miércoles, 28 de marzo de 2012

TRAS SU MANTO DE NEBLINAS


Foto de revista de la época durante el "triunfalismo" mediático en plena guerra   

Escribe: 
Joaquín Castellanos
Fotos: 
Sebastián Granata

“Los Veteranos de Malvinas tenemos como 120 años”, insinúa Rubén Rada, dirigente de los Ex Soldados Combatientes. Y busca hacer pie en una teoría más de las sensaciones que de la aritmética: “Fuimos a la guerra a los 18, y cuando volvimos creo que ya teníamos como 60 años… Todos estamos cumpliendo 50, muchos ya son abuelos. En cada cumpleaños, la frase sale sola: estamos regalados. Estar bien tiene que ver con el entorno, tu compañera, la familia. Pero hay muchos que se quedaron en el camino y a eso no lo podemos olvidar”, explica.
Se estima que alrededor de 10 mil conscriptos y unos 5 mil soldados profesionales participaron de la guerra. En el choque militar con Gran Bretaña murieron 649 argentinos (323 en el hundimiento del crucero General Belgrano y 326 en el archipiélago). Pero hay otro tipo de bajas: casi 500 de los que regresaron se quitaron la vida.
            Según datos del Centro de Ex Soldados Combatientes local de Ayacucho casi Zeballos, en la provincia hay 1.080 veteranos de Malvinas, de los cuales 181 son de la zona de Rosario.          
- Es la conmemoración del número redondo: 30 años. ¿Esto difiere en algo de otros aniversarios? ¿Qué le genera ver que ha pasado tanto tiempo?
- Pienso que qué bárbaro que la podamos contar. Quizá nunca imaginamos que íbamos a llegar. Ya en las islas, no sabíamos si íbamos a volver. Somos 14.600, y hay 14.600  historias. 

Rubén Rada
INOCENCIA INTERRUMPIDA
“Cuando me fui (a Malvinas) estaba contento porque era un inconciente. Pensaba en subir a un avión, en ver la nieve. Tenía 19 años, ¿cómo no iba a ir? A mí ni se me cruzaba por la cabeza que iba a haber una guerra.”, rememora Rada.
La mañana del 2 de abril de 1982, su madre fue quien lo trajo del sueño con dos  noticias: las Fuerzas Armadas habían invadido Malvinas y en la puerta de su casa de Villa La Lata lo estaba esperando un camión del Ejército.
“Hoy me pasa, y creo que nos pasa a todos nosotros. Vos ves a tu pibe que tiene 18 años, que se lleva por delante las ventanas… y decís: ¡yo a esa edad tenía un casco y un fusil! ¡Qué locura! Entonces, de estar en la Plaza Italia con una novia (que es adonde tenía que estar), terminé en un pozo mirando el horizonte, preguntándome qué carajo estaba haciendo ahí. A la edad en que teníamos que conocer la vida, nos llevaron a conocer la muerte”. 


TRES SOLDADOS
Néstor Omar Debenedetto, Claudino “Chino” Chamorro y Enrique Rubén Córdoba, fueron colimbas en 1982. Treinta años después son Secretario General, Vocal y Tesorero, respectivamente, del Centro de Ex Soldados Combatientes. Sus historias particulares en Malvinas son la memoria misma de la guerra. 
En primera persona. 

Néstor Omar Debenedetto
2 DE ABRIL DE 1982
No tenía ni idea adónde estaba.
El azar, que lo había llevado a ser enfermero, también lo llevó a la guerra.
“Pasé de estar jugando a la pelota en el campito de la esquina de mi casa, a ser  ayudante de instrumentista en Malvinas”.
Hacía ya cuatro meses desde que Omar había escuchado el sorteo para la colimba entre los amigos del barrio, en la casa de un primo. Todos se salvaron menos él.
“Nos quedamos sin arquero”, dijeron los otros. Le tocó el 996. Inatajable.
Fue al Batallón 121, lo revisaron, lo subieron al tren, se bajó y lo raparon.    
Le tocó el Centro de Instrucción y Formación de Infantes de Marina pero pasó un Cabo preguntando quién sabía de sanidad. “Yo”, dijo. En realidad, no sabía ni dónde se vendían las jeringas. Tenía 18 años y le habían dicho que había que ser un poco caradura para no pasarla tan mal. Pero un poco, nomás.
Lo mandaron al hospital naval Río Santiago, en Ensenada. Por lo menos no iba a estar “bailando” vestido de verde en el pasto, pensó.
Tomó un curso de auxiliar de enfermería. Se recibió y trabajó hasta que un viernes,  un compañero le propuso cambiar la Guardia porque se casaba la hermana. Ese día hubo toque de queda. Se hablaba de un operativo de sanidad, un simulacro de rescate.
Lo subieron a un buque, y llegando a la costa de las islas le avisaron que estaban en la guerra.
           Cumplió funciones en el Hospital Militar de Malvinas donde fue enfermero, haciendo traslados con el buque Irizar al continente.

