viernes, 18 de mayo de 2012

ATAHUALPA YUPANQUI, ESE SOPLO ETERNO

Para mi viejo, responsable absoluto 
de este sentimiento  yupanquiano

La quietud de la madrugada respira la voz y la guitarra de Atahualpa Yupanqui. Lejos de las precipitadas actividades del día, la noche se esconde atrás de un silencio aparente. La calma es una canción que se escucha con las entrañas. Las cuerdas, apenas por encima de lo necesario para ser sonido; la voz, un rumor vestido de palabra con lo justo. La poesía, sencilla y profunda, la traducción perfecta del mundo hombre adentro.  





Se llama como quiso llamarse, por timidez, desde los 13 años, cuando debió firmar al pie de sus primeros sonetos y poemas. Primero fue "Yupanqui" y luego le antepuso "Atahualpa":  "el que viene de lejanas tierras para decir algo", en quechua.  
Héctor Roberto Chavero había nacido en enero de 1908 en Campo de la Cruz, un paraje ya desaparecido, cercano a Pergamino. Su vida fue la inquietud, la curiosidad permanente del que aprende (y enseña) mirando. 
De chico la guitarra lo hipnotizó, algunos dicen -él mismo lo ha confirmado- tentado por los fogones de los peones que fueron sus maestros sencillos y hondos que lo contagiaron para siempre de esa serenidad abrumadora de los hombres sabios del campo.


Además de artista universal fue ciudadano del mundo. Así como nació bonaerense fue parisino y supo ser, entre otras cosas, tucumano: su primer encuentro con esa tierra, destino recurrente en su vida y en su canto, fue a los diez años de edad, en uno de los viajes de vacaciones en que su padre llevaba a la familia en tren, aprovechando que no tenía que pagar pasaje porque era empleado ferroviario.
Ahí, en una estadía de dos meses, la zamba lo enamoró para siempre.



Su relación con la música tiene dos episodios significativos en su infancia.
A los siete años sus padres lo mandaron a estudiar violín con un cura que le enseñó música hasta que lo trasladaron a otro pueblo.
Ante la ausencia de profesor, llegó el momento de conocer a Bautista Almirón. El concertista de guitarra, amigo de la familia, vivía en Junín, a unos 20 kilómetros de distancia de Estación Roca, donde vivía Atahualpa. Muy al estilo del campo, sin dinero de por medio se acordó que dos de los hijos del músico vivieran con los Chavero, y que el pequeño Héctor Roberto se alojara en la casa del guitarrista para aprender a tocar a cambio de cuidarle un rosal.


Tras la muerte de su padre en 1921, tuvo que trabajar para ayudar a su familia. Fue hachero, arriero, mandadero, cargador de carbón, entregador de telegramas, oficial de escribanía, corrector de pruebas y periodista, haciendo notas sociales, sobre casamientos o velorios principalmente. 
En pocos años tuvo dos incursiones a la Capital. La primera en 1923, a partir de la gestión de un colega del diario Crítica: él y otros cantores llenaban el espacio vacío de la transmisión radial  a la espera de información acerca de "la pelea del siglo" Firpo-Dempsey. La segunda, en 1926, se lo tomó más en serio ya que lo acompañaba además de su guitarra, una pequeña valija y algo de plata. Antes de ser reconocido como artista. Para hacer audiciones en bares, bibliotecas y escuelas, colaboró con algunos reportajes en un modesto periódico pero también debió trabajar como peón de panadería.



El sueño se fue diluyendo. Él era de otro mundo, más sencillo y más profundo. La sangre le dijo que no era por ahí, que el trecho largo acaso le llenaría las alforjas de canciones que en el ruido de las grandes ciudades pasan inadvertidas. En 1926, en ese trance, nace "Camino del Indio". 




Lo que vino después tuvo que ver con un viaje. Por Jujuy, Bolivia y los Valles Calchaquíes pero también por su interior. Siete años después recorrió Entre Ríos, afincándose un tiempo en Tala donde fue maestro de escuela y fundó el diario local "La Voz de Tala". 
Por esos días participó de la histórica gesta de los hermanos Kennedy, aquel frustrado intento por defender la democracia contra el golpe de Estado que había derrocado a Hipólito Yrigoyen en 1930. Por eso debió exiliarse en Uruguay: pasó por Montevideo, después anduvo por el interior oriental y, más tarde, el sur de Brasil.



En 1934 volvió a Argentina a partir de una amnistía que le permitió instalarse en Rosario, contratado por LT1 Radio del Litoral donde tuvo una temporada exitosa junto al entrerriano Ángel Cardino. También trabajó para el diario "El Popular", donde escribió notas de viaje, crónicas de campo, narraba sucedidos y paría sonetos. Ahí le toco nada menos que escribir sobre la muerte del hombre que le enseñó a querer la guitarra: Bautista Almirón, radicado en el sur santafesino desde los años en que debió suspender las clases particulares del pequeño alumno por aquella mudanza.




