viernes, 3 de febrero de 2012

EL CORAZÓN EN LOS PUÑOS


Escribe: Joaquín Castellanos
Fotos: Leonardo Vincenti

“El boxeo es una actividad cruel. Es arriesgar tu vida cuando subís a un ring si no estás bien físicamente. Pero es también un elemento que te puede marcar. Porque el boxeo, en definitiva, es caerse, levantarse, presentar lucha, esquivar.  Cosas que hacés en la vida. Mecanismos defensivos para afrontar un problema”.
Detrás de un pocillo de café, Néstor Giuria ensaya una definición del deporte que alguna vez fuera uno de los más populares del país y, a su vez, siempre cuestionado por los que ven en la disciplina solamente un acto de violencia.
El hombre sabe de lo que habla. Su carrera periodística se ató al ring para siempre desde que un día, trabajando para el diario Crónica, lo mandaron al Luna Park. Más tarde, ya radicado en Rosario, desde 1977 fue el relator de las peleas por Canal 5 durante 18 años.
Es palabra autorizada para abrir la puerta a aquella y esta reciente historia del box como una actividad que sufre una extraña decadencia en la que desde hace décadas parece que siempre está por desaparecer y, al mismo tiempo, se mantiene más vigente que nunca en los rincones más insospechados adonde alguien se calza todavía los guantes soñando con ser campeón.



LA REVANCHA A LAS PIÑAS
“Yo he conocido chicos en el viejo Ñaro Boxing Club de Saladillo que no tenían ninguna pinta para el boxeo…” dice Giuria. Y cuenta una escena que se repetía en la legendaria “fábrica” de boxeadores de la zona Sur de la ciudad.
_ ¿Y estos pibes? -preguntaban los que frecuentaban el lugar.
_ Dejálos. Se entretienen –decían, con aires de distracción, los viejos maestros.
Uno sabía que iban por tres cosas –explica el especialista en boxeo-: después de entrenar había un mate cocido para todos, les permitían bañarse con agua caliente y tenían la posibilidad de socializarse: alguien les preguntaba cómo andaban (cosa que no escuchaban en  otro lugar). Muchachos que llegaban de situaciones difíciles, de la miseria absoluta. Y… el que llegaba a boxear lo hacía por una sola cosa: el hambre. Podía ser hambre de gloria pero por lo general era  el hambre de no tener nada en la panza”.



Y EN ESTE RINCÓN…
Era lustrabotas y canillita. Cuenta que habrá tenido diez años cuando por primera vez lo llevaron para ser boxeador de Gallo Ciego: el show consistía en juntar a cuatro chicos de similar estatura y pesaje; se los ponía a cada uno en una esquina del ring con los ojos vendados, se los mareaba y los empujaban a pelear al medio.
La paga era una Coca Cola, “un sánguche de chorizo” y “el cocinero” (cincuenta centavos que alcanzaban para comprar algo que cocinar y comer).
De la parada que frecuentaba frente a la cancha de Unión de Santa Fe, a comienzos de los 60 se lo llevó Amílcar Brusa para que practique boxeo.
Hugo Villerán, ex campeón argentino y sudamericano, fue compañero y sparring nada menos que de Carlos Monzón. Hace dos años que enseña boxeo en Las Heras, en Balcarce entre 3 de Febrero y 9 de Julio.
“Yo digo que esto no es un gimnasio es una escuela de boxeo. Yo al boxeador le enseño a caminar, a desplazarse, a barrer los golpes, a bloquear, a palanquear… Y abajo del ring los aconsejo a los chicos. Porque a veces los pibes piensan que porque saben pegar un golpe, dar una cachetada, son superhombres”, señala.
Al fondo, detrás de un cortinado que marca el fin de los aparatos de gimnasia, está su reducto. Ahí, en varios turnos, de lunes a viernes, transmite sus conocimientos a unos cuarenta alumnos.
Es la hora de la siesta. Los golpes que recibe la bolsa y el resoplido simultáneo del boxeador resuenan en el silencio.
_ Qué tiene que tener un pibe que quiere boxear…
_ Primero que nada hay que tener ganas de aprender, después las cosas van saliendo. Es como en el fútbol, si vos tenés ganás y tenés picardía vas a salir un buen jugador. Pero si lo tuyo es meterte en la cancha para que te den patadas, no vas a querer jugar más…
Mientras habla, saluda a los chicos que van llegando a clases. Le dicen “profe”.
Detrás, una foto detuvo en el tiempo al propio Villerán, a Monzón y a Brusa –con sombrero-; todos de puro traje y corbata en Monte Carlo, en los ’70.
“Lamentablemente, los grandes maestros se han ido. Ya no quedan más. Solamente quedamos quienes trabajamos con ellos”, explica, como dando pistas del desbibujo actual del boxeo.



