lunes, 21 de octubre de 2013

CELIBATO Y ALGO MÁS

En los últimos 20 años, cerca de 10 mil curas renunciaron al sacerdocio de manera pública y oficial en la iglesia católica latinoamericana. Desde que el nuevo secretario de Estado del Vaticano dijo que el “el celibato se puede discutir” quedó en primer plano un debate largamente reclamado por sacerdotes secularizados: una discusión que antes que nada es profundamente ideológica. Del lado de afuera del templo formal, la particular historia de vida del cura Oscar Lupori y su esposa Marieta, con dos décadas de labor comunitaria en el barrio conocido como Fisherton Pobre     

Escribe: Joaquín Castellanos
Fotos: Sebastián Granata


Antes de tener diferencias con la jerarquía católica local por su elección de formar pareja, ya había tenido un conflicto mayor en relación a la visión sociopolítica de la Iglesia. En 1968, siete años antes de ponerse de novio con quien sería más tarde su esposa, Oscar Lupori era párroco en Tortugas. Desde allá comenzó a preparar con un grupo de sacerdotes una especie de revisión de lo que era la Diócesis de Rosario y su pastoral, con miras a elevarle un informe al arzobispo Guillermo Bolatti. Pensaban que era necesario ponerse a tono con el Concilio Vaticano II desde una óptica latinoamericana. “Nosotros integramos el grupo de Sacerdotes del Tercer Mundo, y nuestro compromiso social chocó con los intereses de la Iglesia local. Nuestra visión era que teníamos que resaltar claramente que el evangelio y la Iglesia están llamados a cumplir de cara a la humanidad un papel de tipo sociopolítico, lo esencial de su misión es anunciar la buena noticia a los pobres, a los oprimidos, y que estar distante de eso  acababa siendo un beneficio para los poderosos. Sentimos la necesidad de una actuación muy vinculada  al mundo pobre, al mundo obrero. Trabajar por una transformación social”.
Eran los días de la dictadura de Juan Carlos Onganía. Los días en los que la región ya palpitaba lo que desembocaría en los Rosariazos.
“Todo eso concluyó en que a los 40 que firmamos ese documento, en junio del ‘69 nos pidieron las parroquias, y en la Pascua del ‘71 nos quitaron la asistencia de ejercicio del ministerio sacerdotal, de modo que no podíamos ejercer. Nos dieron la opción de irnos con otro obispo: algunos se fueron a La Rioja con (Enrique) Angelelli, otros a Río Cuarto con (Julio) Blanchoud, y otros se fueron  a Venado Tuerto. Yo fui de un grupito que dijimos no, de acá no nos movemos”, cuenta el cura al que aquel conflicto lo llevaría a unirse más que nunca a la tarea pastoral. Principalmente desde que se divorció de la Iglesia como institución y se casó con la mujer que ama.

En el oeste de Rosario, en la planta alta de una casa de nadie y de todos, el hombre que integra el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos (MEDH) y da clases en la carrera de Trabajo Social en la UNR, se acomoda en una silla a la par de su esposa a la que todos llaman cariñosamente Marieta.   
“Yo soy del grupo de los que no pedimos la reducción al estado laical porque nos parece humillante –cuenta Lupori, y explica:- un compañero mío tuvo que soportar que en la resolución dijera “su cómplice” por su compañera… ¿cómplice de qué? Además ¿qué significa “reducción al estado laical”?, si uno se va a poner a hablar teológicamente ¿quién se reduce a qué? ¿Que nos quitan qué oropeles de encima? Nosotros nos casamos por civil, y pedimos hacer una ceremonia religiosa por aquello que es fundamental en el Evangelio: el cristiano tiene una única ley: amar. Y el matrimonio, algo que tiene valor de sacramento para los católicos, tiene que potenciar la capacidad de amar”, reflexiona.