  
Entre 1935 y 1936, vivió en Raco, Tucumán, y de allí fue a Buenos Aires para actuar en radios menores donde, después de algunas presentaciones, fue invitado a la inauguración de Radio El Mundo.
Realizó sus primeras grabacionces en el sello Odeón -dos discos de 78 rpm- para la agrupación tradicionalista "El Mangruyo", de Rosario. Ahí nació su amistad con el poeta uruguayo Romildo Risso, líder de aquel colectivo artístico y autor de la letra de "Los ejes de mi carreta".
En 1938, estando en Mendoza, Atahualpa Yupanqui es premiado en el concurso literario de la Entidad de Bellas Artes de Tucumán con "Canción de la zafra", y con el dinero del premio viaja a Chile.  
Se edita "Piedra sola", su primer libro, y graba en Odeón Argentina y en Víctor.
Entonces recorre Santiago del Estero, Tucumán, Catamarca, Salta, Jujuy, el Altiplano, yendo detrás de las huellas de las culturas aborígenes.
Por aquellos años volvió a los Valles Calchaquíes, recorrió a lomo de mula los senderos jujeños y residió por un tiempo en Cochangasta, La Rioja.



A principios de la década del '40, en Tucumán se casó con María Martínez, pero el matrimonio fracasó. Poco después conoció en una peña a Antonieta Paula Pépin Fitzpatrick, "Nenette", quien sería su compañera definitiva y colaboradora musical con el seudónimo "Pablo Del Cerro".
En 1944, durante otro viaje por las provincias del noroeste creó "El Arriero".



Afiliado al Partido Comunista (PC) en 1945, entre 1946 y1949 sufrió persecuciones, proscripción y cárcel. A ese periodo pertenecen los libros "Cerro Bayo", "Aires Indios" y "Tierra que anda". En 1950 se fue a Uruguay y desde allí a Europa. En París, Edith Piaf lo apadrinó y nació así su carrera internacional. 
Cuando volvió a Buenos Aires, en 1952,  por sus críticas al comunismo fue expulsado del partido. Pero ya consagrado en Europa, las puertas de las radios se abrieron. Actuó hasta tres veces por semana en Radio Splendid pero pese a las simultáneas contrataciones y a la difusión de su arte, nunca se sintió cómodo. En 1956, derrocado el peronismo, con los militares volvieron las dificultades y Cerro Colorado se empezó a volver cada vez más su refugio. Que fuera en lo profundo de su país o en cualquier rincón lejano del mundo. el exilio era inminente.



En 1963 emprendió una serie de viajes a Colombia, Japón, Marruecos, Egipto, Israel e Italia. El tiempo que pasaba en Argentina se dividía entre la Capital Federal -por compromisos comerciales- y Cerro Colorado -la mayor parte del tiempo.  
Por entonces, en varias entregas la revista "Folklore" publicó su autobiografía "El Canto del Viento", editada como libro en 1965. Y ese año, por si fuera poco, aparecería el disco "El Payador Perseguido".



En 1967, el golpe de Estado a Arturo Illia implicó una dolorosa invitación a irse del país. Yupanqui volvió a Europa para recorrer toda España en una exitosa gira de 1968, para luego instalarse casi definitivamente en París, con intermitentes regresos. 
Con el advenimiento en 1976 de la dictadura militar sus visitas se fueron extinguiendo hasta que recién en 1979 volvió a presentarse en Argentina. 
Pero sus actuaciones en Europa comenzaron a espaciarse a causa de algunos trastornos de salud. En 1986, Francia lo condecoró como Caballero de la Orden de las Artes y las Letras.
Ha escrito más de 1300 composiciones, entre poemas y canciones, y diez libros.
En 1987 volvió a Argentina para recibir el homenaje de la Universidad de Tucumán.



En 1989 creó la "Fundación Yupanqui", en su casa de Cerro Colorado, con sus libros, los puñales de su abuelo, ponchos, aperos, regalos que le dio la gente en sus giras por el mundo.
Y ese mismo año debió internarse en Buenos Aires para superar una dolencia cardíaca. Pese a ello, en enero de 1990 participó en el Festival de Cosquín.
El 14 de noviembre murió Nenette, y a los pocos días Yupanqui cumplió un compromiso artístico en París. 
En Diciembre de 1991 se presentó en Buenos Aires, en el que sería su último concierto ofrecido en la Argentina.
En 1992 volvió a Francia para actuar en Nimes. Allá murió el 23 de mayo, a los 83 años de edad. Por su expreso deseo, sus restos fueron repatriados y sus cenizas esparcidas debajo de un roble que él mismo plantó en Cerro Colorado.



Fuentes: "El Canto del Viento" (Autobiografía) ///  Biografía oficial de la Fundación Atahualpa Yupanqui /// Juan Carlos Zamateo en "Biografías del folclore argentino" /// Emilio Pedro Portorrico "Diccionario Biográfico de la Música Popular de Raíz Folklórica" 

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