Rubén Enrique Córdoba
2 DE MAYO DE 1982
El día que hundieron al crucero General Belgrano, Rubén estaba a bordo de una de las naves custodias: el destructor Bouchard.
Había tomado la guardia en el momento del impacto del primer torpedo. No sabían qué pasaba, pero desde su posición habían visto una señal de luces de emergencia. Después, hubo otro impacto que sentenció el hundimiento. Pero también existió un tercer disparo del submarino inglés Conqueror.
“El torpedo pasó de largo y nos pegó a nosotros”, cuenta. Pero el Bouchard tenía doble coraza.
Entonces se desató una gran tormenta y se tuvieron que marchar sin saber qué pasaba con sus compañeros. Todos los que estaban en la primera torre tuvieron que salir porque entraba agua salada helada, por abajo. No pudieron dejar de pensar en los que  estarían en las balsas.
            Recién al día siguiente volverían a la zona. Encontraron una balsa, pero venía vacía. Un avión de reconocimiento los guió en la búsqueda para el rescate. Fueron cuatro días intensos en los que debió hacer de enfermero porque la situación desbordó lo planeado. Atendió a compañeros empetrolados, quemados en carne viva pero que no sentían nada porque estaban congelados.
“La experiencia la hicimos ahí. Todo lo tuvimos que aprender. Se improvisó todo. Cuando volvimos del rescate, se revisó el buque y nuestras balsas no funcionaban: estaban vencidas”.
Ni siquiera habían jurado la bandera, por lo que en algún momento, en altamar, se organizó una jura simbólica.
“No hubo coordinación de nada. Cada fuerza hizo su guerra”.
En el aturdimiento de tanto mar y guerra, ya nadie sabía cuántos días habían pasado desde el hundimiento. De pronto, todo había terminado. O empezaba, según como se lo mire. Volver fue muy triste.
“Fuimos los últimos en llegar. Nadie nos esperaba, ni siquiera los jefes de las bases”, dice.
La Patagonia estaba más desolada que nunca. Y el espacio vacío del crucero General Belgrano era muy, muy grande.

Claudino Chamorro

14 DE JUNIO DE 1982
Hacía tres días, la revista Gente había publicado una foto central a doble página con la visita del Papa Juan Pablo II a la Casa Rosada: Galtieri inclinado, besando el anillo pontificio. Lejos de ese retrato, se cocinaba en las trincheras el combate final. La noche del 13 empezó la febril pulseada, y recién después de las 10 de la mañana las balas se callaron.
Claudino fue de los primeros en enterarse de la rendición. Estaba apostado en Monte Williams, detrás de Monte Tumbledown.
Correntino de nacimiento, rosarino por adopción –criado en el barrio República de la Sexta, había hecho el servicio militar en el Batallón de Infantería de Marina N° 5, en Río Grande, Tierra del Fuego. Estaba a 30 minutos en avión de las islas. También fue uno de los primeros en llegar.
Un 27 de marzo llegó la orden de ir a cuidar la frontera y el mar en el Cabo Santo Domingo. “Nosotros ni sabíamos lo que pasaba. Pensábamos que el tema era con Chile”.
Cinco días después, le informaron que se habían recuperado las Malvinas.
“Lo tomamos con mucha alegría. Porque nuestras maestras de la escuela primaria nos enseñaron que ese pequeño territorio nos pertenecía desde siempre”, explica.
            Pero ese no fue el único orgullo que sintió en el Sur.
            “Yo siempre dije que el batallón al que pertenecí estuvo bien preparado. Teníamos un comandante que quería a su gente y que nos entrenó bien. Está en los libros: fuimos los que combatimos hasta el final y los que más bajas les provocamos a los ingleses.”
            Cuando se inició el conflicto, tenía ocho meses de servicio militar. Finalizada  la guerra se tuvo que quedar cuatro meses más para completar la conscripción.









