo dejar de amar la política si me interesa la salud pública –me dijo- porque entiendo que la práctica en salud es una práctica política. Si bien no tolero la política reducida a la disciplina partidaria, y no vengo de la militancia, entiendo que la mía es una práctica esencialmente política. Y entiendo como tal cualquier práctica en salud. Así como también está el médico que responde a la demanda de sus pacientes de estratos sociales altos, porque si no se queda sin clientela. Eso es una política de defensa del mercado como valor. Por lo tanto, está claro que nuestra práctica instituye valores en la sociedad, y eso es una práctica política”.
Ferrandini no trabajó en otro ámbito de la medicina que no fuera la salud pública.
Durante una década y media se había desempeñado en el sistema sanitario municipal: dirigió el área de Centros de Salud y estuvo al frente de la Gestión en Atención Primaria, además de enseñar en la UNR. Después llegaría la oportunidad de ocupar un lugar clave en la cartera de Salud provincial.
“Yo me enamoré de la salud pública al ver las limitaciones que en algún momento de la carrera uno empieza a sentir como un fracaso por lo que son las prácticas individuales. Como médica de guardia descubrí que uno tiene un enorme poder hasta en el modo en que abre la puerta para hacer pasar o no al paciente que espera. Una vez, un director del hospital me dijo: usted tiene la culpa por dejar pasar al paciente… si este hombre no entraba, no tendríamos este problema ahora”.
Siendo viceministra del socialismo no dudó en salir a defender el “efecto revolucionario” de la Asignación Universal por Hijo, una de las medidas sociales más profundas del gobierno nacional. Eso fue un poco el inicio de una salida anunciada del cargo provincial y el paso necesario para su acercamiento a Carta Abierta, el colectivo intelectual que adhiere al kirchnerismo.
Era hija de un italiano que llegó a Rosario en la posguerra y de una enfermera que se recibió de cirujana a los 56 años. Esa impronta, me confesó, le sirvió para obtener su título en la Facultad de Medicina de la UNR: “egresé a fuerza de ser hija de inmigrantes, que terminan todo lo que empiezan”, dijo.
De chica quería ser escritora pero los preceptos sociales le dictaron eso de “hacer algo útil”: en el imaginario familiar, la literatura era algo para disfrutar pero que no daba de comer. Soñaba con que al final de su carrera, “en los días de su jubilación”, decía, la esperaría la poesía.
En esta hora gris me he tomado el atrevimiento de recordarla en voz alta, sin la menor duda de que su vida ha sido acaso ese poema imposible que tanto añoraba escribir.

viernes, 9 de noviembre de 2012

FONTANARROSA CONTRAATACA


Escribe: Joaquín Castellanos
Fotos: Sebastián Granata

“Llegaban de todas partes. Como un malón enceguecido por la furia de cinco años de espera, una nutrida columna de reprimidos lectores dejó calle Corrientes para tomar por peatonal Córdoba en dirección a Ross. Desde el otro lado, con un entusiasmo menos exteriorizado pero con similares ansias, otra horda igualmente vengadora avanzaba a paso firme hacia la librería céntrica permitiéndose las pausas suficientes para el avistaje de algunas minas. No dejaron ni que el empleado más puntual metiera la llave en la cerradura: ordenadamente hicieron estallar la vidriera y a los tirones se fueron quedando con los libros.
“Algunos rezagados lloraban con las manos vacías a la par de los curiosos desconcertados que se iban arrimando al quilombo para ver si por lo menos podían ver algún herido. 
“ – En HomoSapiens todavía quedaban algunos…”, recomendaba uno que cargaba celosamente un ejemplar de El Área 18, otro de No sé si he sido claro, y medio de La mesa de los galanes”.
Nos hubiera gustado que fuera así. Pero el 22 de octubre de 2012, cuando finalmente Fontanarrosa tuvo luz verde para regresar a los anaqueles, la ciudad lo recibió tibiamente. En parte, acaso fuera por esa doble ausencia que marcó la partida: su desaparición física y la de su obra, rehén de un conflicto judicial entre sus herederos.  