SOMBRAS NADA MÁS
En los ’50, el esplendor del boxeo en Rosario, el templo sagrado era el Estadio Norte, en avenida Alberdi y José Ingenieros, devenido en galería comercial en 1969, dos años después de su cierre definitivo.
Allí, vidrieras adentro, quedaron encerrados como fantasmas los combates protagonizados por el “Mono” Gatica, “Ringo” Bonavena, el cubano Kid Gavilán y Horacio Accavallo, entre otras figuras de renombre, además de los clásicos enfrentamientos entre pupilos de los boxing-clubs de la época: el Ñaro –Castro Barros al 5200, a media cuadra de la vieja plaza La Merced, en Saladillo- y el Rosarino -Corrientes casi Pellegrini, muy cerca del cine Sol de Mayo.
Con recaudaciones espectaculares, la pica sobrepasaba los límites del ring porque las barras calentaban el estadio. Ahí se lucieron Julio Campos, más conocido como “la Pantera de Saladillo”, Emanuel González, y otros muchachos de Eugenio “Zorro” Pereyra; así como el “Chino” Pita, Amelio Piceda, Nelson Alarcón y Hugo Rampaldi, por nombrar algunos, de uno y otro bando, respectivamente.
“El Ñaró sigue existiendo físicamente en el mismo lugar, pero hoy con otra dinámica adaptada a estos tiempos –reza Giuria, acerca del presente pugilístico local-: antes había maestros de boxeo y salían figuras que convocaban gente. Hoy Rosario está dentro de la media argentina: la gente no sabe ni quien está entrenando en ese lugar”.


POCO RUIDO Y MUCHAS NUECES
La plaza -que ahora se llama O’higgins- se va olvidando del mediodía.
A tono con el acallado presente del deporte, el Ñaro Boxing Club carece de una  gran fachada que lo anuncie. En cambio, apenas un mínimo cartel debajo de una lamparita incandescente avisa por donde hay que ingresar.
Un largo pasillo además de corredor hace las veces de estacionamiento de una bicicleta con cajón de reparto, otra de media carrera y un par de motos de baja cilindrada. Desde adentro avanza el sonido metálico de una FM que suelta una cumbia tras otra.
Es un pequeño salón gobernado, en el fondo, por el cuadrilátero con piso de madera desnuda, donde dos muchachos están “haciendo guantes”. Alrededor, como alumbrados por los recortes amarillados que cuelgan de las paredes, cinco muchachos parecen estar precalentando, a los saltos, mientras una dama sacude a piñas una bolsa.
Más allá, otra chica con la camiseta de Central no para de hacer ejercicios cerca  de una antigua balanza despintada. 
Alguien intercala gritos de aliento y retos con instrucciones desde un banco lateral. Al otro lado del techo bajo de chapa se adivina el sol abrasador de la siesta de verano.
“Acá es diferente a todo. Hay olor a gimnasio de boxeo”, dirá más tarde uno de los responsables de que este mundo siga por la pendiente y renazca de sus cenizas cuando se multipliquen las veladas boxísticas.
            Pedro Dáquila es productor y promotor de boxeo desde hace 14 años, pero se asoció en 2010 con Alfredo Rivero, uno de los titulares actuales del emblemático gimnasio de box, para intentar recuperar algo de la antigua gloria que envolvió al Ñaro.
            Rivero fue boxeador como lo fueron sus hermanos y sus sobrinos. Su tarjeta dice que hoy es “manager y promotor nacional”, y cuenta que se tuvo que correr a los pueblos por desaveniencias con autoridades locales del box, pero que ahora ha vuelto a Rosario para organizar festivales con peleas de profesionales cada veinticinco días en el Club Ciclón.
            Como es un hombre de pocas palabras, promete acercar a la charla a alguien que va a contar cosas más importantes que él, dice, y que está pasando un buen momento arriba del ring.
Entonces se aleja despacito y sólo se va a detener junto a un novel púgil: “pará hijo… pará –le ordena-; los hombros arriba… -y tira prolijas pero firmes trompadas sin desarmar la guardia- ahí, ahí, ahí…”


