viernes, 20 de julio de 2012

EL ALMA POR EL RETROVISOR

Hay un lugar en el que, armónicos y eternos, conviven Jorge Luis Borges y Rodolfo Walsh; Atahualpa Yupanqui y Orson Welles; Dominic Miller y el “Mono” Villegas; la obra de Gaudí y los internados del Borda. Ese lugar es Revisitando los Sesenta, del rosarino Ronald Shakespear. Un libro de poesías escritas con una máquina de sacar fotos. 


Orson Welles en la plaza de toros de Madrid (1964)
Escribe: Joaquín Castellanos
Fotos: Ronald Shakespear

"Las fotos son fuertes, y los personajes también. Era un momento heroico esos años ’60. No sé qué había en el ambiente ¿tal vez nuestra juventud? –se pregunta el destacado diseñador gráfico Jorge Frascara, en uno de los prólogos del libro, donde añade-; había algo más, algo que impulsaba a la gente en el mundo occidental a romper barreras, a hablar claro, a inventar la propia vida”. 

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Hace más de 50 años su versión inicial se llamó Caras y Caritas: un compendio de retratos en blanco y negro tomados por el prestigioso diseñador rosarino Ronald Shakespear entre 1961 y 1967; una especie extinguida desde hace años, inconseguible hasta en librerías de viejo. Ahora, con tres veces la cantidad de fotos de su edición original, se está preparando su relanzamiento bajo el nombre de Revisitando los Sesenta

Jorge Luis Borges en la vieja Biblioteca Nacional (1963)
Debajo de su mano el globo terráqueo representa más que nunca al mundo. Borges apunta la mirada imposible hacia ningún lado ante esa esfera menor indomesticable pero rendida en su palma. 
Es apenas un instante del año 1963.
“Pasé una tarde-noche inolvidable en la vieja Biblioteca Nacional de la calle México y hablamos de películas que él ya no podía ver. Un privilegio que me regaló la vida”, dice Shakespear al enlazar su vivencia de aquel momento con el documento gráfico invaluable.
La mirada detrás del lente es fidedigna, admiradora, asombrada y cariñosa.
Una lámpara brilla espamentosa en el fondo pero el que encandila es el taciturno y eterno escritor argentino y universal.

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_ ¿Qué representa para usted Revisitando los Sesenta?
_ Antes que nada la nostalgia de los sesenta y luego un momento personal de gran libertad productiva. Hago diseño hace más de medio siglo pero las fotos de Revisitando los Sesenta son y han sido mi libertad. Nunca he pensado que mis fotografías tenían algo de valor. Pero han sobrevivido al tiempo al convertirse en documentos de una era que merece ser rescatada. Los Sesenta fueron mágicos. Fue el tiempo de los Avedon, Francis Bacon, los Beatles, los Rolling Stone pero también de Rodolfo Walsh, el Paco Urondo, Dylan Thomas; el nacimiento de Pentagram de -mi amigo ya fallecido- Alan Fletcher y tantos más. En los ’60 me casé con la  compañera de mi vida Elena -una acuarelista notable-, y nació nuestro primer hijo, Lorenzo.
Y fue precisamente Lorenzo, el primogénito, nada más y nada menos, quien hace algunos años se ocupó de digitalizar los originales analógicos de lo que  podría considerarse su hermano de papel resucitado.

Bella nigeriana en Venecia (1999)
Las distancias son relativas. Los separa la geografía ilusoria de algunas páginas. Son dos rostros tan adustos como sencillos y profundos a la vez. A imagen y semejanza de sus talentos y sus artes. 
Son  íconos pero no de una década sino de todo el siglo XX. 
   “Tomé unos mates dulces con Atahualpa Yupanqui en mi casita de Martínez que me había dejado mi amigo Luis Puenzo”, cuenta el fotógrafo al que la propia obra lo hace rebobinar.
Al otro lado del Atlántico ocurrió el otro encuentro. 
“Orson Welles vivía en Madrid frente a la casa de Perón y me invitó a la Plaza de Toros –recuerda Shakespear -; me dijo muy al pasar "nunca pidas permiso, nunca". Esa foto está en mi corazón”.

