lunes, 11 de agosto de 2014

EL HEREDERO DE LA MÍSTICA

Escribe: Joaquín Castellanos / Fotos: Sebastián Granata


"MASCHERANO Y 10 MÁS"
Cuando Diego Maradona asumió como entrenador de la Selección, en 2009, sin reparar en la corta edad del aguerrido mediocampista, lo designó como su capitán y, fiel a su estilo, plasmó una frase contundente que ahora, casi seis años después, retumba: “la Selección es Mascherano y diez más”.
            Salido de la boca del 10, podía parecer una exageración, pero basta repasar  sus actuaciones con la celeste y blanca en los últimos diez años para no dudar ni un instante de ese concepto.
            Aun antes de debutar en primera división con la camiseta de River, Marcelo Bielsa lo puso de titular cuando tenía 19 años, y no era ni suplente en su club. Fue en 2003, en un amistoso contra Uruguay, en ocasión de la inauguración del Estadio Único de La Plata.

            Desde entonces es el volante central indiscutido de Argentina que, por si fuera poco, se luce en el Barcelona tirado atrás, como zaguero impasable.
Con la camiseta de la Selección jugó tres Mundiales (Alemania 2006, Sudáfrica 2010 y Brasil 2014), siendo capitán con Maradona y con Batista como entrenadores, hasta que Sabella designó a Messi. Aún así, nunca dejó de ser líder indiscutido.
Es el único jugador argentino que obtuvo dos medallas de oro olímpicas (Atenas 2004 y Beijing 2008).

Curriculum suficiente. Pero por si quedara alguna duda, hay una frase de uno de nuestros más lúcidos comentaristas de fútbol contemporáneo que refuerza la idea del legado: “Un gladiador romano al lado de Mascherano es como un teletubbie”, dicho por Román Iutch mucho antes del furor reciente aunque ya preso en la pasión que genera la entrega del 5. 


VISITA FANTASMA
Estuvo en San Lorenzo pero no estuvo en ningún lado.
Lo secuestraron los amigos para disfrutarlo un rato”, bromeaban en la casa paterna del barrio Alem, en el norte sanlorencino. El domicilio se convirtió en una especie de santuario al que todos se acercaron en procesión, y como suele ocurrir en todos los cultos, el adorado no se encuentra precisamente en esos sitios sino que suele estar en otra parte.
La herida alemana todavía estaba abierta, pero el calmante era el orgullo de haber estado a la altura de las circunstancias. Y la calma transcurría latente, en ese puñado de días en que el héroe del Mundial pasó fugaz por su ciudad natal. El tiempo suficiente entre el regreso al país y las merecidas vacaciones familiares, para recibir la esperable distinción municipal y disfrutar brevemente de los afectos.
La puerta de entrada estuvo abierta de par en par por varios días. En la calle, como en el teléfono (que los moradores descolgaron para no enloquecer) siempre hubo alguien. Apoyado entre el sofá y el umbral lucía un cartel de papel afiche con un mensaje de agradecimiento, en una técnica de bolitas de papel crepe marcando las letras sobre trazos de fibrón.
Una pava arrimada a la hornalla en fuego mínimo, como para mantener el agua para que el mate cambiara la montura varias veces. Arriba de una silla, una montaña de camisetas de la Selección, de todos los celestes y de todos los blancos imaginables. La mayoría, chiquitas: de hijos, sobrinos y nietos de vecinos o amigos o desconocidos, esperando para que el ídolo las firme.

CASA NATAL
El chalecito es el mismo de siempre, el que alberga a los Mascherano desde hace 32 años, donde Chiche y Oscar criaron a Javier y a sus hermanos mayores, Sebastián y Natalia. La misma casa donde se palpitó año a año por televisión casi todos los compromisos deportivos del nene, y donde ahora, a su manera, el matrimonio de sesentañeros se refugió de la onda expansiva del fenómeno mundialista.
           
Los padres del solicitado futbolista también estaban relativamente recién llegados, ya que asistieron a la final del Mundial –al igual que a los partidos contra Nigeria y contra Bélgica–, y desde que se concretó ese retorno, no pararon de atender gente, comiendo y durmiendo a deshoras.
            El hombre cano, cansado pero feliz, se acomoda en el sillón como quien va a abrir un cofre imaginario. Y lo abre.




NACE UN LEÓN
El tipo se había plantado: al ver los casi 300 postulantes que inundaban la cancha para la prueba, decidió que ni siquiera se bajaría del auto. Y no se bajó.
            “Mirá todos los que son, papá. No me van a ver ni un minuto…”, le dijo al padre, como invitándolo a evaluar seriamente la situación.
            Tenía 13 años. Y un temperamento especial.
           