FONTANARROSA VUELVE
            Compartiendo escaparate con éxitos comerciales de autoayuda y biografías faranduleras, los cinco primeros títulos de la obra del Negro que reeditó Editorial Planeta aparecieron una mañana detrás del vidrio, mirando hacia la calle.
            Pese al anuncio propalado por los noticieros, a muchos los sorprendió que ya estuvieran a la venta esos libros que se fueron volviendo inconseguibles.
            “La gente se desacostumbró. Han preguntado tanto acá por los libros de Fontanarrosa y los hemos bochado tanto, que ahora no digo que no se acuerden, pero es como que se calmó mucho, demasiado se calmó la cosa…”, explicó un empleado de El Cairo, donde también se venden los reaparecidos cuentos y novelas del autor rosarino.
Aunque Rosario era prioridad, desde la editorial no mandaron la cantidad prometida porque no alcanzó para repartir en todo el país por la demanda que recibieron de los comerciantes del rubro. En apenas dos de las principales librerías locales, tras los anuncios previos en redes sociales y medios convencionales, y de promociones especiales, sólo el primer día del mentado regreso se vendieron más de 50 ejemplares de cada uno de los cinco títulos, aunque también se registraron más de 40 reservas solicitadas.
“El Negro se fue en su mejor momento. Lo del Congreso de la Lengua fue muy importante, como todos los reconocimientos que vinieron después en organismos públicos y privados. En sus últimos años, su obra llegó a estar en las cabeceras de las mesas de las librerías no sólo del país, sino de Latinoamérica y de España”, dice el empresario editorial Perico Pérez.
Pero esa consagración, a diferencia de la mayoría de los casos en donde la muerte vende discos, películas y libros por sí misma, no prosperó para Fontanarrosa por desavenencias entre sus deudos, quienes recrudecieron sus desencuentros cuando el autor ya no estaba sino apenas en sus dibujos, sus cuentos y sus novelas.   

ESCRITO POR LOS HEREDEROS
Como si se tratara de una novela póstuma, lejos de ser otra pieza cómica, sutil y costumbrista, Fontanarrosa legó al público una historia deslucida que se ambienta en Tribunales, en donde en vez de ocurrencias e ironía hay enfrentamientos y demandas que, ya sabemos, no hacen reír a nadie.
La escriben sus herederos, sus amigos y el entorno.
Desde que la viuda y el hijo del humorista llevaron el caso a la Justicia hace cuatro años, nadie tiene rostro ni nombre. Todos aportan indicios y despistes, chismes y datos judiciales, certezas y elucubraciones.
“Parece una película. Si uno se fija un poco, empieza a aparecer quién es quién en esta historia. Quién va para un lado y quién va para el otro”, advierte sin demasiado detalle alguien que frecuentó mucho al extinto escritor y que se declara cansado del asunto, pero feliz de ver los libros otra vez en la calle.
El conflicto late desde el 22 de noviembre de 2006, cuando Franco Fontanarrosa obtuvo la cesión de derechos de autor de su padre, lo que lo transformó en único dueño de “la propiedad intelectual sobre todas las obras literarias y artísticas que se encuentren publicadas hasta 2002, (año en que inició la nueva relación de pareja del autor)”. De ese año en adelante, el muchacho seguiría siendo el titular de la obra pero con el reconocimiento de regalías por la venta de los libros a favor de Gabriela Mahy, segunda esposa de Fontanarrosa, además de otros beneficios como el reconocimiento del 100 % de la titularidad de dominio del departamento de avenida Wheelwright, que ocupó la pareja hasta el fallecimiento del Negro.
Los tres firmaron ese documento dos días antes de la boda en un hotel porteño ante un abogado, para luego ratificarlo ante escribano público.
Pero tiempo después, hacia 2007, surgiría un inconveniente: ante la posibilidad de un trabajo ofrecido al dibujante para participar de la película animada Martín Fierro, el propio autor le debe pedir autorización a Franco para firmar contrato sin problemas. A través de una adenda, se da el usufructo de los bienes para que su padre acceda a los derechos ya cedidos bajo la figura de usufructo. La operación se hace sin dificultades; sin embargo, el abogado de Mahy sostiene que hay que nulificar la cesión de derecho realizada, y se empieza a insistir a Fontanarrosa para que firme un nuevo documento. En principio, conmovido por lo que le señalan, el escritor parece ceder preocupado a replantear la situación pero termina por dejar todo como estaba.
“El Negro vivía por el hijo y ya sabía lo que estaba pasando”, dice uno de los personajes de los cuentos en su versión de carne y hueso, indignado con lo que lee en los diarios. “Una semana antes de morir, le estaban aplicando células madre en el sanatorio Americano y le seguían insistiendo para que firme”, señala.
A pesar de todo, Fontanarrosa murió sin firmar nada.
Ése es el núcleo del litigio: el motivo principal de la disputa entre viuda e hijo. Aunque vendría mucho más.