La guerra contra los ingleses duró 75 días. Pero otro frente de batalla se abrió inmediatamente y para siempre: el de la búsqueda de la reivindicación, del reconocimiento de los héroes que se quedaron y de los derechos de los que volvieron. 




(Extracto de la nota "Las guerras de Malvinas", del número 90 de la revista Rosario Express,
correspondiente a abril 2012)

domingo, 11 de marzo de 2012

UN PRÓCER Y UN BARRIO SIN TIEMPO

Escribe: Joaquín Castellanos
Fotos: Leonardo Vincenti


1
“Allá lo tenemos”.
Desde el ingreso, por una puerta entreabierta, un dedo de mujer señala hacia una lejana pared del salón que está al otro lado. Entre las banderas nacional y provincial está la estampa del recordado político en blanco y negro.
Ir al encuentro de un homenaje no siempre resulta del todo gratificante. El olvido y el desencanto parecen estar atados a la memoria de aquel prohombre atormentado.

2
Había cumplido 70 años de edad hacía un mes y un día. Lisandro de la Torre y su angustia habitaron hasta el 5 de enero de 1939 el departamento porteño de calle Esmeralda 22, junto al fantasma de su admirado Leandro N. Alem. Como a él, un disparo suicida y un inmenso desengaño político le quitaron la vida.
Aquel año de la muerte del político rosarino, un capricho de la nomenclatura urbana, en el barrio que décadas después llevaría su nombre y tras el entubamiento del arroyo Ludueña, inauguró el Parque Alem, en honor al caudillo radical. 

3
El Nuevo Banco de Santa Fe le da la espalda a una diagonal de césped que une las avenidas Alberdi y Génova. Unos murales desteñidos se asoman a ese paseo escondido donde un puñado de juegos infantiles se aburre, vacío de chicos, cerca de unas mesitas con asientos de concreto que tampoco esperan ya a nadie.
En un largo banco de madera, un grupo de señoras mayores charlan del tiempo, la familia, las noticias de la televisión.
Muy cerca de ellas hay un perímetro de rejas negras que encierra un mástil en el que flamea una bandera argentina. Más allá se eleva la joroba de un tinglado que en la fachada dice en letras negras “Asociación Vecinal Dr. Lisandro De la Torre”. 




4
El rostro pétreo del fiscal de la Patria mira hacia el Sur. Está en el cantero central donde la avenida Alberdi se transforma en bulevar Rondeau. A la izquierda, cruzando la calle está la sonrisa de Juan Domingo Perón. Ambos bustos recuerdan dos épocas lejanas: la del fulgor de los irreductibles dogmas partidarios y, otra, en la que los homenajes todavía tenían forma de estatua.
En el monumento a su memoria, debajo del barbado y adusto rostro, hay una placa que intenta resumir su vida en unas pocas letras gastadas. Ahí se menciona su participación en la Revolución Radical, sus desavenencias –nada dice de la herida que le propinó Yrigoyen en un duelo a punta de florete, que lo llevó a dejarse la barba para siempre-; se habla de la fundación de la Liga del Sur y del Partido Demócrata Progresista (PDP); de su papel como diputado y senador en el Congreso de la Nación, de su lucha contra la corrupción y sus denuncias durante la década infame. Se nombra el asesinato de su ladero Bordabehere en plena sesión legislativa y también hace referencia a su retiro, ostracismo y suicidio.
“Defensor de la Libertad y la Democracia”, avisa una leyenda, y culmina: “vivió y murió austeramente”.  A su derecha se levanta un edificio inteligente que promete cambiar la fisonomía del lugar que se llama como él.