La historia es de primera mano y la cuenta Oscar como si la estuviese viviendo de nuevo. Dice que unos años antes, Javier había decidido un día “dejar el fútbol”. Jugaba entonces para Alianza Cerámica San Lorenzo, en canchita de 7.
“Siempre perdíamos… era muy triste, pero no por el resultado, sino por las formas: nunca juntábamos más de 5. Me cansé. Yo dije para pasarla mal, me quedo en el barrio jugando con mis amigos”, se lo escucha decir en una entrevista al propio volante central de la Selección, a propósito de aquel momento.
“Cuando se inclinó por Renato Cesarini fue porque lo decidió él”, dice el papá de la criatura, además su Director Técnico en el paso del baby a cancha de 11: él decidió que jugara de 5, porque antes había sido delantero.
“Tenía condiciones para jugar arriba, porque era ligerito y encarador. Pero Javi sobresalía por la garra, la tenacidad, la sed de triunfo. Y un liderazgo nato. Aunque fuera mi hijo, yo tenía que actuar como director técnico. Y pensar en el bien del equipo. Por eso lo puse de 5”, se acuerda quien entonces repartía el tiempo entre su empleo en la famosa petroquímica, y los torneos, adonde más de una vez llegó con lo justo y en borceguíes de trabajo, a dirigir.

NI NEWELL´S NI CENTRAL
Oscar Mascherano cuenta que “Central estaba detrás de él”, pero al propio futbolista no le gustaba “cómo se manejaban ciertas cosas del fútbol infantil”. Y los primos del parque Independencia “también le habían echado el ojo” al mediocampista central de la estelar categoría ‘84 de Defensores Barrio Vila, que recién arrancaba a jugar en cancha grande y ya ganaba torneos en toda la región.
“En Newell’s estaba Puppo en inferiores, y en San Lorenzo había un abogado que estaba al frente de una filial leprosa. Un día me mandó a llamar y yo me asusté, porque sabía que el hombre tenía un estudio jurídico…”, recuerda entre risas Oscar.  “Era porque quería que lo lleváramos a Javier a Bella Vista. Pero Javier no quería saber nada. Llegamos a la puerta de Bella Vista y no se quiso bajar del auto. Me hizo mirar para adentro de la cancha: había 300 cabecitas de nenes amontonados. Tenía razón…”, reconoce Oscar.
“El primer año de la secundaria, lo hizo en San Lorenzo de manera normal.
En segundo, ya empezó a jugar en Renato Cesarini, así que salía del colegio y se iba a entrenar a Rosario. Se iba a la escuela con la mochila de la práctica, yo le llevaba un sándwich o algo para comer, y él me daba las carpetas, o las mandaba con alguno de sus compañeritos. Volvía a las 9 de la noche. Era mucho sacrificio”, recuerda Chiche, con la evocación que sólo una madre puede hacer de los esfuerzos de su hijo.           
Tenía que tomar dos colectivos y el viaje duraba casi dos horas. Por eso, el tercer año de la secundaria lo cursó en Rosario, viviendo ya en la pensión del club de los Solari. “De tener todo en su casa, pasó a empezar a ver cómo era vivir solo. Era muy chico. Fue como que se hizo hombre de golpe”. Para cuando llegó cuarto año, ya estaba viviendo en River.

APARECIÓ MARCELO BIELSA
“El Indio Solari no lo quería perder. Lo mezquinaba. Así que se lo mandó a River pero no con otros chicos, como se estilaba, que iba toda una categoría o por grupos. No. Lo mandó solo, con un tipo que lo acompañara”, rememora Oscar.
“En River le hacen una prueba pero lo ponen con chicos más grandes por un error. Eran categoría ‘81 –tres años más grandes– y recién entró en el partido un rato antes de que terminara. “Yo ya me quería venir a casa, pá, me dijo”, rememora.
Pese a varias convocatorias de los seleccionados juveniles, en River casi no tenía oportunidades. Lo esperaría otro tirón de sacrificios, aguante y entrega absoluta: no sólo jugaría en la reserva del club de Núñez, sino que practicaría lejos del primer equipo. Hasta que llegó la mano de Marcelo “El Loco” Bielsa para ir dulcemente contra la corriente: a los 19 años, aún sin lugar en su club, Mascherano es convocado por el DT de la Selección para jugar de titular en un amistoso. Desde entonces, nació un intenso romance con la celeste y blanca del que nadie se convence que éste sea el capítulo final.
No son pocos los que hacen cálculos, sabiendo que el jugador del Barsa tiene 30 recién cumplidos, que el Mundial de Rusia será en 2018, y que un atleta de alta competencia, a los 34 años todavía puede estar en carrera.

La llama se encendió del todo en Brasil, y el romance popular recién empieza con el mejor pronóstico: la entrega absoluta nos devolvió el poder disfrutar del combinado nacional, y hasta consiguió extinguir hasta lo impensado nuestro exitismo. Mascherano habla como juega. Preciso, firme, contundente. Y es uno de los responsables de este asunto.
“Ojalá que lo hecho por el grupo sirva para saber que estamos yendo por un buen camino y que nada de esto fue un espejismo. La Copa América va a ser fundamental para eso”, deseó en voz alta el Jefe, en declaraciones radiales. Un nuevo escalón está por empezar. Esperamos que sea hacia arriba. 





(fragmentos de la nota que forma parte del N° 118 de agosto de 2014 de Rosario Express)  


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