GUANTES CARMÍN         
Daiana Brest es un rubia tan atractiva como temible. Tiene 18 años y entrena desde hace seis. De chica iba a ver a la mamá a las peleas, y ahora es su progenitora quien la acompaña a los festivales de boxeo.
“Si llegué hasta acá es porque la seguí a ella –dice, y señala a Rosa, su madre, que viene detrás- pero en ningún momento me obligó ni nada. Tengo hermanos y ninguno se dedica a esto…”, concluye.
Lo empezó haciendo como hobbie pero asegura que una vez que se subió al ring todo cambió. “Una se vuelve más tranquila y más responsable. No salgo a bailar, no tomo, no fumo. Me dedico al gimnasio. Corro, hago fierros. Hago todo para el boxeo”, cuenta Daiana que ya tiene 26 peleas.
En su momento tuvo que dejar los estudios para trabajar más de nueve horas en una fábrica de lavarropas y ahora que está más posicionada en el deporte dejó el empleo para dedicarse de lleno al boxeo y planea terminar la secundaria.
            _ ¿Qué cosas tenés en común con otras chicas de tu edad que no practican boxeo?
            _ Soy muy fanática de Central y en verano vivo en el Caribe Canaya… y voy a la cancha.
            _ Y, ¿en qué cosas creés que hay diferencias?     
_ No tengo novio (se ríe). Cuando saben que una boxea los chicos se alejan mucho. Están los típicos machistas que no lo ven bien y hay quienes tienen miedo, piensan que una es violenta y que todo lo lleva a las piñas, y nada que ver… (se ríe otra vez).
            Es cierto que los prejuicios siguen siendo una barrera para las mujeres que quieren boxear, pero otra era la historia hace diez años.
A muchos, dentro y fuera del deporte, les costó reconocer las peleas  femeninas pero las terminaron aceptando pese a que siempre se ha considerado  como una práctica exclusivamente masculina.
Y tanto es ya un obstáculo superado, lo de la discriminación de género sobre el ring, que en los juegos Panamericanos del año pasado en Guadalajara ya se incluyó el boxeo femenino en varias categorías y, asimismo, formará parte de las disciplinas en los juegos olímpicos de Londres 2012.
“Cuando tuve todos los papeles para pelear tenía 34 años –contextualiza Rosa, la mamá de Daiana, que ahora tiene 43-; no tuve las posibilidades que tienen las chicas hoy, por eso trato de enseñarle a mi hija todo lo que aprendí”.
Además, contra los detractores del boxeo, madre e hija señalan que los que no saben de qué se trata y creen que todo es violencia, aseguran que no hay mejor entrenamiento que el de esta disciplina empleado sólo como gimnasia –una de las más completas- sin subir a pelear: la modalidad recreativa, una opción que acaso involuntariamente podría devolverle al boxeo su popular reputación.


SIN SUBIRSE AL RING
“Todo lo que sea difundir el boxeo, sirve”, sentencia Rivero.
            Y en eso tienen gran cuota de responsabilidad gente con muchos rounds encima que ya viene explotando esa veta desde hace un tiempo.   
            Tal es el caso de “Lucho” Ploner, boxeador entre 1979 y 1988, campeón santafesino, que hoy tiene su propio gimnasio.
En el subsuelo de la esquina de Alem y Pellegrini, un hombre se coloca un par de guantes.
“Está por combatir…-dice el instructor acerca del aprendiz-; con la mujer va a combatir si llega tarde…”, bromea.
Y cuenta su periplo, después de “tirar la toalla”.
“Cuando dejé de boxear trabajé de mozo, de metalúrgico… de un montón de cosas. Hasta que salió esto de enseñar boxeo. Porque antes el boxeo era solo para gente que peleaba… Siempre se supo que esta gimnasia era buena, pero nadie se metía en un gimnasio porque te hacían pelear…”, señala Ploner.
            Precursor del entrenamiento sin fines competitivos, empezó a dar clases en 2002 en algunos gimnasios de pesas que le daban un lugar hasta que pudo montar su propio espacio. En él, un sótano acondicionado con todos los elementos que requiere el deporte, reconoce que la mayoría de sus alumnos es gente joven “de los pueblos; estudiantes, muchos universitarios” debido a la zona en la que se encuentra.
En los últimos años, el boxeo recreativo ha crecido significativamente fuera del puñado de los boxing clubs locales - Moderno; Ringo; Sportivo Alberdi, entre otros-  al punto que de los casi 150 gimnasios que funcionan en Rosario son muy pocos los que no ofrecen la disciplina a la par del dictado de yoga, pilates o localizada, por ejemplo, sumando así un gran caudal de mujeres que lo practican.
Apertura, expansión, y el necesario derrumbe de arraigados prejuicios. Rasgos que bien organizados acaso tracen el camino que necesita el boxeo para recuperar popularidad y salir de la sombra de su mítico pasado. 