5
Aunque ya no ejerce desde el año 1994, Beatriz sigue siendo docente. Su particular  coquetería, su modo de expresarse, su perfume. Todo indica que fue directora de escuela.
_ Por mi profesión, sé lo que es administrar. Sé manejar problemas porque de  eso se trata esto –dice la ex maestra que preside la institución barrial desde el año 2004.
Anteriormente había ocupado el cargo de secretaria pero cuando vio cómo funcionaba todo en aquella antigua comisión, se retiró. Pronto la agrupación fue intervenida por la provincia por irregularidades. Hasta que hace ocho años se hizo una convocatoria a todos los socios para armar listas e ir a elecciones. Ella se presentó y ganó.
_ Acá viene gente con problemas e intercedemos con el Centro (Municipal) de Distrito Norte, y siempre todo se ha solucionado… Cortes de luz, de agua… Menos lo de la seguridad que no podemos… está todo muy politizado –explica, como si “política” fuera una mala palabra.
            _ ¿Se lleva mal con los partidos?
            _ Nos llevamos bien con quienes nos ayudan. Trabajamos mucho… renegamos mucho para conseguir todo esto. Por eso me da rabia cuando vienen los punteros políticos a querer atropellar para que les prestemos el salón una vez por semana… esto es algo que costó mucho…
Suena el teléfono.
“Vecinal…”, dice con voz de aula. “Sí, sí, sí… escúchame, mamita, ahora vamos a juntar todos los viajes de marzo y de abril; veníte a la mañana que está la chica de Turismo y te puede informar…”, recomienda y acompaña su parlamento con gestos que hacen que las pulseras que trae puestas se choquen entre sí. 
La organización de viajes ha sido uno de las actividades con mayor adhesión de los vecinos. Ha sido, hasta que algunas agencias del rubro se establecieron en el barrio y empezó a mermar el número de pasajeros.

6
Un grupo de hombres charla en la vereda.
_ Yo soy del 36.
_ Sí, 36… de zapato, es 36… Tiene como 90 años este desgraciado.
Un pizarrón avisa días y horarios de entrega del bolsón de alimentos del PAMI.
Dentro del predio de Alberdi 1183 también funciona el Centro de Jubilados  “Armonía” al que Beatriz, la ex directora de escuela, también dirige.
            Desde hace 4 años, desde ese espacio se ofrece buena cantidad de servicios a la comunidad: desde cursos de disciplinas artísticas como folclore o dibujo y pintura hasta tejido o idiomas, pasando por la atención odontológica y de enfermería, o clases de gimnasia para la tercera edad, taller de computación, asesoramiento jurídico y trámites jubilatorios, entre otros.
“Los viernes les damos té a las señoras mayores y jugamos al bingo gratis. Después les hacemos una rifita de un peso y se van todas contentas…”, explica la doble presidenta, acerca del papel vital que ocupan para buena parte de los habitantes de la zona.
Ocurre que Arroyito –antigua denominación que persiste y convive con el nombre actual del barrio Lisandro De la Torre- pese a ser popularizado por contener el  estadio mundialista del Club Atlético Rosario Central y ser receptor de multitudes de estudiantes para el Día de la Primavera en el Parque Alem, lleva consigo una realidad  muy diferente en su esencia.
            “Es un barrio de personas mayores. En general, estamos siempre los mismos. La gente es la de siempre”, señala Beatriz, ahora ya rodeada de algunas colaboradoras que llegan a la reunión de Comisión Directiva. Quienes se enorgullecen de dar fe de ese rasgo distintivo del lugar.



7
El comentario general en la calle, a propósito de esa particularidad, es que se trata de un antiguo caserío ligado al ferrocarril y la industria al que el pulso del país fue postergando en materia laboral, principalmente en la segunda mitad del siglo pasado, desde los ’70 hasta tocar fondo en los ’90.
 “Acá hubo generaciones enteras que debieron irse a otro lado y los que nos  quedamos acá somos la mayoría matrimonios grandes que vivimos solos”, asevera un ex operario de Estexa devenido en comerciante ya retirado.
            “Y hay muchos que fueron partiendo…”, indica una mujer que a la par del comentario le apunta al cielo con las yemas de los dedos de una mano.           
“Recién ahora, últimamente –agrega la presidenta de la vecinal-, y en la avenida (Alberdi) se ve un poco más de gente nueva; en mi cuadra, por ejemplo, los de siempre vemos que empezaron a llegar algunos vecinos. Pero la diferencia es que por lo general alquilan, están un par de años y se van. No se conocen entre vecinos. No es como era antes”.
_ ¿Tiene que ver con eso que no haya gente joven en la Vecinal?
_ Puede ser. Pero pasa que los jóvenes no quieren agarrar. No quieren. Y menos si no hay plata –sentencia Beatriz.
_ Eso es acá y en todos lados –dice una señora de bastón-; eso es general –sostiene, categórica.


