viernes, 22 de febrero de 2013

ESCARAMUZA POLÍCITA A LA SOMBRA DEL COMBATE


Por Joaquín Castellanos

(Foto: Sebastián Granata)
Anónimos, espontáneos, impunes y genuinos. Los abucheos al vicepresidente Amado Boudou fueron protagonistas del acto, por encima de los festejos y hasta de los discursos políticos. Porque los propios oradores –primero el intendente de San Lorenzo, Leonardo Raimundo, después el gobernador Antonio Bonfatti y el propio funcionario nacional-, habían hecho la tarea correctamente: al menos desde sus alocuciones y a sus modos particulares, las propuestas de los dirigentes eran homenajear el espíritu  sanmartiniano con el ejemplo, evocando “la unión”, “dejar de lado las diferencias” y “enfrentar juntos al enemigo común”. Por una vez, los dirigentes políticos habían guardado las formas en público, pero el público no delante de ellos.

La crónica de los hechos guarda las respuestas. Y otro poco se esconde en las interpretaciones ciudadanas y las prácticas del poder. 
¿Santafesinos hartos de los ataques del kirchnerismo a las autoridades elegidas en la provincia –“narcoescándalo” y estigmatización  mediante? ¿Un indicio del agotamiento del modelo ? Tal vez. ¿Sentimientos “caceroleros”  que vieron en Boudou un blanco fácil? ¿El “Clarín” estridente sonó? Puede ser.
Acaso todo junto, o tal vez nada de eso. En San Lorenzo, además, también pesaron otras razones.  

PRELUDIO DE SAN LORENZO
Intendente de San Lorenzo Leonardo Raimundo
El intendente Raimundo es un radical que integra el Frente Progresista, reelegido con el 70% de los votos. No es novedad que no esté primero en la lista de los distritos favorecidos por la Nación, como tampoco lo es que San Lorenzo sea un lugar hostil para el kirchnerismo, sobre todo después de los cortocircuitos que anuncian la proximidad de un año electoral.
Nada justifica los improperios ni la silbatina ni los abucheos, pero si es necesario buscar otra razón que explique todo eso, hay un asunto medular que tiene que ver con un resentimiento local que se disimuló hasta donde se pudo, hasta que estalló. 
A la falta de apoyo económico para la conmemoración histórica, se sumó lo que tanto funcionarios como vecinos señalan como una calculada falta de voluntad, que mezcla inútilmente las cosas. “Suponete que eso haga a la política –supo plantear  un dirigente radical-, pero el 3 de Febrero es una cuestión nacional”, se lamentó.

(Foto: Prensa San Lorenzo)
“Esperábamos que se decretara feriado trasladable al lunes, para tener una gran fiesta el domingo por la noche. El proyecto fue aprobado en Diputados pero no pasó por el Senado, y la idea naufragó –explicaron en San Lorenzo- ; la bronca es que para el jueves anterior a los festejos, se instauró el feriado por única vez por los 200 años de la Asamblea Constitucional del año ‘13. Y -apuntaron indignados-, se reconocieron otras batallas como las de Salta y de Tucumán, y no se le dio al Combate la dimensión de lo que significa para nuestra Historia”.
La procesión iba por dentro. Pero en algún momento explotó.

BANDERA Y BANDERÍA
El estadio montado sobre el Campo de la Gloria se había ido llenando varias horas antes del comienzo del acto central. Para entretener a la gente, bastó inicialmente el ensayo general de los distintos cuerpos castrenses en el verde suelo como si se tratase del liviano entretenimiento previo del partido preliminar de reserva en el fútbol.

(Foto: www.lacampora.org)
Pero hubo un momento en el que las banderas en las tribunas ya no fueron las celestes y blancas con el sol mudo: sobre las seis de la tarde, La Cámpora enarboló sus consignas partidarias que flamearon en cantidad, aunque esta vez en un lugar no muy privilegiado, a diferencia de lo ocurrido en el Monumento Nacional a la Bandera hace poco más de un año. Les tocó un rincón lejano, recortados de la bruma del río en una de las esquinas más cerca de la barranca que del palco de los oradores.
La reacción en principio fue moderada pero de a poco, como ocurre en la cancha, inundó los dos costados ya bastante colmados de multitud.
“¡Que se vayan!¡Que se vayan!”, fue un cántico que se fue desparramando por el Campo de la Gloria en alusión a los recién llegados. 
Acaso los amagues de destrezas que ensayaron los Granaderos no buscaban ser un despiste para devolver los ánimos al letargo de los momentos previos al acto central. Pero por un rato lo fueron.

SORDO RUIDO
Al vicepresidente lo empezaron a increpar e insultar en el camino al palco oficial, y las primeras ofensas no surgieron de señores bocasucias o jóvenes insolemnes: fueron señoras que dejaron de tomar mate para levantar un dedo acusador y putear cual barrabrava profundamente entrenado en las artes del maltrato verbal.

(Foto: Sebastián Granata)
Los oradores apuntaron hacia un mismo punto: “San Martín dijo que debemos luchar contra todo lo que nos divide y cuidar todo lo que nos une”, expresó Raimundo; “la potencia que nos daría tener una estrategia compartida”, deseó Bonfatti; y “esa batalla (…) que nos permite aquí ver que tenemos un pasado en común y que también estamos construyendo todos juntos un destino común”, señaló Boudou.
Pero nadie reparó en nada de eso. El aplausómetro premió al anfitrión radical, aprobó ciertos tramos de lo dicho por el socialista, y no dejó de insultar, chiflar o abuchear  mientras hablaba el vicepresidente o cada vez que lo mencionaban.
Naufragó el intento del intendente sanlorencino por frenar los abucheos: “Estamos conmemorando el bicentenario del Combate. Demostremos a todo el país que acá somos sanmartinianos y patriotas”. Un tibio aplauso bajó de las tribunas, pero el fragor de los murmullos desaprobatorios volvió apenas Boudou dio las gracias por el gesto.  Sólo restaba que, aturdido por la adversidad, el segundo de Cristina abandonara el discurso de las comuniones nacionales para increpar al público que lo abucheaba con una frase desafortunada: “Es una actitud fascista no escuchar lo que otros tienen para decir”, aludiendo a Alfonsín de un modo confuso, lo que generó más indignación que remedo. 
Cuando ya no quedaban oradores, sin un mero punto y aparte, la locutora anunció que detrás del palco había un chiquito perdido. Alguien bromeó que se trataba del mentado ser nacional. Bien podría haber estado hablando en serio.  

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