jueves, 4 de octubre de 2012

TIEMPO DE COSECHA

Adonde antes los desbordes del arroyo Saladillo borraban todo y los camiones volcadores vomitaban escombros y mugre, hoy crecen verduras. 

Es la menos consolidada huerta urbana de Rosario pero es  la más genuina: con los techos de las casas de barrio Las Flores como telón de fondo, es además comedor comunitario. 

La supervivencia de un espacio que se resiste al olvido y la vida de su mentor,  fundidas y confundidas en una misma historia.         



Escribe: Joaquín Castellanos
Fotos: Leonardo Vincenti

“Era tierra negra y salitre porque se inundaba mucho. Fuimos limpiándolo entre nosotros, con un grupo de gente de la villa de Platón y San Martín. Empezamos a sembrar, vimos la posibilidad de poder vender”, rememora el hortelano.
Son casi 4 hectáreas sobre uno de los márgenes de San Martín al 7200, atrás del barrio Las Flores, aunque actualmente sólo se utiliza poco más de un tercio del terreno para huertas. Es el menos consolidado de los espacios agroecológicos fomentados por la administración local pero también es el más genuino. Además de permitir a los vecinos trabajar la tierra, se da copa de leche y comida a unas 60 familias. Más de 200 porciones, dos veces a la semana, además de la entrega mercadería.
El comedor y los bolsones no se hicieron para la gente de la huerta sino para todos los vecinos. Muchos se arriman por una cosa y se enganchan con la otra. O viceversa.
  
   
         Tres cuzquitos se arriman al portón sin ladrar. Es como un cortejo de bienvenida para las mujeres que llegan con los bolsos de colores en la mano.
            “La idea era dar un plato de comida pero nunca pensamos que la gente venga a comer acá porque sabemos que así se divide la familia. Le damos la viandita para que se lleven a la casa. Y les exigimos a los padres o a los más grandes que vengan a buscarla. Les decimos que no es que seamos verdugos sino que los chicos se pueden quemar y es peligroso que anden por acá, por la avenida…”, explicará más tarde el encargado de coordinar esta especie de centro comunitario. Tiene 58 años y se llama Héctor Alarcón paro casi nadie lo conoce por su nombre.

Desde muy chiquito le dicen el Ganso, bautizado así por un tío, testigo de sus complicados primeros pasos.
“Se va de culo como ganso chico”, sentenció el pariente. Y el mote quedó para siempre acaso como una involuntaria alegoría de lo que sería una vida a los tumbos.
“Nací en una villa que se llama El Mangrullo, y en el 76’ nos trajeron a barrio Las Flores”, cuenta Alarcón. “Me dieron treinta chapas de cartón en el Servicio Público de la Vivienda para que me hiciera el ranchito”, recuerda.
Fue verdulero ambulante y dependiente de almacén, entre otros empleos circunstanciales. También fue operario fabril y portuario. Pero ante todo fue hombre de río.

            “Hace treinta años que estoy acá, en Las Flores, y no me termino de adaptar. Allá tenía la canoa, iba a pescar, iba a buscar cereal al puerto. A cortar palos y paja a la isla. Cuando bajaba el río juntábamos las plomadas para venderlas. Siempre teníamos algo para hacer”, practica la nostalgia el hombre que cambió la costa por la orilla del surco.
Y eso se nota esa querencia hasta en el nombre del lugar: la huerta comunitaria se llama Rosarina Linda, como se llamaba su canoa.
“Éramos un grupo y teníamos que ponerle nombre a la cooperativa y a la huerta. Algunos le querían poner Irupé o Itatí… muchos de los muchachos eran correntinos o paraguayos.Yo hice una broma y dije ‘como esto es democrático le vamos aponer Rosarina Linda porque quiero’. Todos se rieron pero les gustó. Y quedó nomás”, señala.