           
8
Durante el verano, la atención al público fue sólo mediodía pero desde marzo el horario pasa a ser de mañana y tarde.
Cada quince días, el grupo de trabajo se reúne bajo el tinglado.
“Yo hago las dos reuniones juntas: de la Vecinal y del Centro de Jubilados. Lo que pasa es que nadie quiere venir. Todos trabajamos ad honorem (menos la enfermera que le paga PAMI con subsidios y unos pesitos le damos nosotros). Y somos toda gente grande: casi todos los que estamos  formamos parte de las dos comisiones –confiesa la titular de ambas entidades-; así que las reuniones son comunes, aunque queda asiento en dos libros de actas diferentes”.
En realidad, la reunión de Comisión Directiva es todo un acontecimiento. Se realizan los viernes y tras tratar los asuntos del quehacer vecinal y jubilatorio en simultáneo, el broche es una cena de amigos en el salón principal.
            “De los casi 20 que participan seremos 12 o 13 que venimos y después de la reunión aprovechamos para comer algo. Compartimos una picadita o unas pizzas. O los hombres hacen en el parrillero un chorigol”, da cuenta Beatriz.


 
9
La vecinal fue creada hace casi 50 años.
“En la ciudad de Rosario (…) el día 24 de Abril de 1962 se resuelve por unánime decisión de la Asamblea General convocada por la Asociación de Amigos de la Av. Génova y sus contornos, dejar definitivamente constituida la Asociación Vecinal Dr. Lisandro De la Torre (…)”, reza el artículo 1° del estatuto institucional, unas nueve páginas amarilladas por los años donde también consta la jurisdicción pertinente: “al Sud (sic) las tres vías, al Norte el Arroyo Ludueña y calle Augusto J. Olivé, al Este el Río Paraná y la calle Esteban Echeverría y al Oeste la calle Corazzi de A. J. Olivé o Rubén Darío”.
Además de dejar en claro los requisitos a reunir para formar parte de ella: “practicar vida honesta y de buena vecindad”.
            Desde sus comienzos, en la sede improvisada en un pequeño salón del Sanatorio de Niños –donde ya había sido refundada en los ’70 por el socio N°001, Eduardo Carboné-, se registraron unos 3600 asociados aunque en la actualidad pagan su cuota alrededor de 200 vecinos.
            El lugar que ocupan hoy pertenece a la municipalidad de Rosario y fue cedido mediante convenios desde hace unos doce años.
            Ahí están, como detenidos en el tiempo, los experimentados vecinalistas y la memoria del padre del Partido Demócrata Progresista que flota pesada en ese rincón de la zona Norte de la ciudad.
“Lisandro de la Torre fue un hombre con una moral y una dignidad que hoy no hay. Sea del partido que sea, hoy no lo tenemos”, dice uno de los hombres que bromeaba afuera, pero ahora con un rictus que denota claramente su cambio de tono.
“Fue el que prohibió que los ingleses nos robaran la carne”, ensaya otro una definición resumida y contundente.
Camino a la puerta, una mano de uñas perladas extiende un almanaque de 2012 con la foto de la vecinal que parece coloreada a lápiz. Está hecho en la computadora y recortado a tijera.

(La presente es parte de la cuarta entrega de una serie de crónicas llamada "LAS COSAS POR SU NOMBRE", dedicada a contar historias detrás de las instituciones, emprendimientos y espacios que se llaman como rosarinos célebres. La nota completa forma parte de la Revista Rosario Express de marzo de 2012, que desde el lunes 12 estará en los kioskos) 

martes, 6 de marzo de 2012

LA PATRIA DE TODOS LOS DÍAS


Escribe: Joaquín Castellanos

El palpitar de los concurrentes al festejo por el Bicentenario de la Bandera agotó cierto intento por mostrar en veredas diferentes a la política actual y la Historia, las militancias y la familia, las adhesiones y los rechazos al Gobierno nacional. La convivencia armónica de las diferencias bajo una misma bandera como síntoma de actualidad. Postales de una celebración popular que burlaron el riesgo de caer en la lógica del gran acto escolar.