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“Como sus proyectos más exitosos con sus hijos Juan y Lorenzo, esos retratos son gestos simples, pero icónicos en su capacidad de comunicar mucho dentro de un formato modesto” –anota atinada la escritora y arquitecta Leslie Wolke en otro prólogo de Revisitando los Sesenta. 
Shakespear desviste su fórmula desde la hechura: 
“Hago fotos por impulso. A veces me salen bastante bien. Otras -muchas- no. Con aquella Leica hice las mejores -creo- de Caras y Caritas en el 1966. El retrato es quizas el momento más sublime de la fotografía. Es un contrato de partes, donde se encuentran dos memoriosos que  piensan - ingenuamente - pasar a la posteridad. Lo extraordinario de los retratos es que no necesitan palabras. Como Jacques-Henri Lartigue, Irving Penn,Henri Cartier-Bresson, Robert Capa, iluminan la memoria de las personas que capturaron.

El pianista argentino de jazz Enrique “Mono” Villegas”  (1962)


El prólogo de Frascara refuerza el concepto desnudando el contexto mítico de aquellos días: “los ’60 fueron años de salir a explorar los límites de lo posible. En ese contexto sale Ronald con su cámara a documentar el momento fugaz. Sus modelos no posan, pasan. Ni siquiera parecen notar la presencia del fotógrafo que está ahí, con ojo caravaggiesco esperando el momento mágico en que la luz, la sombra y el personaje confluyan para potenciar la imagen: la vida, en toda su intensidad”

Rodolfo Walsh en la librería Jorge Alvarez (1962)


Otra foto: los lentes de bordes gruesos cruzando la patilla que enmarca la sonrisa de dientes apretados.
“Walsh era un irlandés de las pampas. Yo, de alguna manera, también.  Rodolfo se paseaba por el español. Fuimos amigos y siempre hablamos de él con Rogelio García Lupo. Lo vi poco después de que mataron a Vicky, su hija, y me parece que después de eso estaba buscando reunirse con ella”, suelta Shakespear mirando la foto que tomó en 1962, año en que con el autor de Operación Masacre viajaron juntos a Chile.
¿Quién dijo que una mirada fugaz no puede ser para siempre?

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_ Tengo entendido que a su padre le gustaba sacar fotos…
_ Papá era viajante en ese tiempo cuando abandonó Rosario. Sacaba fotos por todo el país mientras lo recorría en su dignísimo Citroen de dos caballos y refrigeración a aire. Me regaló mi primera cámara, una Zeiss Icon a fuelle. Años después tuve mi Leica F3. El arma cargada leal e infalible con la lente retráctil como la que usaban los espías de la segunda guerra. Se podía guardar en el bolsillo. Aún la conservo con mis objetos más amados.

_ ¿Cómo le llegó aquella propuesta de realizar un libro de fotografías y de qué manera trabajó en él? Por otra parte, ¿qué cosas agrega Revisitando los Sesenta  al contenido original de Caras y Caritas?

Pequeña modelo y Dominic Miller (1962)
_ Supongo que llegué a hacerlo por la simple casualidad. Jorge Alvarez -aquel de la calle Talcahuano- inventó el libro y lo bautizó: editó Cara y Caritas en 1967 y está largamente agotado. Tenía alrededor de 30 retratos en blanco y negro -en esta reedición hay el triple de fotos muchas en color-; y por casualidad llegué también después al Parco dei Mostri, Bomarzo, en Viterbo, donde tomé fotos de los monstruos escultóricos. Es hermoso perderse allí como lo es también en Venecia donde hice los retratos de unas hermosas chicas ligeras de ropas que aparecen en Revisitando. También hay fotos hechas en Salvador de Bahia, y de la obra de Gaudí en Barcelona, como igualmente se pueden encontrar trabajos en la Gran Muralla China y en Costa de Marfil, o las fotos del (Hospital Neuropsiquiátrico) Borda que hice para la película Pajarito Gómez de Rodolfo Kuhn en la que trabajaban Héctor Pellegrini y Nacha Guevara, con guión de Paco Urondo. Las imágenes de los internados del Borda son un hito emocionante y descarnado de Revisitando


Interno del Hospital Neuropsiquiátrico Borda (1965)
Un amanecer en el Hipódromo de Palermo, Irineo Leguizamo con la mirada perdida en la posteridad y su caballo mirando a cámara. Desde debajo de un piano para atrapar el rictus del trance del Mono Villegas en plena acción. O el espantoso zarpazo del Golpe en el gesto vencido del presidente derrocado Arturo Frondizi, -nuestro último estadista-derrumbado en un rincón.  
Felisa Pinto, Rómulo Macció, Manucho Mujica Lainez, Ringo Bonavena, y siguen las firmas.

