martes, 7 de mayo de 2013

DONDE SUENA UNA ACORDIONA

Como para que Rosario no olvide su pertenencia litoraleña, el chamamé late aquí constante, popular y genuino: aunque lejos del primer plano. Más de ochenta programas de radio y ocho bailantas simultáneas por fin de semana, albergan a los descendientes del esplendor que en los ’60 promovieron Tarragó Ros y Ramón Merlo, y a su manera honran una historia en la que la ciudad fue protagonista clave del desarrollo de la cultura regional
Escribe: Joaquín Castellanos
Fotos: Sebastián Granata / La Revista del Chamamé

Al trance se entra a la par: él con los ojos apretados bajo el ala del sombrero; ella con la mirada fija por encima del hombro del compañero. Ahora ya son un mismo pulso en los dedos entrelazados de esa doble mano que marca el mecer ritual.
No es en Corrientes, ni en Formosa. Tampoco en el norte entrerriano.
Es a diez o quince  minutos del Monumento a la Bandera adonde el chamamé queda en segundo plano pero latente, casi subterráneo y soslayado, para explotar en un duelo de acordeones y guitarras.   
Invisibles al pulso habitual de la ciudad, en el Gran Rosario conviven hasta ocho bailantas por fin de semana, en algunos casos con una concurrencia que supera las mil personas por local, los domingos al mediodía; así como invaden las radios más de 80 programas sobre el género en la zona, e incluso una emisora de FM exclusivamente dedicada a la música litoraleña.
Son los herederos de la condición migrante provinciana, los sobrevivientes y descendientes de un legado histórico que desde hace más de medio siglo pelearon por convertir a este rincón porteño en una orilla más del Paraná.  



El Señor del Litoral y el Rey del Chamamé eran amigos. Ambos se radicaron en Rosario y tomaron la posta del Taita don Emilio Chamorro, al ponerle el pecho a la cultura litoraleña en la ciudad en los ‘60: El Rancho de  Ramón Merlo, en Rodríguez casi Arijón, y el salón Umberto Primo de la Sociedad Italiana De Socorros Mutuos, en Jujuy al 2500, de Tarragó Ros, marcaron la impronta local imborrable en la década del ’60.
Hoy, como obstinados herederos de aquel tiempo, persisten un puñado de lugares que emulan aquella gloria: en Rosario, La Carpa del Encuentro (Rouillón al 2800); el club Peñarol (Ovidio Lagos y Circunvalación); el Centro Tradicionalista Gauchito Gil (Rivarola y Circunvalación) y Gauchito Gil Sur (Ayacucho y Circunvalación); en Granadero Baigorria, La Tacuara; en Villa Gobernador Gálvez, el club Olímpico y el Centro Chamamecero; y en Capitán Bermúdez, El Rancho del Gauchito Gil, entre otros.
El itinerario lo da a conocer La Revista del Chamamé, una publicación mensual autogestionada que se vende en algunos kioskos de diarios y en las propias bailantas, dedicada desde hace tres años a documentar y difundir  el circuito regional de pistas bailables y programas de radio alusivos.  


Cuando se prende el cartel luminoso que dice “en el aire”, ella se transforma. No es  que imposte nada, sino que le brota desde lo más hondo de su correntinidad una ráfaga de pasión que la acompaña desde hace mucho.
Su padre tenía arrozales y a ella le gustaba ir al campo a acompañarlo. Sobre todo para la época de la cosecha, porque venían los peones golondrinas desde los lugares más lejanos, y con ellos traían sus costumbres y su música. Después de las tareas del día, recuerda, se hacía la olla del guiso carrero, y mientras todo se preparaba, iban apareciendo los acordeones y las guitarras. Esa era la hora mágica: la luz de la luna y la del fogón, nada más, y la música que parecía que salía del fondo de la tierra.
“Llegaba al alma. Yo creo que ahí empezó todo”, dice Nélida Argentina Zenón.