LLUVIA DE DEMANDAS
A la semana siguiente de la muerte del creador de Inodoro Pereyra, Mahy inicia la sucesión y se declara “administradora judicial” de dicho trámite.
Después, la viuda demanda ante el Juzgado Civil y Comercial Nº 12 al hijo del escritor por 303 mil pesos, aduciendo que el joven se había quedado “con todo el acervo cultural bajo presión, por los próximos 70 años, tal como establece la ley 11.723”. El planteo cuestiona la legalidad del documento firmado en 2006 y Franco decide no renovar contrato con Ediciones De la Flor, casa que publicó toda la obra de Fontanarrosa desde 1974. Desde noviembre de 2007, los libros ya no se reimprimen, pero la editorial sigue comercializándolos hasta mayo de 2008.
El vencimiento de los contratos que Fontanarrosa firmó con su histórica editorial,  impidió que se reimprimieran los 75 títulos que formaban parte de su obra, aunque las regalías por las ventas de los libros desde 2008 –los que quedaron en el mercado tras su muerte– alcanza los 350 mil pesos, y están en un depósito judicial hasta que la Justicia decida la situación de los herederos.
Por esa razón, Mahy denuncia una vez más que ese parate de ediciones de la obra "produce un daño económico disminuyendo el valor de la obra, y privándola de las regalías que le corresponden por haber sido su esposa".
El caso Fontanarrosa ya es una bola de nieve judicial que no va a terminar ahí. El primer intento de acercamiento de posiciones fue en noviembre de 2011, sin buenos resultados y con un pase a cuarto intermedio hasta seis meses después.
En abril de este año, poco antes de la llegada de una nueva audiencia, en medio de la controversia, Daniel Divinsky, el editor histórico de Fontanarrosa, decide lanzar Negar todo, el libro póstumo de cuentos de Fontanarrosa pero desconociendo a Franco como custodio de la obra de su padre, y acordando con la viuda para llevar adelante la publicación.
Una nueva medida judicial del hijo congela la salida del libro inédito por lo que dos nuevas demandas caen sobre él: una del editor y otra más de Mahy.
En medio de la lluvia de denuncias cruzadas, el juez Fabián Bellicia llamó entonces a conciliación y suspendió todos los procesos, con un pedido principal: “que la obra se publique”. Una vez más no hubo acuerdo, pero en algo parece haber avances.

EL REGRESO ESPERADO
Esta vez, sin la existencia de pacto explícito alguno, las posiciones se encontraron bastante, aunque no sea en la cuestión de fondo.  
“En este momento –decía hace seis meses Soledad Álvarez, abogada de Mahy, en declaraciones periodísticas–, no hay ningún impedimento legal que prohíba que la obra esté en la calle. Eso obedece a la exclusiva voluntad de Franco Fontanarrosa, porque la titularidad formal la tiene él”.
Por eso la noticia del contrato con Planeta es una buena nueva para los lectores pero, en parte, también lo es para los herederos.

“Franco, con el derecho de publicar y todo, se negaba a hacerlo porque no quería que la gente pensara que quería ganar guita –aseveran desde el entorno del hijo del escritor–; cinco años se cagó de hambre. No hubo acuerdo pero Franco decidió publicar pese a un contrasentido que viene padeciendo: si publica algo –en 2007 acordó con Illusion Studios para la realización de la película de animación de Boogie, el aceitoso– y ella (Mahy) le metió una demanda, y si no publica nada, le mete demanda por daños y perjuicios porque le impedía cobrar regalías”, dicen.
Finalmente, dijo basta. Fontanarrosa vuelve a las librerías.
Sin más vueltas, Franco se metió en Editorial Planeta y estuvo trabajando a la par de los editores para sacar “un perfil y unas características estéticas extraordinarias”, aseguran, y a su modo lo atestiguan los libros ya apilados para la venta. También acudió a grandes artistas para los diseños de portada.
Dicen que ya no le importa tanto lo que se preveía: esta decisión le trajo una nueva demanda judicial.
“Está en estado de hipnosis, dice que no puede pensar en otra cosa. Siente que cumplió con su viejo y que lo demás no le importa nada”, señalan.
            “No hay resolución judicial todavía. No hubo acuerdo y aparentemente las partes actúan según lo que consideran tener derecho”, explicó el juez de la causa.
            El placer de leer a Fontanarrosa y reírse solo, por ejemplo, arriba del colectivo y corromper la paz y la amargura del transporte urbano de pasajeros, no tiene representante legal pero ha triunfado. Así como ganó un poco también el Negro y sus sencillas pretensiones: “No aspiro al Nobel de Literatura. Me doy por muy bien pagado con que alguien se me acerque y me diga: me cagué de risa con tu libro”.



