jueves, 5 de noviembre de 2015

DERROTADOS

Lo que pasó esta noche en el fondo no tiene que ver con los colores. Ni siquiera con el fútbol, así, en general. Tiene que ver con algo más serio. Una condición humana que es la esencia de las injusticias. La evidencia que convierte a un hecho en una injusticia inocultable. Alguien dijo aquí que a los hinchas de Boca nos tendría que dar vergüenza. Y sí, es inevitable. Debe ser la primera vez en mi vida que no grito un gol de Boca. En este caso, dos. 

El primero con una extraña esperanza de que fuera empardado como sea por el equipo rival. Porque durante buena parte del partido desee -sobre todo después del penal que no fue, porque hasta el gol anulado de Ruben se podía justificar un presunto error arbitral, ponéle-, desee profundamente que Central hiciera un gol con la mano o en orsai y lo cobraran como empate lícito, para quedar a mano en perjuicios y volver a empezar. 

Pero no. Lejos de cumplirse mi deseo, se confirmó mi presentimiento.
El segundo gol, aún sin saber todavía si Chávez estaba o no adelantado, fue un al revés que un alarido, un ahogo triste de saber el remate de la historia que me ensombreció más el ánimo lejos de ponerme feliz.

En caliente, y en tren de combatir tanto silencio inédito -porque nunca supe hacer faltar festejo o puteada, nunca tanta contemplación incrédula y sin reacción-, creo que fue que arranqué a contar esto, sin filtro.
Y es este desconcierto lo peor que le puede pasar a un hincha. Lo peor que le puede pasar al fútbol. Lo peor para el feligrés sincero de la redonda que lo último que quiere enterarse es que eso en lo que más cree -o quiere creer- es apenas un insostenible invento suyo.
Todo queda inevitablemente impregnado de nulidad: el título manchado, la vergüenza que yo no tendría por qué sentir pero de la que me participan los hechos. El resultado vacante de realidad.
No hay mucho más por decir.
Perdimos otra vez. Aunque los diarios porteños digan lo contrario.

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