(Fragmentos de la nota que bajo el mismo título aparece en el número de Febrero 2012 de la revista Rosario Express)

HABÍA UNA VEZ UNA HORMIGA




Escribe: Joaquín Castellanos
Fotos: Leonardo Vincenti



Una nena y un perro en la vereda. Los libros se escapan por la ventana.
Una casa de antes, con las aberturas y el techo altos. Las inscripciones deliberadas en la fachada se confunden con las marcas clandestinas en aerosol. Un cartel en la puerta dice “Biblioteca Popular Pocho Lepratti. Fundada el 18-10-2002”. La silueta del militante social alado sobre ruedas y, por supuesto, hormigas: gigantes, obreras, obstinadas; muchas hormigas  caminando por las paredes.


            María de los Ángeles mira hacia adentro.
“¿No sabe si hay alguien?”, interroga la nena.
Tiene ocho años, y recibir una pregunta como respuesta la pone en guardia: advierte que su abuela le dijo “que no hable con extraños”.
El perro mira silencioso y antes que nadie escucha los pasos que llegan desde el interior. Un hombre de anteojos saluda e invita a pasar.
Se llama Carlos Núñez, es el presidente de la institución y oficiará de guía por los recovecos de la casona de Virasoro 39 bis que la biblioteca alquila desde hace más de 9 años en Tablada. .
“Desde el arte, el juego y la educación, un lugar para encontrarnos con la solidaridad, el compromiso y la participación”, reza una pintada en el ingreso.
El templo pagano está lleno de murales de colores, de frases y consignas que   remiten al evangelio social según lo entendió el joven entrerriano, rosarino por adopción, que le dio nombre a este espacio.

El laborioso insecto es un ícono que resume la silenciosa y obstinada lucha por cambiar el mundo desde las acciones cotidianas, casi invisibles.
Claudio "Pocho" Lepratti nació en Concepción del Uruguay el 27 de febrero de 1966 pero se volvió rosarino desde el momento que decidió echar raíces en dos de los barrios más postergados de la ciudad: Ludueña y Las Flores. Había estudiado Derecho en calidad de alumno libre y fue seminarista en el Instituto Salesiano de Funes. Pero su camino de hormiga se trazó febrilmente en los ’90 cuando se dedicó de lleno a la militancia social desde su particular visión de hacer antes que hablar. Lo demás es historia conocida: la represión de diciembre de 2001 le apagó la vida y las barriadas se lo adueñaron como a un Cristo contemporáneo que ilumina los altares cotidianos adonde no llegan las religiones convencionales. Como a un milagro que multiplica las manos que se tienden ante las necesidades.

“No sé cómo me pasaron las cosas en relación a lo social. Fui indagando, conociendo hasta que me encontré con cuestiones con las que no estaba de acuerdo, que quería cambiar. Con la política una se mete primero en un nivel más teórico a la par de la carrera universitaria, y después de a poco te vas cansando de leer el libro y querés poner las manos en la masa, querés empezar hacer cosas”
Julieta está en el último año de Psicología en la UNR. El año pasado llegó un día a la biblioteca con ganas de ayudar y se empezó a quedar.
“Vivo relativamente cerca del barrio, estaba buscando un lugar para involucrarme, para trabajar con jóvenes y niños que es mi población de interés principal. Pasa que el tema de la distancia es bastante limitante en mi caso porque no tengo más que una bici…”, explica.
Nada parece estar librado al azar.
En 2001, ella tenía 14 años. Su recuerdo de aquella época, dice, es muy vago. “Mi vieja estaba como loca, tenía pánico que vuelvan los saqueos del ‘89… se quería ir no sé adónde. Me acuerdo a ver visto en las noticias toda esa paranoia que se vivía. Y, bueno, la historia de Pocho no la conocí para nada en ese momento”.
Cuenta que cuando llegó debió llenar un formulario con las áreas de interés y ella puso todas.
            “Y, sí. Para mí el camino nunca está cerrado. La idea es estar con la cabeza abierta y dispuesta a hacer”, reflexiona.