El pulso cotidiano fue a los festejos tal cual es. Como el celeste y el blanco de la bandera, la propia celebración se encargó de  marcar claramente las divisiones de las franjas, imposible de maquillar con puestas en escena la realidad diaria de los ascensores, las colas de los bancos o las mesas de bares y/u hogares bien constituidos.
El juego de las diferencias fue fundamental para el éxito de la celebración.
Así se confundieron en la multitud las mujeres pitucas con los hombres sin afeitarse; el destello en los ojos de las madres trabajadoras con las relucientes escarapelas de los compuestos caballeros belgranianos. Fueron lo  mismo las convicciones de los genuinos y enceguecidos militantes que el pesado tour de los manifestantes contratados. Laburantes y laburadores. Los de arriba, los de abajo, media clase media y la otra media clase media. El pecho inflado de los paladines de la democracia y los pies embarrados de los héroes de la igualdad.
Más de 80 mil almas que luciendo sus particularidades inventaron una vez más a ese irreal y certero ser nacional que suele aparecérsenos tanto en las peores pesadillas como en los más nobles sueños.


CAMINO AL ACTO
El 27 de Febrero fue feriado por primera y única vez. Por eso los almacenes cerraron en los barrios y los bares céntricos abrieron pero resistieron vacíos con la esperanza de recibir el regreso.
Las calles también estaban desiertas a las tres de la tarde, salvo algunos detalles. Un hombre de unos 40 años envuelto en una bandera argentina que le llegaba a las canillas usó sus brazos para abrazar a su querida y hacerle señas a un taxi. Empataba en entusiasmo al nene que de la mano de su madre portaba orgulloso la 10 en la espalda, sobre las tiras albicelestes de la Selección: acaso su contentura tuvo algo que ver con la Patria pero seguro que influyó estar parado en un día sin escuela que fue el pupo de un fin de semana largo alargado con un paro docente.

METÁFORA NACIONAL
Por el flamante carril exclusivo de calle Santa Fe desfilaba una decena de carros tirados por caballos que volvía del Monumento. En todos y cada uno de ellos flameaba una bandera argentina. Algunos colectivos, taxis y autos particulares se amontonaron detrás hasta ver un resquicio y subirse apurados al andarivel rápido. La tromba pasó acelerada y puteando por un costado de los vehículos más lentos, traccionados a sangre.
A un lado, a metros de los quietos leones del Palacio municipal, los micros repletos rugían mientras vomitaban pancartas y enseñas partidarias teñidas de celeste y blanco. Enfrente, entre los árboles de la plaza, hasta en las carpas de un reclamo ondeaba descolorida la enseña que Belgrano nos legó.

(MUY) ALTA EN EL CIELO
Como a una estrella de la TV o a un ídolo del verde césped, a “la bandera más larga del mundo” la gente la toca, la besa, le saca fotos y la filma con sus telefonitos. Está hecha de pedazos de tela distintos, como la Patria. El locutor que arenga desde el palco oficial dijo que Alta en el Cielo cumple diez años y grita “viva la Patria, viva Belgrano, viva Rosario, viva Santa Fe, viva Argentina”.
Julio Vacaflor y un sinfín de colaboradores, a su modo también desobedecieron rigurosos mandatos y reinventaron el fervor por la bandera. Y durante el acto tuvieron su lugar central: dividida en cuatro larguísimos retazos, la interminable lienzo sagrado llegó desde cada punto cardinal de la ciudad hacia el escenario. Desde el Parque España, al Norte; el Parque Irigoyen, al Sur; la Plaza Pringles; en el oeste; y nada menos que desde el Este, cruzando en varias canoas el Paraná provenientes de las islas frente al Monumento en manos de  pescadores.
Una hora antes del comienzo oficial del acto, cuando el camino celeste y blanco se abría  paso entre la efervescencia de los grupos partidarios y guiaba a los desprevenidos hacia el palco, sin seguir ninguna instrucción, los presentes entonaron Aurora espontánemente.
A contraluz del último sol, del repleto patio cívico del Monumento el público parecía chorrerar de a miles hacia La Fluvial y la Aduana.  
“El que no llora es un inglés”, dijo entre lágrima y risa nerviosa una chica, mate en mano.
Las banderas –celestiblancas pero también rojas de izquierda, verdes sindicales y hasta alguna de Central y de Newell’s. Todas las banderas.