Nacida en Gobernador Martínez, Corrientes, hace 47 años que vive en Rosario y 35 que conduce diariamente Cancionero Guaraní, por Radio Nacional (AM 1300 - FM 104.5), de 16 a 17 hs. Ganadora del Cosquín ‘64, un par de años después llegó a la ciudad en la que se desdoblaría para convertirse en una de las referentes más vigentes del chamamé: a su carrera de cantante sumó la faceta de comunicadora y se quedó acá para siempre.
“Esta es una cultura de tradición que se ha transmitido de abuelos a nietos. Por eso el circuito actual es tan fuerte como al principio. Con la diferencia de que las nuevas generaciones, los músicos de este tiempo, le aportan su cultura nueva: hoy hay más escuelas de música, los chicos son todos estudiosos. Los profesorados suman sin dudas a la esencia chamamecera, le dan un valor agregado, le aportan técnica, los chicos estudian mucho más, pero además de pasar con los ejecutantes también pasa con los oyentes de radio: hay un enriquecimiento que no puede ser otra cosa más que bienvenido”, opina. Y nadie duda de su palabra autorizada, pero hay otros protagonistas que lo pueden contar en primera persona.


Mauri tiene 18 años y Simón, 24. Se apellidan Merlo y, como no podía ser de otra manera, son chamameceros. Uno es el hijo menor de Ramón Merlo, hermano de Monchito; el otro es nieto del fundador del clan e hijo del inaugurador de la segunda generación de acordeonistas en la familia. Tío y sobrino están ahora en Santiago del Estero de gira.
“Actúan esta noche, con una particularidad: tocan en boliches bailables, confiterías para chicos. Es algo poco visto en nuestro ámbito”, cuenta orgulloso Monchito Merlo.
“La verdad es que hay mucha juventud, muchos chicos que vienen atrás. Hay nenes de 8 o 9 años que tocan el acordeón muy bien y es a ellos a los que hay que apoyar”, agrega.
Y alguien parece haber tomado nota del asunto. 






En el mismo día, la zona oeste de la ciudad acapara la atención de muchos chamameceros. Unos mil ya tienen decidido adónde van a ir: la Carpa del Encuentro, en Provincias Unidas “al fondo”, ofrece un Festival de Chicos: sobre el escenario, los artistas serán 23 pibes, menores de 15 años, a los que acompañarán dos guitarreros.
Será lleno total.

La primicia llega por mensaje de texto. El dueño del dato recorre las emisoras, las bailantas, vuelca novedades y curiosidades en la pantalla, las acomoda, imprime y saca fotocopias para alcanzar los 500 ejemplares por número. No se olvida de sus colaboradores pero a la vez queda claro que casi todo pasa por sus manos: en una mesa de bar, abrocha las hojas recién llegadas y las entrega personalmente.
            “Un día, una mujer que tenía un programa de música litoraleña me contrató para que generara y administrase un sitio web sobre chamamé”, rememora Roberto Agonil, periodista y productor de shows que venía del rock. Confiesa que se encontró con una oportunidad singular: la casualidad se volvió terreno fértil, y se preguntó qué pasaría si se ocupaba de reunir todo ese cúmulo de expresiones sueltas alrededor de ese género que hasta el momento le era ajeno. Así nació primero www.chamame.galeon.com.ar, y después, La Revista del Chamamé, que acaba de cumplir tres años. 
            “Hay unos ochenta programas de radio sólo considerando emisoras de Rosario, Villa Gobernador Gálvez y Granadero Baigorria. Además, hay una emisora exclusiva sobre chamamé: FM Al Límite (87.5), de Matienzo y Lejarza”, señala.

 Del amplio menú en la oferta radial hay otra opción obligada por su tenor pero que además ilustra con detalles llamativos la era del acordeón online.
“Tengo muchos oyentes en Europa. Tengo amigos y familia en Francia, que se juntan a escuchar. Y cuando voy a Francia, generalmente por tres meses, hago el programa desde allá por internet y línea telefónica”, comenta Reina Bermúdez, poetisa santafesina que vino a estudiar medicina y convirtió en letrista de las canciones de Ramón Merlo durante 28 años; todos los grandes intérpretes del género grabaron sus temas. Ella se  autodefine como “difusora cultural” con presencia en la radio desde hace 47 años, tanto en LT8, LT2, LT3 y Radio Nacional, además de haber animado bailantas y festivales desde la década del ‘60 en adelante.   
            Actualmente conduce Despertar Chamamecero por FM Cordial (97.3) a diario, a partir de las 6 de la mañana. “Me escuchan mucho los que viajan, los pescadores y los albañiles…”, sostiene, y agrega que los isleños y los hombres de río “antes me escribían muchas cartas, y yo le mandaba por la radio mensajes de los familiares. Cuando salió el celular fue increíble. Me escuchan y se comunican de todas las islas de la provincia de Entre Ríos”. Y que los obreros de la construcción tienen una sección dedicada a ellos. “La mayoría son provincianos”, explica, y una sombra de pena le cruza el rostro. “Todos los días, una historia”, remata.