“Una biblioteca popular es mucho más que un lugar adonde se va a buscar un libro”, señala Núñez, 58 años, psicólogo, docente universitario de profesión. Y desarrolla una explicación interesante acerca del lugar del libro en sitios donde hay otras prioridades.
“Vivimos una época de cambios muy importantes, y existe un imaginario social construido que hay que romper: lo de andar entre los libros en puntas de pies para no molestar porque es un lugar adonde está depositado, durmiendo,  todo el saber. En realidad, al menos en una biblioteca popular, el libro tiene que ser la excusa para producir otras cosas o esas cosas los motivos que te lleven al libro. Pero sin ese valor agregado, más allá del libro, la cosa no funciona.
En los barrios, la dimensión de lo comunitario debe entrar mucho más fuerte que aquella idea original del espacio para leer”.

Algunos de los estantes que alojan a los 16 mil libros que hoy tapizan las paredes de la Sala de Lectura “Rubén Naranjo” son los originales. Es decir, las maderas que en pleno 2002 fueron recogidas de las calles del barrio para empezar a soñar.
“Lo nuestro fue abrir en medio de la crisis… por ejemplo, esto –dice Núñez, y señala lo que lo rodea- estaba todo vacío y empezamos a traer de nuestras casas una heladera, una mesa, sillas que estaban rotas para arreglarlas acá. Era buscar en los contenedores y traer lo que sirviera para darle uso”.  
Al principio, los libros eran 235. Vecinos, gente de la ciudad, sindicatos y organizaciones sociales, entre otras colaboraciones, contribuyeron al crecimiento.
“Además la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares (CONABIP) envía muy buen material. Desde hace varios años renovamos el stock y lo bueno es que  donamos mucho de lo nuestro a otras bibliotecas que recién arrancan. Estamos entregando por año no menos de 5 mil libros…”
En materia de títulos todo es muy rico y diverso. Entre los donantes ilustres, están Leticia Cossettini y un sector especial con títulos editados por la biblioteca Vigil. Y arriba de la mesa principal un libro de Rodolfo Walsh y otro de Eduardo Galeano dan pistas firmes del principal menú bibliográfico que aquí se sirve.
“Fundamentalmente, la orientación nuestra tiene que ver con
los movimientos sociales, pero además hay novelas, poesía, libros escolares…”, aclara el anfitrión.
Por estos días, cuentan con un padrón de cerca de 400 asociados. Pero la intención de llegar a cada rincón del barrio siempre está por empezar.


Desde una foto en blanco y negro, Rubén Naranjo sigue siendo testigo de un sueño colectivo y cultural. No solo por estar en el mismo barrio, la Biblioteca Popular “Pocho” Lepratti toma la posta de La Vigil, aquel asombroso logro autónomo, comunitario e integral que la dictadura supo, con su destrucción, colocarlo en el rango de lo utópico.
“El molde no se ha roto, y de alguna manera los herederos de parte de esos sueños somos nosotros como también lo es La Toma, las empresas recuperadas por sus trabajadores, El Eslabón haciendo su periódico, las radios comunitarias…”, asevera Núñez.
Naranjo escribió alguna vez que cuando venía caminando por las calles sintió que algo volvía a empezar.
_ ¿Cómo consiguieron que Rubén Naranjo vuelva a un lugar, en Tablada mismo, donde todo volvía a empezar?
_ Con Rubén nos unían muchos años de lucha en DDHH. Fue uno de esos humanistas que no quedan, tan difícil de clasificar… Cuando estábamos abriendo invitamos a algunas personas, entre ellas, obviamente Celeste y Orlando –la hermana y el papá de “Pocho”-, los chicos de Ludueña –La Vagancia, el primer grupo de jóvenes del que Lepratti fue el pomotor-, gente de ATE y, particularmente, Rubén. Él venía aquejado por su enfermedad y estuvo hasta el final. Incluso cuando estaba más delicado, las reuniones de Comisión Directiva se hacían en su casa –rememora el presidente de la biblioteca y se emociona hasta quedar al borde de las lágrimas.
“Con Rubén es una deuda de vida –confiesa, y ubica al gran gestor cultural en el lugar que le corresponde en esta historia: “Nos dejó a todos una marca. Y si tenemos la fuerza para superar adversidades y para seguir adelante es por faros como Rubén y como Pocho que nos dan identidad".

