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CANTINELA (TANGO)

Perdí las llaves y la fe en este barrio dopado de deseo y besos menthoplús takleado por la sombra de un recuerdo garabato en un cuaderno otra que cambio de luk Tanto ir a la deriva como un trueno semáforo sin freno ni virtud resplandor amarillo en calzoncillos sentado frente al telefulbo perdida para siempre juventud Soldado desertor sin otra guerra que el culo del invierno como iglú a la noche le empañé las lentejuelas con un final de miga entre las muelas y el alma hecha pus El zurdo tic tac que carraspea burdo compás de notas al tun tun en el retrovisor siempre fantasea un tango en internet que parpadea por el quinto fernet con dejà vu Quién te ha visto y quién te viera esclavo del profesional de la salud con zapping del sillón a la catrera se mata de vergüenza la primavera en el salto de la soda hasta el vermú Divorcio frugal mentira y truco pelusa en el pupo soplete y caracú la melancolía por las venas horas vacías las bolas llenas y el alma hec...
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EL ELIXIR EN TETRABRICK

En cuanto al destino, él sabe que no hay apuro. Siempre es ahora y hay que hundir la mano en el largo bolsillo para encontrar las monedas si es que existen y arrancar sin apuro hasta el kiosko de ventana. El envase, es sabido, tiene impresa en algún lugar la fecha de vencimiento pero siempre es mejor esquivarla y que sea sorpresa. La idea es acomodarse de cara al sol, con la pera apuntando a Neptuno y la imaginación desparramada. Cada quien decide lo que dura ese recreo. Se trata de dejarse ser sin agenda ni convenciones: transcurrir como si vivir fuera soplar (pero al revés) y ser botella.

GLIPTODONTE Y MEGATERIO

Gliptodonte y megaterio ensayan la ternura en un escalón incómodo del tiempo. Se nutren de momentos idos y deambulan ávidos de ayeres por un futuro remoto impretendido. Nada los obliga a trascender y anida naturalmente la nostalgia en sus huesos.

CUIDAD

Húmedo universo en miniatura. Bahía de barro y barranca. Gentío múltiple de gringuez incalculable; pueblerina metrópolis, alma de Capital frustrada. Comarca pretenciosa y provinciana. Páramo autodidacta. Citadino gran barrio ribereño, rinconcito con vocación de hectárea. Inquieto suelo portuario que vomita arte hasta por los codos.

TURISMO DE ESCAPADAS

No hay ni habrá Ruta de los Prófugos así como no se consiguen en Cayastá las tazas souvenirs promocionadas en las noticias. Lo que hay en el pueblo costero santafesino, después del furor mediático por la recaptura de los famosos evadidos, es un slogan perfecto que  a un mes de los hechos  hace que  sin lastimar la recuperada calma  se reciba un bombardeado de consultas y visitas fugaces “Queríamos ver cómo era el lugar donde se escondieron los prófugos”, asume una señora que camina junto a su familia por la costanera. Un rato basta para corroborar que no es la única que alega tal curiosidad. Una pareja joven que mira el río, un matrimonio que toma mates debajo de un árbol, un grupo de señoras que camina por la plaza del pueblo. Aunque nadie de ellos conocía hasta ahora este histórico pueblo santafesino atravesado por la Ruta Provincial N°1 y abrazado por el río San Javier, todos coinciden en Cayastá en la mañana de un sábado agobiante que amenaza con llover...

CUARENTICINCO DEL SEGUNDO TIEMPO

Va a caer directo a la zurda del negro Beto. Un defensor mediocre (un 4) se interpondrá entre las piolas y el festejo trunco. El rebote, señal que la jugada respira, lo tendrá el Gaita en los pies, cerca del corner. Hasta el cielo y los árboles y los hinchas son de cero a cero. Sin embargo llueve el centro y los pupos se estiran y los cuellos. Hay un cráneo (del 2 nuestro) que la revienta de pique contra el piso, contra el palo. Afuera. Cuarenticinco del segundo tiempo. Ya sólo se piensa en el lugar que cada uno va a ocupar en la chata para la vuelta.

PERIODISMO INTROSPECTIVO, EN NUESTRO DÍA

Leído este pensamiento del escritor y periodista español así al pasar, como un recorte fuera de contexto, genera una sensación de desendiosamiento necesario, dolorosa y abrupta, que tiene que ver con la crítica general extrema pero también con la certeza cotidiana de quienes somos obreros de la palabra. La feroz autocrítica es tan contundente y molesta que, a la hora de la reflexión-hoy por ejemplo- sirve más que el más florido elogio. La definición habla de ese inmenso oceano de cinco centímetros de profundidad que representa nuestra constante intervención en todos los temas todo el tiempo y que en algún momento nos puso  en un podio que supimos con el tiempo que era de cartón. Es un cachetazo exacto en el momento justo, que además nos permite vernos -a mí por lo menos me remite a verme- en esa situación esforzada pero a la vez forzosa de atropellar la intermitencia burlona del cursor que late en la hoja del procesador de texto, reclamando correr contrarreloj detrás de ...