En cuanto al destino, él sabe que no hay apuro. Siempre es ahora y hay que hundir la mano en el largo bolsillo para encontrar las monedas si es que existen y arrancar sin apuro hasta el kiosko de ventana. El envase, es sabido, tiene impresa en algún lugar la fecha de vencimiento pero siempre es mejor esquivarla y que sea sorpresa. La idea es acomodarse de cara al sol, con la pera apuntando a Neptuno y la imaginación desparramada. Cada quien decide lo que dura ese recreo. Se trata de dejarse ser sin agenda ni convenciones: transcurrir como si vivir fuera soplar (pero al revés) y ser botella.
Escribe: Joaquín Castellanos Fotos: Leonardo Vincenti Una nena y un perro en la vereda. Los libros se escapan por la ventana. Una casa de antes, con las aberturas y el techo altos. Las inscripciones deliberadas en la fachada se confunden con las marcas clandestinas en aerosol. Un cartel en la puerta dice “Biblioteca Popular Pocho Lepratti. Fundada el 18-10-2002”. La silueta del militante social alado sobre ruedas y, por supuesto, hormigas: gigantes, obreras, obstinadas; muchas hormigas caminando por las paredes. María de los Ángeles mira hacia adentro. “¿No sabe si hay alguien?”, interroga la nena. Tiene ocho años, y recibir una pregunta como respuesta la pone en guardia: advierte que su abuela le dijo “que no hable con extraños”. El perro mira silencioso y antes que nadie escucha los pasos que llegan desde el interior. Un hombre de anteojos saluda e invita a pasar. Se llama Carlos Núñez, es el p...

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