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_ ¿Qué consejo le daría a quienes se quieren dedicar a la fotografía?
_ Saquen fotos con pasión. Lo demás no importa nada. Y no esperen los premios. Como dijo un profeta al recibir el Nobel: "los premios no se dan para premiar al autor. Se dan para premiar al premio". Como un auténtico hombre renacentista, el fotógrafo de hoy en día convive con los caprichos de la tecnología digital. De todos modos el universo se encarga de guardar la memoria del hombre sea cual fuere el procedimiento. 

_ En la actualidad, ¿qué lugar ocupa la fotografía en su día a día?
_ Hoy mi cámara enfoca los cumpleaños de mis siete nietos. En  ningún momento descanso. Me levanto a las cuatro con el canto de Mozart y leo a Walsh, como siempre. No me he permitido reposo. Como dijo Franklyn, "ya habrá tiempo de dormir en el sepulcro". A propósito, acabo de diseñar mi lápida. Dice sencillamente "Ya está". Sin el nombre del difunto y con la bella tipografía de los frontispicios de Augusto.

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En su puerta de entrada al libro, Wolke insiste:  
“Hoy conocemos a Ronald Shakespear como un diseñador con una extensa cartera de celebrados proyectos de identidad gráfica y ambiental. Pero en la década de 1960, una de sus principales formas de expresión visual era el retrato, cuando utilizaba la fotografía en blanco y negro para capturar a amigos y celebridades en momentos de intimidad”. 
Hay una foto que incluye al fotógrafo y su esposa.


Autorretrato con su esposa Elena (1967)  
Shakeaspear está en cueros, autorretratado pero de fondo, borroso, detrás de la mirada joven y clara de su amada Elena Peyron. Está al cobijo de unas gafas oscuras y un cigarrillo le cuelga de los labios. Tiene 26 años, aunque parece estar gritando su éxito futuro desde la actitud.
“Con el beneficio del tiempo y la amplitud de su carrera como diseñador -advierte Wolke-, podemos apreciar los hilos que unen a esas fotos con el resto de su obra”.
Las fotos son marca Shakespear.
“Les agradezco a todos aquellos que me prestaron su cara”, dice el autor del libro.

jueves, 12 de julio de 2012

MEDIO SIGLO SACANDO LA LENGUA

Los '60 son jóvenes. Nadie sabe todavía de la existencia de un grupo que se va a llamar Rolling Stones que está por abrir una puerta prohibida que nunca se va a cerrar. 
La hora del té pasó hace rato y el sol se fue a calentar otras latitudes. Por una calle de Londres -Oxford Street, donde en el 165 está el Marquee Club-, un vigilante hace la ronda disimulando lo más que puede su asco por esos muchachos que representan el peligro de una fuerte bomba que de estallar romperá para siempre la tradición de vestir, de comer, de pensar y de opinar bien, como Dios y la Reina mandan. Ya lo habló con un vecino antes de salir hacia el trabajo, ante el silencio y la mirada de sus esposas en la vereda que comparten. Siempre existieron excepciones a las sanas costumbres, desde que el hombre es hombre. Pero, se sabe, en esa horda propia -no son inmigrantes anarquistas, ni negros, ni pobres delincuentes comunes-, en esa imberbe masa insurrecta que mira mal a la policía anida un futuro difícil para el mundo. Una triste amenaza para la humanidad.
Ahora los ve, desfilando como semidioses que se cayeron de la cama y practican con regocijo la moda de renegar de sus mayores, de sus tradiciones, de todo. Disfrutan del efímero empellón de la edad temprana, las ínfulas inapagables del que transita la plenitud.
    Del tugurio a media luz surge una música ruidosa, atropellada, díscola.
    "Ya van a venir viejos ellos también", piensa el uniformado, mientras, sin soltar la cachiporra, retira la manga para ver la hora en su reloj pulsera.