Sin trabajo, fue albañil entre el 1969 al 1987. En tanto, con sobresaltos fue profesor universitario: en el ’68 daba clases y Bolatti lo hizo cesar al año siguiente. Entró en el ‘73 nuevamente a la UNR y el Golpe de Estado le quitó el cargo en marzo del ’76.
“A la Iglesia local siempre le molestó que Oscar -igual que la compañera, pero sobre todo él por el tema del celibato- nunca abandonara en nada su tarea: desde los estudios teológicos, lo social, y el laburar sólo para comer: él nunca dejó de hacer”, dice Marieta.
Después de casado, junto a su esposa trabajó con chicos discapacitados.
Fue la época en que un ministro de educación mandó a preguntar con un terecero que qué estaba haciendo Lupori ahí… La respuesta no se hizo esperar: “decíle que estoy haciendo la Revolución”, recomendó el observado.
“Estuvimos un tiempo viviendo en la zona sudoeste, después alquilamos en calle Balcarce y en los 90 nos vinimos aquí”, comenta Lupori.
            “Aquí” es “Fisherton Pobre”: “Los propios vecinos en la asamblea barrial de 2001 le pusieron así”, explica la esposa del sacerdote secularizado.
            Desde hace 20 años, el matrimonio lleva adelante un trabajo territorial orientado a principalmente a niños y adolescentes. Empezaron en la escuela del barrio, siguieron La Casita –un espacio que alquilaban en la manzana del colegio- y desde hace dos años, con casa nueva y actividades casi todos los días, y con reuniones los fines de semana en las que se llegan a congregar hasta 100 chicos para compartir mate cocido con masitas y juegos.


“Jesús no fue a cenar con el Rey, el representante de los romanos; el se ponía a cenar con los pobres (la multiplicación de panes era para los que no tenían qué comer). Y  los fariseos que se consideraban piadosos decían, ¿cómo puede cenar con esta gente?”, argumenta el sacerdote sin templo formal, en el altar cotidiano desde el que se puede ver buena parte del barrio.  
“Jesús no fue a meterse en festicholas, estaba curando enfermos. Jesús estaba comprometido con esto y ése tiene que ser el compromiso de la iglesia. Y creo que Francisco lo está dejando en claro: los gestos de cariño y de ternura, por fuera de los que son las rigideces del protocolo, las rigideces a veces de tipo legal, a veces institucional. Porque una cosa es que lo legal sirva para apuntalar formas de andar y evitar andar a la deriva, y otra cosa es que lo legal sirva para potenciar un grupo de Poder”.
Más cerca del cielo que de los ruidos terrenales de los autos que pasan, Lupori desgrana su pan de experiencia. 
“El celibato puede tener sus dificultades así como ser casado también puede dificultar la tarea pastoral. Hay que ser realista. Lo valioso de esto, sería que fuera libre, opcional. Así se aprovecharían muchas cualidades de personas que han sido puestas al margen, y que se podrían recuperar. Personas altísimamente valiosas que a la Iglesia le permitiría aquello de Juan XXIII: que entre un aire fresco, ponerse al día. Vendría muy bien. Y, por otro lado, en esta situación uno de los riesgos que no se vayan a creer que uno quiere hacer una iglesia aparte. Porque uno no pretende eso. Eso sí, termina por descubrir el valor de lo ecuménico: una apertura necesaria. Sabiendo además que no necesariamente esto tiene que ser algo exclusivo de la iglesia: movimientos ecológicos, movimientos por los DDHH, movimiento por la dignidad gay, el movimiento de defensa de los pueblos originarios… basta: la iglesia tiene que sumarse… pero, ¿cómo no nos vamos a sumar si eso suma en humanidad?"  