El predio tiene un aspecto de campiña en construcción. El telón es un collage opaco hecho con los techos de las casitas de barrio Las Flores. Más acá, el vasto terreno vacío. Desde la entrada, una gruta santoral antecede a una casa de material. A un lado están el esqueleto de un vivero, una montaña de virutas y ramas de la poda para hacer abono, un claro con rastrojos deliberadamente puesto a secar para una futura siembra.
Hacia el otro lado las parcelas delimitadas por botellas de plástico o apenas por caminitos pelados. Por acá, alguien está reparando un tejido perimetral; más allá, un muchacho que sembró garbanzos le pone cartones alrededor para espantar a la maleza.
Siempre es tiempo de las verduras de hojas (lechuga, rúcula, acelga) pero ya se viene la época del pimiento, la berenjena, la calabacita, el maíz. Al final de este invierno hubo diez personas trabajando la tierra. Algunos cosechan para el consumo familiar, otros llevan sus productos para vender en las ferias. Hay también quienes además de lo económico encuentran un refugio laboral que los aleje de las adicciones.

 




“Todo el que quiere y necesite, puede sembrar y llevarse su verdura. Y también pueden llevarse mercadería. Además de lo que cada uno le pueda sacar a la huerta, buscamos que la gente tenga algo para hacer, para mantenerse ocupado. Pero sabemos que esto es sólo un paso. Hace falta trabajo. Puestos y cultura de trabajo. No hay que quedarse sentado esperando”, indica el huertero con tono político y voz de vecino.
           

           





            En el ingreso, contra una pared, hay partes de un afiche despintado por los días. Las sonrisas electorales de los candidatos están desteñidas pero intactas.
Hay un eufemismo para hablar de los intermediarios entre la política partidaria y las necesidades de las personas que viven en las barriadas. En Rosario, si el sujeto clave en ese enlace practica lealtades peronistas es “puntero”. Pero si, en cambio, simpatiza con el socialismo se lo llama “referente barrial”.
Héctor “El Gansito” Alarcón no le teme a esos encasillamientos, siempre y cuando “la ayuda llegue a la gente”, dice.

            “En el año 90 apareció un empleado municipal que también trabajaba en convenio con el INTA, a través del programa ProHuerta. Nos ofreció semillas para hacer quintas familiares. Era el ingeniero Antonio Lattuca. Yo empecé con mi quintita en casa y repartí semillas a las personas del barrio. Entonces me dijeron si quería ser promotor barrial como voluntario”, cuenta Alarcón.
Después le pidieron que haga una huerta demostrativa barrial “como para contagiar a la gente”. Aquel comienzo tuvo lugar en San Martín y cortada León, al lado de escuela San Martín de Porres, en Las Flores. Después nació Rosarina Linda.
“Salió de la gente de la villa hacer esto. Éramos seis familias. Empezamos a traer postes que tiraban en el basural y hacíamos cercos. Hasta que la municipalidad nos empezó a dar alguna herramienta, algún rollo de alambre.  También hubo un programa provincial que se llamó Fortalecer. Llegamos a formar cooperativa, a tener personería jurídica. Pero nunca pudimos avanzar”, recuerda.
            Tropiezos que no fueron caída.


La historia de la huerta y la vida de su mentor se parecen demasiado. Ambas tienen eso de los tumbos, caer y levantarse, estar en el suelo y no aflojar porque hay que ponerse de pie.
            Rosarina Linda trabaja en red con la parroquia del barrio, y no es casualidad.
            Alarcón había ido una vez a preguntar por lo de la Comunión y salió siendo catequista. En el medio pasaron algunas cosas.
“Soy devoto de la Virgen de itatí porque la iglesia me cambió la vida. Me sirvió para ver lo que fui en su momento. Me di cuenta que estaba perdiendo a mi familia por culpa del alcohol. No me avergüenza decirlo porque sé que es algo que al contarlo le sirve a mucha gente que puede estar pasando por lo mismo hoy”, sositene, y concluye “además el trabajo en la parroquia me hizo sentir muy bien saber que podía ayudar a otros que estaban peor que yo”.
“La experiencia me enseñó a sentir que casi todo se puede superar. A la gente trato de transmitirle eso: algún día entre todos  vamos a salir del pozo”, augura como desde una tribuna electoral pero con los pies llenos de barro.