 Negar todo
Los días con y sin Fontanarrosa fueron desdibujando a la célebre Mesa de los Galanes de El Cairo. Si la vida se ocupó de esa tarea, el litigio por las pilchas del queridísimo difunto también hizo lo suyo. Acaso heridos porque los herederos eligieron otro tribunal y no a ellos para resolver las diferencias, muchos integrantes de aquella mítica secta de café pasaron a la clandestinidad.
            Por eso tal vez, más de uno se exasperó al leer en los diarios las vergonzosas declaraciones dolidas e hirientes de Divinsky sobre el hijo escritor: “Obviamente, no pudo obligar a su hijo a seguir su decisión: los talentos y los afectos no se heredan”, soltó el editor.
            El hervor de la sangre de algunos los llevó a preguntarle a Franco si no le pensaba responder, pero éste, parco y de perfil bajo, fiel al estilo fontanarrósico, acaso desmintiendo desde el silencio al disgustado dueño de Ediciones de la Flor, optó por no decir nada hasta tanto la Justicia se expida.
“Es cierto que Divinsky fue el editor histórico de Fontanarrosa, como es real lo de la amistad más allá de lo laboral. Pero también es cierto que Divinsky era un pícaro bárbaro y que cuando falleció el Negro, al enterarse de la sucesión en trámite, el editor va crudo a la viuda y entabla una negociación directa con ella”, comenta uno de los que pretende empatar con sus declaraciones “el despropósito de los que escuchan solamente la campana que más ruido hace”.
El hecho figura en la causa: Mahy firmó el 27 de febrero de 2008 como “administradora judicial de la sucesión” un acuerdo con Ediciones de La Flor para la publicación del inédito Negar Todo, una veintena de cuentos que en el marco de las controversias y las sospechas, algunos hasta se animan a poner en duda la autoría de Fontanarrosa.
            “Son veinte cuentos que me mandó por mail tres días antes de morir. Tres, me dijo él, estaban listos: el resto necesitaba un pulido”, publica el diario porteño La Mañana que aseguró Divinsky.
            “Franco debe impedir que se atribuya a su padre obras que eventualmente puedan ser de terceros, por el solo hecho de vender y ganar dinero”, rezan los abogados del hijo.
Hasta ahora, uno de los privilegiados en poder asomarse al texto es el juez que lo incorporó a la causa por el litigio. Los que saben dicen que es lo más desopilante de ése y otros expedientes.


::: Este post es parte de la nota publicada en el número aniversario de la revista Rosario Express :::