Oscar es rosarino, hijo de un albañil y de una mujer humilde, “de barrio obrero”, señala. Sus padres sufrieron la década del ‘30 y del ‘40, y pudieron levantarse un poco con Perón, por lo que sin ser fanáticos, él sabe que querían y que siempre votaron al peronismo.
Ingresó al Seminario a los 11 años de edad. Nadie más que su convicción lo obligó a seguir.  Incluso, cuenta, sus padres eran bastante anticlericales en el sentido que “no querían que los curas se metieran a mandar adonde no tenían que estar”.
De chiquito, le interesaba “lo de Dios”. Pero siempre, aún estudiando en el Seminario, le importaron las luchas de los trabajadores”.
“Mi visión era cómo había que cambiar este mundo que no podía seguir siendo tal como estaba organizada la sociedad con todas esas injusticias. Y que la clave era estar con los pobres”, dice.
Lejos, en Bahía Blanca, una alumna de un colegio religioso empezaba a interesarse por las injusticias. De adolescente empezó a trabajar con las monjas en los barrios pobres. Cuando la derivaron a Rosario, trabajó en Villa Manuelita, cerca del peronismo de base, “y con todo lo que llevara a que hubiera menos diferencias entre las personas”, dice. Siendo universitaria, vivió en un pensionado estudiantil al que Oscar iba a dar charlas o a celebrar la misa…
_ Cuando él me empezó a interesar más, yo rajaba… -rememora Marieta.
_ … Hasta que un día los dos nos declaramos, en el ‘75 – interrumpe su esposo.
_ Con un lápiz y un papel,  empezó a decirme que él necesitaba centrarse afectivamente –retoma la mujer, después de algunas risas nerviosa y mirando a los ojos a su esposo-; era el momento en que los habían dejado sin parroquia. Él podía haberse ido a otro lado; y yo lo alentaba a que lo hiciera. Pero él insistía en que se tenía que quedar… Y yo le dije, bueno: yo ya no te veo como cura, te veo como hombre…
_ Era agosto del ’75 –dice él.

Ella está cruzada de brazos, apoyada en la mesa. Él, mientras habla, se recuesta con armonía en el espaldar de su silla y estira un brazo sobre el de la de ella.
“Una cosa es lo que aparece en los Evangelios donde se promueve la posibilidad de que para trabajar de lleno haya personas que opten por ser célibes porque, es cierto, es una forma de estar más libre, pero eso tiene una contraposición muy dura: por lo general, ésos son los curas burocratizados, los curas hiperinstitucionalizados que más de una vez se neurotizan con su soltería. Es un asunto disciplinario. Ojo, también hay excelentes sacerdotes y personas en esa condición. Pero a su vez, esa contrafigura a veces lleva a que, por motivos estratégicos (que no voy a ser yo quien los critique aquí), para poder seguir trabajando, tienen una compañera oculta…”, señala Lupori.
Marieta habla con los ojos que acompañan el relato de su marido suscribiendo a cada palabra.
“En estos tiempos modernos se impone una nueva forma de presentar el mensaje evangélico respecto a la sexualidad, porque una cosa es presentar la sexualidad como algo dañino, algo bajo,  y otra cosa es descubrir que corporalmente todos somos sexuales. Y que la sexualidad es algo noble y muy importante.”
            Los árboles que se asoman atrás del vidrio denuncian que está llegando la primavera de 2013.  
“La Iglesia debe descubrir que la Iglesia no es para sí sino para trabajar a favor de una mejor humanidad.”, sostiene Lupori. 


“Una cosa que hay que recalcar –dice la mujer-: dentro de los curas casados hubo quienes se aburguesaron y que se metieron en el sistema a pleno, en cambio, hay que decir que Oscar siguió con todo, con la mujer y los críos. A él no se le podía criticar nada en ese sentido, en vez de apartarse se metió más en esa tarea…”
No sólo nunca dejó de considerarse a sí mismo sacerdote: “doctrinariamente la Iglesia católica nos considera sacerdotes: legalmente quita la posibilidad de ejercerlo pero en la teología católica el que se ordena sacerdote sigue siéndolo siempre. Incluso aunque esté casado, en el caso de un accidente, por ejemplo, en el que hubiera gente en malas condiciones uno le puede dar la absolución”.
_ ¿Qué creen que piensa la gente de su situación?
_ Yo estoy tranquilo. Nosotros estamos felices. Aunque tengamos discusiones y todo…-sostiene él.
_ Yo voy a cumplir 75 y él tiene 76: y hace 35 años que estamos casados –aporta Marieta.
_ Y hemos criado a los tres hombres que tenemos y tenemos nuestra nieta …- dice Lupori, como si todo terminara ahí, en su nucleo familiar.
Por la ventana entra todo el barrio de casitas humildes salpicadas por el último sol del día, por las primeras pinceladas de sombras que ya deja caer la anunciación de la noche.
Esta –dice el cura casado, como marcando el punto final de la charla-, esta es nuestra vida.