Los vidrios de la gruta le devuelven como un guiño el fulgor de las tres de la tarde al sol de la hora de la siesta. La Virgen mira inmóvil y piadosa al otro lado de San Martín que a esa altura ya es casi ruta: datrás del desfile de camiones, colectivos interurbanos y autos, un terreno abandonado es disputado por una laguna y un basural. Un destello del pasado del lugar, ahí adelante, como para que nadie se olvide de lo que fue antes.
“Mirar para atrás es tan importante como mirar para adelante”, es un poco el lema de El Ganso. Caer y levantarse.


Un mediodía, un guiso “sin carne”. Cuatro chicos ven el cucharón repartir pequeñas porciones. Cuando se termina de servir el plato del último el primero ya lo tiene vacío. No hay más. El padre reparte su porción entre los cuatro. La madre hace lo mismo con la suya y poné la pava para tomar unos mates.

Cualquier día, acaso poniendo el candado al portón cuando se está yendo, Alarcón puede detenerse a mirar desde afuera la Rosarina Linda. Verá algo más que el milagro de los alimentos que nacen de la tierra: sus nietos, sus hijos, su esposa, los amigos. Su mejor cosecha.


HUERTEROS: EMERGENCIA Y VIGENCIA

Desde la aparición y expansión de la agricultura urbana como política del estado municipal, el desarrollo de las huertas y los sembrados fue desde el desparramo incontrolable de espacios por la necesidad del momento al crecimiento sostenido y ordenado, establecido en organizados espacios agroecológicos urbanos repartidos estratégicamente en los distintos distritos de la ciudad, con la creación en 2006 del programa municipal de Agricultura Urbana: una experiencia inédita en la política pública latinoamericana y replicada luego a nivel continental.  
El plano de la ciudad de entonces y la de ahora es elocuente: en 2002, en el ojo de la tormenta económica y social, llegó a haber más de 400 pequeñas huertas desperdigadas por toda Rosario. Diez años después, el panorama es diferente. 
Existen hoy doce espacios definidos y específicos vinculados a este tipo de producción orgánica de verduras, plantas aromáticas y flores, y entre ellos verdaderos emprendimientos productivos consolidados. Además de Rosarina Linda de barrio Las Flores, hay otros siete parques huertas –Molino Blanco y La Tablada, también en el sur; Hogar Español, en el sudoeste; Bosque de los Constituyentes, Los Horneritos y el Corredor Vías Verdes (en terrenos del ferrocarril) en zona norte- que junto al vivero municipal de Lamadrid al 200 completan 20 hectáreas en producción con suelo transformado con técnicas ecológicas.
Pero en el avance de estas iniciativas hay que inscribir también el Banco de Semillas  de Vera Mujica y San Lorenzo, dos agroindustrias de verduras y cosméticos y cuatro ferias en las plazas San Martín, Alberdi, General López y en el Centro Municipal de Distrito Sur Rosa Ziperovich, de Uriburu y Laprida.
Del 4 al 7 de octubre se celebra la octava Semana de la Agricultura Urbana y el décimo aniversario de las Ferias de Productores. Se trata del trabajo de unos 280 huerteros encargados de abastecer anualmente con 90 mil kilos de verduras y 4 mil de aromáticas orgánicas (libre de agrotóxicos) a un mercado formal de más de 400 consumidores sensibilizados que participan activamente.  
Sin embargo, la batalla principal tiene otro terreno: la educación.
La noción y la práctica de la agricultura doméstica ciudadana ya echó raíces en unas 40 escuelas y, a la vez, unos 100 jóvenes se forman actualmente en estas técnicas.
            Porque todo empieza en la semilla.

(Esta nota forma parte del Nº 93 de la revista Rosario Express de octubre de 2012, que a partir del miércoles 10 llega a los kioskos de la ciudad)

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