CARTAS PARA CRISTINA
El vuelo de un helicóptero fue la alarma.
“Ahí viene; ahí viene…”, gritó una señora y alzó su bandera con una sonrisa de comercial de televisión.
A un costado del escenario estaban montadas las vallas.
“¿Cartas para Cristina?”, desde el lado prohibido, preguntó una chica vestida y maquillada como para una fiesta. En la mano llevaba algunos papelitos.
Un hombre con un bebé en brazos se arrimó trabajosamente hasta el borde y consiguió entregar una notita. Más acá, un muchacho se estiró para hacer llegar una estampita a la recolectora de mensajes.
En medio del fervor, alguien dijo en voz alta: “qué le va a llegar a Cristina… si Cristina quiere escuchar lo que el pueblo pide, que pare la inflación…”.
Las miradas también pueden ser documentos de identidad.
En los ojos es donde más se notaron los sentimientos hacia Cristina cuando desde la ventanilla abierta pasó saludando.  

JURA MASIVA
La Patria de manual es un deseo imposible. La nostalgia de un sueño incumplido e incompleto siempre pero maravilloso.
Manuel Belgrano llegó a caballo. Mientras la efervescencia militante se aplacaba era y el actor que encarnó al prócer tragaba saliva, fue muy difícil no pensar en los actos escolares,  un riesgo inevitable después de tanta gimnasia pedagógica nacional. Pero hay otro riesgo que es el de, en un descuido, conmoverse de modo irreversible.
“Si aman y respetan esta bandera expresen un sentido: sí, juro”, pidió Belgrano en un contexto de estadio de fútbol.
El arte de Juan Carlos Baglietto y Lito Vitale para interpretar las canciones patrias remataría cualquier sombra de resistencia a por lo menos suspirar.

USO DE LA PALABRA
Fein y Bonfatti hablaron de Belgrano, la Bandera, la Patria. Cristina también lo hizo pero a su manera. Además –o a propósito- de la Historia, se refirió a temas de la agenda política actual. Un poco por su investidura presidencial, otro poco por su genética partidaria.
            El eco del discurso de la Presidenta reluce notablemente en los rostros de aprobación y de rechazo de quienes la escuchan; de fascinación por la gran oradora y de mofa por la vil charlatana, según el espectador. Más allá de las posturas, cuando habla Cristina no vuela una mosca. 


MIRADAS
            Algunos se quedaron esperando los fuegos artificiales que nunca llegaron.
            “¿Para qué?, si para pirotecnia ya estuvieron los discursos”, ironiza un intelectual nihilista que mira como desde arriba de un pescante a todos antes de la desconcentración.
            Es la última oportunidad de los vendedores ambulantes y los cronistas de llevarse algo de los que vinieron.
            “Salen 10, las mascaritas”, pregona. El vendedor es un hombre araña celeste y blanco. Usa de las máscaras que vende para taparse el rostro y estar a tono con la camiseta de la Selección y el pantalón blanco que ostenta.   
            En el éxodo final, las voces primeras retumban.
            “Adelante las banderas sindicales y políticas; atrás los que sólo llevan la bandera en el pecho y no los trajo nadie…”, dispara indignado un hombre que no quiere decir ni su nombre de pila.
Entonces alguien se acerca y suelta su parlamento cuando todavía flota en el aire en antetior: “me pareció una gran fiesta de todos los argentinos que muchos la vivieron con bastante intensidad. El discurso de la Presidenta me gustó en el sentido de su carga de energía, eso de tirar para adelante. Estoy contento, quería estar cerca de esto”.


El grabador sigue prendido y se suceden las opiniones sin que nadie haya preguntado nada.
            Hasta en lo gestual son visibles los ánimos. Mientras alguien da su parecer los que pasan por al lado enarcan las cejas y se muerden los labios inferiores o hacen la V con los dedos.
El juego de las diferencias fue fundamental para el éxito de la celebración. La Patria de manual es un deseo imposible.
La neutralidad es patrimonio exclusivo de los que venden escarapelas.

(Esta semblanza del acto del Bicentenario de la Bandera forma parte del número de marzo de la revista Rosario Express que estará en los kioskos desde el lunes 12)