viernes, 2 de noviembre de 2012

CIERTAS PREGUNTITAS SOBRE DIOS



Escribe: Joaquín Castellanos
Fotos: Leonardo Vincenti

“A veces hay cosas que creemos porque nos dicen que hay que creer pero no somos capaces de creérnoslas…”, enuncia. Lo curioso es que buena parte de lo dicho hasta ese momento parece más un sermón que la ponencia de un pensador. En el escenario no hay demasiado ornamento y eso es un indicio. Nada de pompas ni liturgia alguna. Sólo ese hombre, apenas encorvado en una silla, que se arrima al micrófono y habla.
“¿Qué madre hay aquí que cuando da a luz a un niñito o a una niñita comprende que le digan que su dios no le quiere todavía porque no es aún un hijo o hija de Dios, porque está en pecado? ¿Hay alguien que sea capaz de pensar así?”, retumba la voz que sopla eses, ces y zetas correctamente diferenciadas. 
Apenas un puñado de personas lo escuchan en silencio. 
“Todos somos teólogos. Todos tenemos derecho a pensar. Todos…”, insiste, y prosigue: “Si estás bautizado y eres una persona ya consciente, más o menos adulta, tienes que pensar tu Fe. Lo fundamental de la Fe. Y no tener nunca miedo a hacer preguntas, a sacar conclusiones, a plantear nuestras dudas, a buscar nuestras soluciones con la cabeza. Así se evitarían muchas tonterías…”
Se llama Andrés Torres Queiruga y es un teólogo muy particular. Ha despertado la polémica hacia dentro y fuera de la Iglesia católica: para los más conservadores es lisa y llanamente “un hereje”, mientras que para los creyentes desilusionados con las políticas eclesiásticas es una oportunidad para “el cambio inevitable” hacia una institución moderna más abierta y más clara.


CREDO POSITIVO
Su mirada de la Fe es diferente y no es el único que así lo ve. En todo caso, pareciera que le pone voz a una sensación colectiva que por desilusión de las herméticas posturas religiosas que se alejan sin pudor del mundo actual, va prefiriendo cada vez más un credo personal y sin intermediarios.
Su enfoque tiene rasgos irrefutables: el sentido común participa de la reflexión, el credo no choca con la realidad sino que la contempla, participa y se busca en ella.
Y algo más: se despoja de lo negativo para construir. No hay castigo, no hay culpas, no debe haber miedo. Hay responsabilidad, misión de amor, necesidad de hacer el bien.
"Torres Queiruga está haciendo una obra extraordinaria porque está repensando toda la teología –explica el biblista Ariel Álvarez Valdés, responsable de la llegada del especialista al país. 
“Él parte de un principio del que todos nos damos cuenta, y es que nuestra forma de entender la religión y entender a Dios, hoy es obsoleta. Hay muchas cosas que ya no deberían decirse como se dicen, entonces él está repensando todos los temas: la Creación, la Resurrección… Y bueno, toda persona que va abriendo caminos nuevos en la Iglesia no es bien vista por la jerarquía, y eso ha pasado en Rosario”, sostiene el organizador.

OTRAS VOCES, 
OTROS ÁMBITOS
Hasta veinte días antes de la charla, se anunciaba en algunos sitios web religiosos que “el renombrado teólogo español” daría una conferencia “en el Salón de Actos del Colegio Ntra. Sra. del Rosario – Hnos. Maristas”, de Oroño 770, por invitación de la Fundación para el Diálogo entre la Ciencia y la Fe, de Álvarez Valdés. Pero un día, todo quedó en la nada.
Fechada el 28 de septiembre, una nota de prensa del Arzobispado de Rosario irrumpía con la fuerza de un mandamiento para suspender la actividad: “Monseñor José Luis Mollaghan comunica que dicha entidad civil no tiene ninguna autorización para organizar cursos o promover conferencias acerca de la Doctrina católica en un colegio o en una institución católica de la Arquidiócesis”, alegaba  el comunicado, informando sobre las diferencias entre la Doctrina de la Iglesia y el escritor español, y dando cuenta de la debida advertencia hecha a las autoridades de la escuela y de la orden en el país.
En su momento, el propio afectado lo supo resumir magistralmente: “No me cuestionan por lo que digo sino por decirlo”.
“Teniendo en cuenta la Notificación de la Conferencia Episcopal Española (30.III.2012), y en particular de la Comisión episcopal para la Doctrina de la Fe, sobre los escritos y tesis del Profesor Andrés Torres Queiruga, el Arzobispado de Rosario no aprueba ni autoriza que el referido profesor dicte conferencias sobre la doctrina católica en la sede de un colegio o institución católica; dado que sus enseñanzas no siempre son compatibles con la interpretación auténtica que ha dado la Iglesia a la Palabra de Dios escrita y transmitida", agregaba la nota de la curia local.
Luego de conocida la noticia de la desautorización en Rosario, el propio teólogo se ocuparía de echar luz en el asunto desde Santiago de Compostela, España, ya que la noticia –aunque sin hacer demasiado ruido– había dado la vuelta al mundo.
“Alguien denunció desde aquí (España), desde esas cloacas internéticas, siempre sementando odio e invocando el nombre de Dios; y un obispo que desconoce de todo esto, prohibió el local, contra el parecer de los maristas. La conferencia se realizará en otro lugar”, declaraba el filósofo en cuestión al periódico La Voz de Galicia. 
El miércoles 17 de octubre, en pleno Empalme Graneros, el auditorio del Centro Municipal de Distrito Noroeste de Provincias Unidas y Junín recibió al filósofo católico y a un grupo de interesados en escuchar su singular enfoque teológico.
            Los pibes que jugaban a la pelota adelante del edificio creyeron que adentro había un acto político. No le erraron tanto.
La conferencia se tituló “Cómo repensar la creación de Dios”.