“Allá cerquita del cielo / entre los andamios / sentado como un tropero / le está mateando / En la radio sin querer / como un duende el acordeón / estirando un chamamé / le estremece el corazón”
(El Cielo Del Albañil, de Teresa Parodi -
Antonio Tarragó Ros)


Hilario Contreras llegó de Chaco cuando tenía 18 años. Era domingo, y el lunes ya estaba cargando baldes y bolsas de cemento. “Antes guitarreaba en las escuelas, en los cumpleaños… pero cuando vine acá dejé todo”,  se acuerda. Y dice que luego supo trabajar en una fábrica de helados y después en un frigorífico. Vive en Villa Gobernador Gálvez. “Ahora soy plomero gasista”, acota. Y termina por contar que de lo que nunca se olvidó, aunque no lo haya desarrollado, es de ser chamamecero.
Mario Torres se llama en realidad Mario Schivert. También vino de Chaco, pero nunca dejó de tocar el acordeón. En su casa eran todos músicos, y él no pudo escapar de ese destino. Además, aprendió de su abuelo el oficio de afinar el instrumento y hoy se gana la vida con eso, en su casa barrio Belgrano.
“A veces me mezclo con amigos que tocan”, dice humildemente.
Lo cierto es que Hilario conoce a Mario por haberlo escuchado en la radio en su provincia. De cuando el primero era tan chico que la madre no lo dejaba ir a bailar adonde el otro tocaba. Pero estando en Rosario, una vez le pareció reconocer ese acordeón, y cuando Mario bajó del escenario le dijo “¿vos no sos Schivert?”
Y sí, era. Y no les quedó otra que “enchamigarse”, aunque fuera tan lejos del pago y tanto tiempo después.
Entonces, un domingo, Hilario Contreras organiza un Festival de Chicos menores de 15 años en la Carpa del Encuentro, y lo nombra a su coprovinciano Mario Torres como padrino de la fiesta.
            Una historia entre miles. Los protagonistas cambian, lo que se mantiene es la esencia.


Cuentan que la familia consagrada fraternizó con un equipo de cineastas alemanes que llegaron a Rosario para filmar una película sobre su música y cultura litoraleña. Antes de comer, le tocaron un chamamé. Y las visitas rompieron en llanto.
– ¿Por qué lloran? –le preguntaron a la traductora.
– Es el sonido del acordeón –contestó la intérprete–; les causa algo muy fuerte en sus almas…
“Hay un porqué lógico en el origen de los acordeones y un reencuentro con quienes por distintas razones, la guerra por ejemplo, fueron despojados de ese instrumento y de una parte de su cultura –explica Monchito Merlo–; y seguramente todo eso está un poco desparramado por acá”.  
No hay dudas de su universalidad: el chamamé es evocativo, le canta al paisaje, a la madre, a la mujer. Y por si fuera poco, su árbol genealógico tiene ramas varias que acompañan largamente la teoría: Mario del Tránsito Cocomarola era hijo de italianos; Isaco Abitbol, de árabes; Ernesto Montiel, nieto de brasileros; Damasio Esquivel, descendiente de paraguayos; Tarragó Ros, de catalanes; y Reina Bermúdez, proveniente de una familia escocesa, por nombrar algunos.
“El chamamé es la esencia pura del hombre en la tierra, en el lugar en que esté. Ya sea aquí o en Shangai. Es la cultura representativa, es pertenencia –señala el acordeonista rosarino, y concluye–: es el respeto por la esencia hecho música”. 


ROSARIO, MAYO, 2013







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