Aunque la casa es alquilada, no han escatimado en expandirse territorialmente y más allá de las estanterías la organización social he crecido hacia afuera del edificio donde todo empezó.
Por ejemplo, desde hace tres años cuentan con el jardín de infantes “Las Hormiguitas”, ubicado a dos cuadras de la biblioteca en Necochea y Virasoro, adonde unos treinta chicos concurren en turnos mañana y tarde.
De igual modo, a la vuelta, en Esmeralda 2950 funciona el Taller de Serigrafía que también les pertenece y en el que funciona un espacio de capacitación en oficio con cursos de tres meses de duración.
Además, bien cerquita de los libros, se dictan para los más chicos distintos  talleres (de cuentos, plastilina, apoyo escolar, alfabetización, entre otros) y se trabaja en publicaciones propias en comunicación popular. 

Cierta vez estuvieron en este recinto el escritor Andrés Rivera y su esposa Susana Fiorito, responsable de una de las más reconocidas bibliotecas populares de Córdoba.
“Todo proyecto cultural es a muy largo plazo. No sientan en ningún momento que ya está”, les aconsejó esa sabia mujer.
Y la relación con la gente, pese a las personas que desde el primer momento descifraron el mensaje, es una labor diaria aunque hayan pasado ya casi diez años del comienzo.
Y así lo evidencia una anécdota que da lección acerca de las distintas nociones de distancia que hoy conviven.
“El año pasado cayeron por acá de Canal 13 de Buenos Aires para hacer un programa sobre la biblioteca. Yo te aseguro que muchos de los vecinos de acá a la vuelta supieron de nuestra existencia recién después que nos vieron por televisión. Bueno, esa es la realidad cotidiana y creo que aún desde el trabajo territorial, en el barrio, tenemos que aprender a usar todas las herramientas. Y me parece, en relación a eso, que la dimensión de lo que puede llegar a ser todo lo que abre la nueva Ley de Medios puede ser fundamental”.
En el fondo del “hormiguero” no es casualidad que se esté montando una radio.

Radio La Hormiga, con estudios que darían envidia a más de una empresa periodística profesional y un transmisor recién llegado, les permitirá transmitir en 104.3, en principio, para el barrio y adyacencias. Pero con la idea de llegar a todos los oídos a través de Internet con el sueño de ser la radio de Tablada.

Llaman a la puerta:
_ Pregunta mi papá si está la chica de Pocho Lepratti o alguien –suelta tímidamente  una nena.
El padre en cuestión no es -en este caso- alguien que viene, a averiguar sobre talleres para su hija. Se trata de un vecino que oyó hablar a dos chicos que pasaban por la vereda, acerca de un robo frustrado hace unas noches en varias casas entre las que estuvo la biblioteca.
“El barrio está atravesado por una carga muy fuerte de violencia social. Y nosotros trabajamos sobre eso. Pero es complejo”, sostienen en la “Pocho” Lepratti, a propósito de ésta y experiencias de robos sufridos. 
“Los vecinos colaboran, cuidan mucho esto. Creo que la mayoría tiene en claro que son espacios que cuestan mucho y que son de todos. Tratamos de estar atentos y trabajando desde donde se pueda, de reforzar la cuestión desde lo solidario”, señalan y agregan atinadamente: “el tema de la tan mentada seguridad… para nosotros siempre empieza desde que la mayor seguridad es que todos tengan su trabajo, sus posibilidades de crecer, de acceso al estudio, a la equidad… a la igualdad de oportunidades que es lo que está roto”
Ahora, otra vez alguien toca a la puerta.
Detrás de la mujer que viene a buscar a su hija se asoman las primeras sombras de la noche.


(La presente es parte de la tercera entrega de una serie de crónicas llamada "LAS COSAS POR SU NOMBRE", dedicada a contar pequeñas grandes historias detrás de las instituciones y emprendimientos que se llaman como los rosarinos más célebres. La nota completa forma parte de la Revista Rosario Express de febrero de 2012, que desde el lunes 13 estará en los kioskos)