RELIGIÓN “DESTEMPLADA”
            Además de la charla en Rosario, fuera de jurisdicción episcopal, en una misma semana Torres Queiruga dio otras cuatro conferencias en el país: dos en Buenos Aires (una en un colegio religioso de La Salle, con el tácito “permiso” del Cardenal Bergoglio, “conocedor de que no pesa condena alguna contra el cuestionado teólogo ni su obra”, según fuentes porteñas), y dos en Santiago del Estero (ambas en un reconocido hotel, por estar “desautorizado” por la Iglesia también en esa provincia).
            En un aparte con este cronista –aparte de la concurrencia, porque la cobertura periodística de su visita se limitó a un par de cronistas: apenas un servidor y un colega de un semanario local–, Torres Queiruga se mostró cauto y hasta acostumbrado a esta especie de proscripción a medias que padece desde hace ya algunos años, aunque acentuado en febrero con la Notificación que lo aleja de espacios católicos para exponer sus ideas.  

            ¿Qué siente por estar hablando en este lugar, fuera del ámbito religioso propuesto inicialmente y que la Iglesia local le negó?
            Lo tomo con mucha calma. Por eso mismo comprendo que las mentalidades son distintas aunque me parezca que no sea esto lo correcto. Como puedo seguir hablando, puedo seguir anunciando el evangelio y hacer teología, que es mi vocación… ya no sé hacer otra cosa. Procuro centrarme en lo que debo hacer y lo otro mantenerlo muy en la sombra, muy de lado. No quiero parecer una persona amargada y agresiva. A mí me gusta construir en paz y con tolerancia.
            – ¿Le preocupa la falta de diálogo alrededor de la Fe?
            – Es que la diferencia no está en la Fe, está en las interpretaciones. No toda interpretación es legítima, pero una pluralidad de interpretaciones es legítima e inevitable. Aunque quisieran, no todos los teólogos pueden ponerse de acuerdo en la explicación de la Fe. Una cosa es creer en la Resurrección como yo creo con todo mí ser, y otra es el modo de explicarla. Hay distintas opiniones, y puede haber alguna que se salga… pero eso forma parte también de la esencia de la Iglesia desde el comienzo. Los cuatro evangelios tienen cuatro teologías distintas. San Pablo es distinto de Santiago, y San Juan es distinto de los Sinópticos, gracias a Dios. Porque esa es la riqueza plural de la Iglesia que hace una sintonía siempre que la mantengamos dentro del respeto y de la búsqueda de la comunión en lo profundo. Como decía San Agustín: La libertad hace lo que es discutible.


PENSAR PARA CREER
Cuando termine la conferencia habrá espacio para lo que generalmente se conoce como “preguntas del público”. Será un rato largo –más aún que la  disertación del especialista–; casi una hora de charla con especial participación de los que fueron a ver al teólogo. 
“¿Qué piensa del Infierno?”, preguntará tímidamente un muchacho desde su butaca en el centro del auditorio.
“¿Y qué piensas tú?”, lo invitará Torres Queiruga. “Empieza a discurrir desde el Dios que nos está creando por amor… Haz aquí teología…”, agregará. 
El joven va a ensayar una explicación personal apretada por los nervios. El escenario pasará a segundo plano y todas las miradas irán sobre el muchacho, rodeado de personas que lo oyen atentamente reflexionar en voz alta.
Algo poco visto en ámbitos religiosos. Algo que acaso explique en parte cuáles puertas y por qué, se cierran a este tipo de charlas. 


:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::(Este post es parte de la nota publicada en el número aniversario 
de la revista Rosario Express que a partir del 7 de noviembre estará en los kioskos)
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