Y mientras la opresión se las sigue ingeniando para disfrazarse de muchas cosas, el interminable trovador continúa con su arma encordada, con una pata en la silla, solo, debajo de una lucecita que lo baña; acribillando de poesía a los necios. En la oscuridad que lo escolta se presienten cientos, miles, millones de personas: algunos ni siquiera lo escuchan ni saben que ellos mismos viven dentro del ancho ombligo del madero melodioso que antepone entre su persona y el público.Paco Ibañez susurra pero no deja de decir con firmeza -gritar nunca, le convido Yupanqui, "porque el que se larga a los gritos no escucha su propio canto". Su canción es una áspera pero dulce gárgara que alivia los pesares contemporáneos: los versos de selectos vates se revuelven en la garganta, tironeados para adentro por su corazón de casi ocho décadas y los oídos predispuestos o casuales que den con su trova.
Quevedo; Neruda, Alfonsina Storni, Nicolás Guillén y Góngora; Goytisolo, Lorca y Machado; Gabriel Celaya, Atahualpa Yupanqui y él mismo. El escenario que parecía grande, canción tras canción le va quedando chico.
Esa imagen, esa cosquilla o brisa o alarma, será suficiente para mantener el caprichoso equilibrio del universo.
Comentarios
Publicar un comentario